Vittorio Messori explica sus razones para creer

¿Todavía hay necesidad de la apología? ¿Qué apología necesita el cristiano del tercer milenio?
Messori me mira con severidad en su estudio, sobrecargado de libros, presidido por un retrato de Bernadette (extraño: veinte mil volúmenes de teología bajo la mirada de una campesina que, cuando tuvo que defender su fe, era analfabeta). Acaba de publicar el tercer volumen en el que se recogen los artículos que publicó en el diario católico italiano Avvenire.
Durante quince siglos -recuerda Messori- los cristianos pudieron vivir sin el término «cristianismo». Hablaban de «Cristiandad», de «Iglesia». «Cristianismo» entra en circulación en el siglo XVI, y no por casualidad; cuando empieza la época de los ismos, de las ideologías. Pero la fe no es un sistema, ni siquiera es una «materia» para las Facultades teológicas. Es un encuentro.

Verdaderamente, quería que me hablase de apología.
Entonces tengo que hablar no de «temas religiosos», sino de mí: me está preguntando de lo que es la razón de mi vida.

Hable de usted. A fin de cuentas, usted es el apologeta actual más leído del cristianismo.
Cuando la fe se me vino encima, yo me había encaminado por una carrera de intelectual laicista. En la laica Turín, estudiante en el Liceo laicista D’Azeglio; discípulo, en la Universidad de Galante Garrone, de Norberto Bobbio, de Luigi Firpo, los maestros de la cultura laica; yo trabajaba en las páginas culturales de La Stampa. Hacerme cristiano, para mí, significaba cerrarme expectativas de vida. Y entonces, embebido de racionalismo laico como estaba, me pregunté: ¿cómo puedo hacerlo para apostar mi vida por el Evangelio, una narración que podía ser una estafa o una ilusión? Así empezó mi carrera de apologeta, buscando justificaciones razonables para mi fe.

Me está diciendo que ya se había convertido. Entonces, ¿la apología no sirve para convertir? ¿Convence a los que ya están convencidos?
Emaús. Jesús resucitado acompaña de incógnito a dos discípulos desconsolados. Y les explica, dice Lucas, los pasajes de la Escritura que hablan de Él, es decir, hace apología. Cristo es el primer apologeta. Pero los discípulos no le reconocen hasta el momento en que Él quiere: al partir el pan.

Fe y razón

Pero la apología como defensa de la fe…
No. La apología es defensa de la dignidad de la razón. Como decía el viejo y olvidado Catecismo, la fe es don de la gracia. La razón y la voluntad han de adherirse después. Todo el hombre en definitiva. No sería católico si creyera que yo, con mis libros apologéticos, doy la fe. Mi tarea, o mi aventura, ha sido el intentar demostrar que aceptar a Jesús no supone prescindir de la razón. Era una necesidad mía: he escrito los libros que me hubiera gustado leer, y que no he encontrado.

Pero apología significa «defensa», defensa de la fe
¡Ah!, en el sentido de «defensa» militar. No, mire, yo no soy un integrista; no entiendo la apología como los apologetas del siglo XIX, que querían demostrar la verdad de los Evangelios como se demuestra el teorema de Pitágoras. Es peligroso, porque nos lleva a un «régimen de cristiandad», donde la virtud se impone por el Código Penal, el «pecado» se hace «delito», como en la república de Savonarola. Los regímenes de la virtud comienzan en la hipocresía y terminan en el terror. Hay un hilo directo desde Savonarola da Robespierre.

¿Pero usted es un libertario o un cristiano? ¿Cree o no que el hombre esté obligado a obedecer a la verdad?
Como «mi» Pascal, creo que Dios juega al escondite con el hombre, para respetar su libertad. Deja suficiente luz para quien quiere creer, y suficiente oscuridad para quien no quiere. De hecho escribí Hipótesis sobre Jesús, y no Certezas sobre Jesús. No quería demostrar que el no-creyente es un tonto, sino lo razonable que es ser creyente. Sí, soy un libertario, porque Dios se ha escondido para dejar al hombre la libertad de creer o no. Pero soy un libertario, que respeta a la Guardia Civil, porque sabe que existe el pecado original.

