VIRGINIDAD Y PUREZA

Somos muy dados a juzgar a Dios según nuestras categorías obtenidas de la física, la matemática, la biología, etc., en lugar de intentar situarnos, en la medida de lo posible, en la mente del Creador, sobre todo cuando nos envía algún mensaje con términos inequívocos.

Por Antonio Orozco Delclós
Arvo Net, 27.04.2006

Cada cierto tiempo resurge de sus cenizas una especie satánica de ave fénix, que pretende establecer relaciones sexuales entre Jesús y María Magdalena. Triste engaño sin fundamento histórico alguno, pues ni siquiera los cristianos de la época se vieron obligados a polemizar para defender el singular e inmenso amor virginal del Señor. Ningún documento contemporáneo menciona semejante cosa. Sólo mentes retorcidas han podido inventarla. Ciertamente a la mentalidad de hoy, como a la de entonces – insisto, como a la de entonces- resulta sorprendente la libre elección de la virginidad y, encima, la permanencia en ella de por vida. Sin embargo es un hecho revelado en los Evangelios incluso algo mayor: la concepción virginal de Jesucristo. La afirmación no viene de ingenuos o indoctos. Todo el mundo sabía cómo llegan los niños al mundo. No obstante, desde el primer momento, los cristianos de la primera hora sabían también que se había cumplido la profecía de Isaías: una virgen concebirá -se entiende, sin dejar de ser virgen – un hijo, que se llamará Emmanuel, que significa Dios con nosotros.

Que sean muchos o pocos los que estén dispuestos a admitirlo no afecta a la verdad del hecho histórico, por sobrenatural que sea. No es tan difícil de creer, si se parte del principio de que el Universo es creación de Dios; que el ser de cada existente está puesto por Dios, aunque se sirva de «causas segundas». De modo que poder, lo que se dice poder, es evidente que Dios puede hacer que una virgen sea madre. Y que lo ha hecho, está testimoniado en las Sagradas Escrituras y en la Tradición Apostólica. Para aceptarlo es preciso estar abierto a la Revelación divina, desde luego; es necesario un acto de confianza – de fe – en la Palabra de Dios, pero no supone ningún atentado a la razón, sino más bien atenta al pansexualismo de siempre, al erotismo desenfrenado, a la sensualidad como horizonte exclusivo de la vida humana…

Sucede que somos muy dados a juzgar a Dios según nuestras categorías mentales, obtenidas de la física, la matemática, la biología, etc., parcelas de la realidad, en lugar de intentar situarnos en la medida de lo posible en la mente de Dios, lo cual es menester, sobre todo cuando nos envía algún mensaje inequívoco, con hechos. El mensaje al que ahora quiero referirme, es justamente el de la virginidad de María. Nos resulta hoy muy necesario, precisamente porque precisamos un cambio de mentalidad, o por decirlo en lenguaje bíblico, una metanoia, una conversión muy profunda en nuestro modo de enfocar el horizonte de la humana existencia. «Creemos – dice, por cierto, Tomás de Aquino, citando a Aristóteles -, que el hombre es algo más que un camaleón». Expuse el tema con sencillas palabras en un libro – Mirar a María- hace ya bastantes años. Decía así:

Hay en la Madre de Jesús de Nazaret un privilegio singular, que es un milagro divino: es Madre, ¡y es virgen! En Ella se dan juntas, del modo más sublime, esas dos posibilidades de la mujer, que se excluyen mutuamente en todas las demás, pero que Dios, por un milagro de su omnipotencia, quiso se dieran en su Madre. La llamamos normalmente «la Virgen». Pero nuestro trato es de hijos, hermanos de Jesús, porque, ante todo, es Madre y su virginidad es debida a la grandeza de su Hijo. Es perpetua: antes, en y después del parto. Esto lo enseña la fe católica. La maternidad virginal de la Madre del Mesías estaba ya anunciada en el Antiguo Testamento. Y el Magisterio de la Iglesia ha profesado explícitamente la concepción virginal de Cristo al menos en veintiocho documentos solemnes. Se trata de una verdad de fe definida. Estamos ante un milagro portentoso – un misterio –, que manifiesta la verdad de las palabras del Arcángel: «nada hay imposible para Dios».

