VOLUNTAD DE PLACER

Por Antonio Orozco-Delclós
Arvo Net, 08.07.2008

Hay una “voluntad de placer” en todo ser humano. La humanidad no necesitó de Sigmund Freud para saberlo. Ese impulso es natural, es bueno. La capacidad de placer ha sido puesta por Dios en cada uno de nuestros sentidos (lo que no supo ver Freud). El placer del gusto, el placer de la vista; el placer genital, para la participación gozosa en el poder creador de nuevas vidas humanas, en el seno del matrimonio, que hace de dos -mujer y varón- una caro, una sola carne.

El hombre es espíritu entrañado en la materia, para servirse de la materia y elevarse a las cumbres del espíritu, que es el modo de ser más alto, intenso y gozoso. Como el hombre tiene logos (mente, intelecto, razón), su horizonte va mucho más allá de lo sensual; tiende por necesidad a lo estrictamente infinito, a la verdad, a la bondad, a la belleza infinita, donde se halla el placer sin límite, inagotable y eterno.

Como el placer genital es el que proporciona un placer sensual más absorbente y corporalmente extasiante, parece que no lo hay mejor ni más deseable. Pero no es así. La cosa es clara si se ve que no satura a la persona, no la sacia, porque ella es más y necesita infinitamente más. Además, la sensación no perdura, pronto se apaga y se reitera con el anhelo de gozar más. Pronto estraga al sentido. El lujurioso pide a la sensualidad lo que no puede dar, lo «infinito necesario». Busca ansiosamente prolongar y aumentar el placer con la reiteración y quizá con la práctica de métodos sofisticados, descubiertos tal vez en la pornografía de los medios de contaminación social. Así no se consigue otra cosa que agudizar el ansia, necesariamente se topa con un límite frustrante. De ahí que muchos acudan a la droga –en sus diversas variantes eufemísticamente llamadas-, hasta hundirse en la esclavitud completa y la práctica anulación de la voluntad: la voluntad de placer libre, libremente se entrega sin remedio a la voluntad esclava del placer frustrante.

La voluntad de placer, ha sido creada ante todo para estimular funciones vitales necesarias, y también como parábola que eleve a la busqueda de una fruición sin límite, infinita y eterna, que sature sin estragar, que pueda disfrutarse con la totalidad del ser y para siempre.

El tiempo, antesala de la eternidad

El que quiera instalarse en el tiempo y disfrutar del instante presente, por encima de lo que el momento naturalmente está llamado a dar –interpretación angosta del carpe diem! – tiene la frustración asegurada. Este es uno de los sentidos de la enseñanza evangélica: «el que quiera salvar su vida la perderá», la esquilmará hasta el agotamiento, se perderá para la fruición de los bienes temporales más plenificantes y para la posesión de los eternos, anticipados ya en el tiempo, si se domestica la “voluntad de placer” y se cultiva la contemplación amorosa de la Belleza infinita.

La voluntad de placer no es mala, dije. Lo malo es someterse irracionalmente a ella, sin someterla a severo juicio, o sea, sin acostumbrarse a decirle, con frecuencia, que no. Sólo dominando el juicio certero de la razón, la voluntad de placer puede liberarse a sí misma de la amenaza de la frustración y la persona permanecer libre y crecer en libertad. Así permite disfrutar en el tiempo de los bienes más duraderos y la conduce a ver de algún modo a Dios, a disfrutar con Él de Él, de su Sabiduría, de su Amor, de su Alegría, en plenitud de libertad.

El drogadicto es la parábola de la esclavitud que la lujuria conlleva. El lujurioso es la parábola de la desorbitada voluntad de placer. La castidad es liberación para la libertad, la posesión de sí para la donación en el amor.

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