Yo voy a música… ¿y tú?

¿Cuántas veces hemos oído decir a un padre o una madre que los hijos tienen muchas actividades extraescolares, que no tienen tiempo para jugar, que están cansados, etc, etc.? Y no les falta razón, pero, en cambio, los hijos siguen asistiendo a multitud de actividades (judo, música, danza, idioma, ajedrez, tenis…) Además, para hacer más complicada la situación que viven, los hijos tienen deberes de clase diarios que hacer con lo que se les dificulta, aún más, sus posibilidades de desarrollarse con naturalidad.

En otro artículo de esta sección tratamos el problema de los deberes y cómo afrontarlos. Aquí reflexionaremos sobre le papel que juegan las actividades extraescolares en la vida diaria de las familias.

Volviendo a la idea con que empezabamos este escrito, hay una corriente de opinión en contra de tantas actividades paralelas a las escolares. Lo curioso del caso es que oyes corrientes de opinión de las mismas familias que están en contra de tantas actividades complementarias y deberes en casa. Pero la realidad es que se sigue actuando igual. Y esto es debido también a que a principio de curso existe una amplia oferta de actividades formativas a las que se puede asistir el niño y todas las familias quieren (igual que hacen las demás) que sus chicos reciban una formación que complete su educación. Total que volvemos a caer en la misma dinámica.

Y si nos damos cuenta, después de tanto esfuerzo, en tiempo y por otro lado económico, tanto del niño como de los padres entre ir y venir, resulta que el fracaso no ha disminuido sino más bien se ha mantenido o ha aumentado. ¿No será que atendemos más estas actividades formativas paralelas y dejamos de lado realmente las tareas propias de estudio? ¿Será que tendremos que dedicar más tiempo a estar con el chico y ayudar en resumir, esquematizar, repasar, preguntar…?, como hacíamos antiguamente.

Por tanto, estas ACTIVIDADES PARALELAS a las propias del centro educativo se ven:

unas veces como complementarias, es decir para completar algunas facetas de la enseñanza escolar;
otras como un estímulo al desarrollo del niño y favorecer su relación con otros;
también se ven como una forma de llenar el tiempo libre y evitar que estén “enganchados” a la televisión o el ordenador;
se han convertido en “aparcadero” mientras los padres vuelven del trabajo;
sirven para invertir dinero y también tiempo ya que los padres tienen que hacer, en muchas ocasiones, de taxistas.
¿No será que los niños están desbordados con tanta actividad tanto escolar como extraescolar? ¿No será que los adultos están gestionando demasiado el tiempo de los niños? ALVIN ROSENBERG, psicólogo y autor del libro “Niños agotados”, advierte que en los últimos veinte años el constante aumento del tiempo dedicado a las actividades extraescolares va unido a un paralelo descenso del tiempo pasado con la familia. Además viene a decir que el exceso de actividades puede provocar paradójicamente un déficit de creatividad en los niños: “Ya no saben divertirse solos y se aburren al cabo de un cuarto de hora si no se organiza nada para ellos”. “Ser buenos padres ya no consiste en hablar con los hijos sino en pagarles una multitud de cursos extraescolares”, lamenta BARBARA CARLSON.
Otra realidad que se produce es que las familias no saben bien qué es lo que hace el hijo en la actividad a la que se le ha apuntado. Se sabe que va a baile, música, idioma, etc., pero se desconoce exactamente quién le da clase, qué formación tiene, qué metodología aplica, qué tamaño real tiene el grupo al que asiste el chico (las academias o personas responsables de la actividad dicen que son grupos reducidos pero no es del todo cierto), qué materiales se utilizan y calidad de los mismos, cómo se encuentra el chico en la actividad: si participa, si está motivado, si pregunta, si se le resuelven sus dudas,… Por último, respecto a este punto, hay que preguntarse si la actividad elegida es la correcta o no y hay que plantearse si los criterios de selección de la actividad es la adecuada: ¿nos basamos únicamente en los gustos del niño?, ¿consideramos lo que es mejor y más adecuado para el niño?, ¿tenemos claro los objetivos que pretendemos con las actividades extraescolares? Es necesario considerar las siguientes premisas:
▪ Estas actividades deben sustituir horas de televisión o de sofá, nunca de convivencia familiar, deberes o juegos.
▪ Los niños necesitan tiempo libre para jugar. No es bueno agobiarlos y sobreexigirlos con un horario copado de actividades desde que sale del colegio hasta que se acuesta.
▪ La actividad extraescolar que se decida tiene que gustarle al niño y no a los padres: éstos sólo deben plantearle buenas alternativas para que él elija.
▪ Hay que incentivar la responsabilidad y la perseverancia en lo que decidan hacer, lo que se inicia se termina y no se abandona a medio camino.
▪ Por último, hay que considerar que cada niño es un mundo distinto y no por comodidad se puede pretender meterlos a todos en lo mismo. Hay que respetar los intereses de cada uno, porque lo que le viene bien a uno, tal vez no le gusta nada al otro.

¿Y qué hay de las CLASES PARTICULARES ? Ya saben, nos referimos a esas clases en las que se busca un apoyo para el chico (por no se sabe qué motivos: que los padres no pueden por falta de tiempo, que los padres no saben, que será mejor para que el chico adquiera más soltura, etc.) porque se observa que el hijo empieza a presentar dificultades, lagunas o como queramos llamarlo y se decide buscar a alguien que le pueda echar una mano. Y nos liamos a preguntar a familiares, amigos, ¿sabes de alguien que pueda…? ¿conoces algún chico responsable que…? Para no abusar de este recurso los padres deben saber que hay situaciones típicas en las que la colaboración de un profesor particular estaría justificada. MAGDALENA PULIDO nos apunta las siguientes:

1. Retraso notable en el aprendizaje de alguna materia por causas diversas, como no haber asistido a clases durante un período de tiempo amplio debido a enfermedad, incomprensión sucesiva de la materia del curso, etc.
2. Menor capacidad para el estudio en una materia determinada. Por ejemplo, hay alumnos que les va muy bien en todo, excepto en castellano.
3. Dificultad especial para el aprendizaje y perfeccionamiento de la lectura y escritura, debido a algún trastorno de aprendizaje como la dislexia.
4. Actitudes negativas hacia el estudio como la apatía habitual, flojera, indisciplina, desorden en la realización del trabajo.
5. Carencias de hábitos de trabajo o deficiencias importantes en el método de estudio.
6. Peleas continuas a causa de estos problemas, que desgastan la relación familiar y acaban con la paz del hogar.

Por supuesto que no es obligatorio recurrir a esta solución si se da alguna o algunas de las situaciones anteriores. También en el colegio pueden reaccionar a tiempo con una detección precoz. Pero si se llega a la decisión de buscar a alguien para dar clases de apoyo o particulares, es preciso tener en cuenta, como primera premisa, que la persona que busquemos debe ser un profesional con la que podremos encontrar todas las garantías de que el chico va a ser atendido de la mejor forma. Ya que si nos equivocamos existen los siguientes riesgos:

▪ Facilitar excesivamente el trabajo de los hijos, por ejemplo, haciéndoles las tareas.
▪ No adaptar la enseñanza a la situación de cada niño.
▪ Limitarse a explicar los diferentes temas sin orientar al estudiante en las dificultades que encuentra.
▪ No exigir estudio personal previo y posterior a cada clase particular.
▪ No seguir el proceso de aprendizaje de cada alumno para observar qué progresos obtiene en relación con la situación de aprendizaje inicial.

Por tanto, para alcanzar los objetivos deseados es necesario estar en contacto directo y continuo con el profesor particular

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