Pascal, entonces. ¿Pero no hay ningún apologeta más cercano a nosotros…?
Jean Guitton. Al escribir en Le Figaro mi libro Hipótesis sobre Jesús, me definió así: «Messori, mi único discípulo». Demasiado bueno, pero es verdad que de él he comprendido que, sobre Cristo, la razón es prisionera de tres, y sólo de tres, hipótesis: o Jesús es un hombre divinizado de manera abusiva, o es un «mito» (un mito de liberación, según los marxistas) humanizado en extremo, o bien «tercera hipótesis», que es irrazonable apostar por cualquiera de las dos primeras hipótesis tan «racionales»: Guitton me ha hecho comprender, también con Pascal, que el último paso de la razón es admitir que existen cosas que superan la razón.

¿Impertinencias?

¿La apología es el camino razonable hacia el misterio?
Precisamente por esto, cuando entrevisté al Gran Inquisidor…

¿Ratzinger?
… no le pedí que me hiciera un «informe sobre la Iglesia», sino un informe sobre la fe, es decir, qué razones esgrimía quien tiene el cargo institucional de defender la fe. Y cuando he podido entrevistar al Papa, no le he preguntado si se pueden casar los homosexuales, o si las mujeres pueden ser sacerdotisas. Le he preguntado: ¿Usted cree en Dios? ¿Cree que el Espíritu Santo actúa en la Iglesia?
Preguntas impertinentes.
El hecho es que, últimamente, sacerdotes y obispos escriben muchísimo de ética, de la «opción política del cristiano», de economía, incluso de cristianismo, pero no de Cristo. Hablan de las consecuencias de la fe, como la moral, pero no de la fe misma; la dan por descontado. Es absurdo. Precisamente hoy, tener fe es el acto inconformista por excelencia. Y anunciar la moral sin anunciar antes la fe, provoca el rechazo, no la adhesión. La gente está harta de escuchar prohibiciones – preservativo, divorcio- y ni una sola palabra sobre las razones de la fe.
Y, por lo tanto, servirá una apología para nuestra época, que ya no es ideológica, sino postmaterialista, donde un filósofo elegido en las listas del PDS (antiguo partido comunista italiano) escribe libros sobre los ángeles.
El verdadero enemigo de la fe, hoy, no es el materialismo. En el fondo nunca lo ha sido. El verdadero enemigo del catolicismo es el espiritualismo sin más.

¿Y eso?
Escribir libros sobre los ángeles, la «moda» de los ángeles, todo es hablar de ángeles -ángeles sin Dios- es el resurgir de un antiguo vicio gnóstico: los gnósticos siempre han tenido horror a la carne, a la materia. Y los buenos cristianos, hoy, se sienten inclinados a ver como cercanos a estos superespiritualistas que hablan de ángeles, de espíritus puros. Por esto es urgente una apología hacía dentro. Si no, se abre la puerta al «espiritualismo» de los nuevos gnósticos. Por ejemplo: la exégesis bíblica católica «políticamente correcta» ya no habla de la Resurrección, sino de «esperanza pascual». O también, el enorme esfuerzo por reducir la fe a «palabra», cuando es «Carne», Eucaristía… Son intentos de espiritualizar un hecho escandaloso.

¿Un hecho escandaloso?
Sí. Que Jesús, apenas resucitado, pide de comer a sus discípulos, algo que llevarse a la boca. Lo hace adrede, mostrando así que no ha resucitado un espíritu, sino un Cuerpo. Que ser cristiano signifique, escandalosamente, nutrirse de la Carne y de la Sangre del Señor, horroriza a los gnósticos. El que no esperemos una eternidad de puro espíritu, sino la que el cardenal Biffi llama la teología de los «tortellini»: allí arriba comeremos tortellini buenísimos eternamente, sin miedo al colesterol y sin náuseas.

Maurizio Blondet
Avvenire-Alfa y Omega

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