Zeffirelli: «Así contaré la historia de los mártires cristianos»

El director de cine italiano prepara una larga serie para la televisión
«Son los santos sin velas», sintetiza apasionadamente para Alfa y Omega, Franco Zeffirelli, que en su retiro de Positano, aunque ya preparado para partir hacia Estados Unidos, está trabajando con entusiasmo en su grandioso proyecto y su sueño más acariciado : una serie dedicada a la epopeya de los mártires cristianos, realizada para el Jubileo.

Será una larga película televisiva sobre los mártires cristianos, conocidos y menos conocidos: aquellos que, durante trescientos cincuenta años fueron semilla del cristianismo.

¿Por qué se ha decidido a afrontar un tema tan trabajoso y desacostumbrado?
Es increíble -se indigna Zeffirelli- que nadie se haya ocupado nunca del tema, que no haya habido una auténtica atención hacia aquella miríada de personas, de grupos y razas y profesiones y culturas diversas, pero de idéntica tenacidad y voluntad, que en todo el mundo gobernado por el Imperio Romano, en el que el materialismo constituía la base de la educación y comportamiento de los ciudadanos romanos, llevaron a cabo la más grande revolución vista en la Historia durante tres siglos y medio de una resistencia tenaz y serena, fuerte y llena de coraje, que hicieron estallar en el mundo conocido una nueva visión de la vida y cambiaron la historia de la Humanidad.

¿Hace mucho que tenía esta idea en la cabeza?
Desde la época en que dirigía mi Jesús de Nazaret, concluido en 1977, me había fascinado la idea de que la palabra de Cristo se había convertido en la semilla de una revolución increíble, a través de la cual el mundo entero había cambiado. Me propusieron entonces, como tema, los «Hechos de los Apóstoles», pero no era eso lo que correspondía con mis sentimientos. Quería algo más, que explicara la dimensión humana de quienes se sacrificaron a sí mismos por su fe. Eran personas como nosotros, incultos e intelectuales, patricios y plebeyos, ricos y pobres, jóvenes y viejos: comerciantes con familia y hacienda propia, o profesores, amas de casa o refinadas señoras… Y toda esa gente de la calle desafía a la muerte, la acepta con alegría y firmeza, afronta tormentos atroces: todo, su vida y sus afectos, a cambio de una Esperanza».
Me parece que la conmemoración de los 2000 años de la revolución espiritual del cristianismo, supone una oportunidad privilegiada para recordar a los mártires, «los testigos de Cristo» y sus existencias humildes, cotidianas, pero al mismo tiempo extraordinarias. Para mí, supone un motivo de reflexión amarga el constatar que estos dos milenios, que comenzaron con la lucha pacífica de una multitud de seres humanos en nombre del único Dios-Padre, hayan acabado en un siglo en el que hemos asistido a las persecuciones y al exterminio de millones de hebreos.

Escena de la película Jesucristo

Vacío espiritual

Me produce también una especie de melancolía el observar que al inicio del tercer milenio la Humanidad vive en ese mismo vacío de valores espirituales, humillada y confundida por la pérdida casi total de la dignidad moral y ética. De modo que hoy, como hace dos mil años, esperamos que se nos ofrezca una nueva esperanza y que se nos indique el camino. ¿Por qué, de repente, funcionarios y políticos y representantes del pueblo constituido, advirtieron que la Palabra de Cristo era una palabra distinta, que se contraponía a su mensaje de paz, a toda una estructura consolidada? Es emocionante leer, en los textos latinos, las cartas de los funcionarios encargados de mantener el orden en las regiones más remotas: incapaces, por sus declaraciones, de afrontar esta imprevisible actitud, estas ideas aparentemente tan sencillas pero a la vez tan revolucionarias, pedían instrucciones a Roma, perdidos por este fervor de cambio que estaba construyendo una imparable revolución para transformar el mundo. Y fue precisamente en las colonias, en las tierras más lejanas y conquistadas recientemente, donde la furia del poder recayó con más fuerza contra los cristianos, portadores de un mensaje tan peligroso, con matanzas terribles, de las que hoy no recordamos ya nada».

Se escuchan, en sus palabras, los ecos de largas lecturas, las palabras de Tertuliano se entrecruzan con las de los Santos Padres. ¿Ha realizado muchos estudios sobre este tema?
Apenas he podido, he buscado en archivos y bibliotecas todo cuanto podía encontrar sobre el tema, maravillándome porque encontraba muchos documentos y poquísimas obras literarias. Porque este mundo que se ha dado la vuelta, que ha socavado las
raíces del Imperio, ha sido bien pronto ahogado en el olvido, olvidado en su realidad antropológica.

Santos sin velas

Tanto sufrimiento y tanto coraje parece como si se hubieran disuelto en la nada, por siglos y siglos. Sí, están las grandes basílicas con el nombre de los mártires más conocidos. Están los milagros y las imágenes para venerar. Y el ochenta por ciento de los seres humanos lleva hoy el nombre de un mártir; pero hay tantos, miles y miles, que son santos sin velas, ignorados en su historia de coraje cotidiano. Se ha perdido el recuerdo de su humanidad, son iconos estereotipados en los cuales no encontramos ya el calor de su herencia de pasión. Creo que es justo que al cumplirse dos mil años marcados por la impronta del cristianismo, recordemos a los mártires y sus historias. Creo verdaderamente en mi proyecto: una película sobre mártires, unas veinte horas al menos.

¿Qué ha hecho hasta ahora, para preparar este trabajo?
Todo está todavía en proyecto; deberá ser una obra destinada al mundo entero, y llevada a cabo con la colaboración de estudiosos y expertos internacionales. Porque tendrá que ser una larga película popular, en el sentido mejor del término: neorrealista, porque se referirá a la humanidad de estos mártires presentados como personas en su vida cotidiana, iluminada de improviso por un mensaje transformador. Una película, me atrevería a decir, antropológica, en la que las motivaciones de los individuos se entrelazan con sus sentimientos, afectos, actividades, creencias, relaciones. No una película didáctica, sino intensamente verdadera y humana, para todos, para llegar al corazón de la gente y hacerla palpitar de emoción.

¿Hay nombres, figuras, que le hayan impresionado sobre todas las demás?
No, es pronto para decirlo. Podría citar a Lorenzo, por ejemplo, de quien todos creen conocer su martirio, y sin embargo está lleno de sucesos y estupor. Pero me vienen a la mente tantos otros, cuyos nombres son ignorados: he leído mucho, en estos años, y he encontrado un verdadero pueblo de héroes capaces no de rebelarse con la protesta, sino de ofrecer un explosivo ejemplo de esperanza y de amor.

¿Por qué sólo ahora, después de veinte años de elaboración, se ha decidido a dar a luz su proyecto?
Porque he envejecido, entre tanto, y he profundizado mucho en mis reflexiones como para sentir que es un deber, llegado a mi edad, contar, con mis capacidades y emociones, un mundo precioso y olvidado.
Para dejar todavía un testimonio de dolor y de fe, de muerte que se hace nueva vida.

Avvenire: Mirella Poggialini
Alfa y Omega: Justo Amado

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