VOLVER A LA CULTURA DEL ESFUERZO

Enrique Marcos Pascual
Aprendizaje” viene de aprehendere, arrancar, coger, apoderarse de; “estudio”, de studeo, afanarse, esforzarse; y “disciplina” o “discipulina”, de disco (aprender), norma o proceso para aprender. Una persona “disciplinada” es aquélla que sigue una pauta regulada de cara al aprendizaje. El “aprenda sin esfuerzo” es una fantasía. Hay que volver a poner de moda la cultura del esfuerzo y defenderlo como contenido actitudinal específico. Todo esto se refleja en nuestra forma de vida, y en especial en la educación, donde se han aparcado los modelos basados en el esfuerzo por otros basados en la motivación y la relajación. Hay quienes opinan que este modelo educativo ocurrido en muchos países desarrollados es el origen del descenso de la calidad de la educación de las nuevas generaciones. Yo entiendo que es necesario retomar la cultura del esfuerzo. El esfuerzo debe jugar un papel fundamental en la educación en la escuela y en la familia. Hay en la actualidad un debate sobre la necesidad de plantear un pacto educativo, a este pacto se ha llegado en países como Finlandia, teniendo en cuenta que dicho pacto debería ser algo consensuado, pensado, repensado, firme y no sujeto a los cambios de signo político del Gobierno. Además y sobre todo, en periodos como la adolescencia, momento vital crucial en el que los estudiantes están conformando su personalidad y aspiraciones, necesitan también ciertos referentes sociales. . Lamentablemente los alumnos se forman en la cultura del mínimo esfuerzo desde los primeros años de su escolaridad. Claro que no sólo es responsabilidad del sistema educativo sino también de la familia que contribuye a ello. El primero de esos obstáculos que se pueden poner en la familia es el paternalismo, el ‘ya te lo haré yo’ que los padres solemos exclamar cuando nos domina la impaciencia. Ese paternalismo entra en una evidente contradicción: “queremos que se esfuercen, pero les resolvemos los problemas. Vemos que se esfuerzan y no consiguen su objetivo, así que se lo hacemos nosotros”. Así se podrán generar situaciones como la que explica el Ministerio de Educación al permitir que los alumnos de Bachillerato puedan pasar con cuatro materias suspendidas: “He pasado, soy universitario, se dirá más tarde, orgulloso de sí mismo. Pero, eso sí, no sabrá escribir correctamente”.

Efectivamente, los datos que arroja nuestro sistema educativo nos hacen concluir sin lugar a dudas que nuestros educandos han de dar mucho más de sí. Hace ya décadas se configuró la ESO con el objetivo de que todos los estudiantes (o, al menos, la inmensa mayoría) superasen con éxito tal etapa. Pese a que el nivel de exigencia no ha sido elevado – más bien al contrario- lo cierto es que los índices de fracaso escolar y abandono prematuro rondan el 30% . Estando los colegios mejor dotados de medios que nunca y habiendo bastantes menos alumnos por aula, parece claro que una de las causas del fracaso es el esfuerzo insuficiente. Esto de la necesidad del esfuerzo tiene que ver también con la actitud que adoptamos ante la realidad; creo que lo que intentemos enseñar tiene que tener que ver con la realidad, y como ya lo dijo Gramsci “para ello primero nos tiene que doler el cuerpo” de tanto estudiar para luego poder comprender porqué nos pasa lo que nos pasa… y ello requiere esfuerzo, de ahí la necesidad de inculcar en nuestros jóvenes la cultura del esfuerzo.

Y en este aspecto –como en tantos otros- somos las familias –como primeras y principales responsables de la educación de nuestros hijos- quienes hemos de asumir seriamente nuestras responsabilidades. La satisfacción por el trabajo bien hecho. Habrá, tal vez, que despertarles de la pereza vital a la que les conduce el materialismo imperante; en ocasiones, será preciso navegar contracorriente; y siempre, predicar con el ejemplo. Para finalizar decir que el estado subjetivo de felicidad que se deriva del esfuerzo da impulso para realizar un nuevo esfuerzo ante un nuevo reto.

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