Ponderemos que es voluntad de Dios que su Madre sea Virgen. La virginidad ha de ser, pues, un valor altísimo a los ojos de Dios. La virginidad de la más perfecta de las criaturas encierra un mensaje importante para los hombres de todos los tiempos: la satisfacción de los deseos sensuales propios del sexo no los requiere la perfección de la persona, ni fuera ni dentro del matrimonio. Se abstuvieron de tal cosa la naturaleza humana de Jesucristo, la Virgen María y su esposo San José. No hay esposos que puedan igualar la calidad, la intensidad, la hondura del amor de María y José. Ambos son vírgenes. Es claro que las doctrinas que hacen del sexo el primer y último motor de la vida humana; o que entienden su ejercicio como exigencia irrenunciable dentro o fuera del matrimonio, son opuestas a la verdad y ofenden gravemente a Cristo y a María. Lo cual no obsta para afirmar rotundamente que «el sexo no es una realidad vergonzosa, sino una dádiva divina que se ordena limpiamente a la vida, al amor, a la fecundidad. Este es el contexto, el trasfondo, en el que se sitúa la doctrina cristiana sobre la sexualidad. Nuestra fe no desconoce nada de lo bello, de lo generoso, de lo genuinamente humano, que hay aquí abajo» 1. Pero aun dentro del matrimonio, cuando en casos aislados, circunstancias – siempre providenciales – imponen la abstinencia en el ejercicio de la sexualidad (nunca están justificados los mecanismos contraceptivos), entonces la continencia es posible, sin menoscabo del amor entre los esposos. Es ése el momento de decir que no a los medios que ofenden a Dios y de mirar a María y a José, acudir a ellos, para que nos muestren el amor más pleno, profundamente humano y sobrenatural a un tiempo. Es un gran momento para demostrar con obras la superioridad del espíritu sobre la materia, la superioridad de la gracia de Dios sobre los impulsos de la naturaleza.

En cualquier caso, la santa pureza es siempre una afirmación gozosa. No es negación, es afirmación de fe, de esperanza y de amor a Dios, a nuestra Madre y a las cosas nobles que debemos amar.

Por lo demás, los cristianos podemos y debemos decir bien alto que permanecer en la virginidad o celibato apostólico es mejor y más feliz que unirse en matrimonio. No es sólo una experiencia de veinte siglos, es también una sentencia definida por el Magisterio solemne de la Iglesia 2. Decía San Cipriano que la virginidad es «la naturaleza que se expande en alegría», pues nada hay tan gozoso como ofrecer a Dios todo lo que uno es, alma y cuerpo, corazón y sentidos. «Como la flor solitaria en las montañas, al borde de las nieves eternas que nunca vieron ojos humanos, como la belleza inmarcesible de los polos y los desiertos que eternamente permanecen inútiles al servicio y a los fines de la humanidad, la Virgen también proclama que hay un sentido de la criatura sólo como esplendor de la gloria eterna del Creador (…) significa el sacrificio por la visión del valor infinito de la persona» 3. La virginidad, como muchas de las cosas aparentemente más inútiles, resulta ser lo más fértil: «el hombre conoce la importancia de la virginidad para sí mismo como elevación para el máximo rendimiento. Todo ahorro de fuerza en un punto significa la posibilidad de su intervención reforzada en otro. O sea, que la virginidad, en esta interpretación, no es exclusión sino conmutación de la capacidad» 4. La capacidad de amor que no se despliega en una concreta y limitada familia, se expande y se transfiere a la gran familia de la humanidad.

Por lo demás, cuando se asume la virginidad o el celibato por amor a Dios y a las almas todas, «lejos de perder la prerrogativa de la paternidad, la aumenta inmensamente, como quiera que no engendra hijos para esta vida perecedera, sino para la que ha de durar eternamente» 5. Se trata de una paternidad auténtica, análoga a la de San José, «tanto más profundamente padre, cuanto más casta fue su paternidad» 6.

Pero ante todo, esa paternidad sobrenatural, se refiere – por sorprendente que pueda parecer – al mismo Dios. Hay que hacerse a la idea de que Dios es sorprendente, es magnífico. Y así como no le importó nacer en la gruta – húmeda y fría – de Belén, viene a nacer, de otro modo, misterioso pero muy real, en el alma del cristiano. Misteriosas, pero con mucho sentido, suenan las palabras de Orígenes: «El Señor abre el seno maternal del alma para que sea engendrado el Logos de Dios, y así el alma se haga Madre de Cristo» 7. Expresión audaz, desconcertante, que puede sonar a exageración. Sin embargo, es una doctrina común a muchos de los grandes Padres de la Iglesia: «Cada alma lleva en sí como en un seno materno a Cristo. Si ella no se transforma por una santa vida, no puede llamarse Madre de Cristo. Pero cada vez que tú recibes en ti la palabra de Cristo y le das forma en tu interior, modelándola en ti, como en su seno materno, por la meditación, tú puedes llamarte Madre de Cristo» 8. Y el resumen de la doctrina de San Gregorio de Niza, por cuanto se refiere a nuestro tema, puede muy bien ser éste: «el alma virgen concibe al Verbo y lo entrega al mundo ». Tiene miga – más de lo que a primera vista parece – lo que dijo Jesús a una muchedumbre, en presencia de su Madre: «Quienquiera que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los Cielos, es mi hermano, mi hermana y mi madre» 9.

Estos apuntes permiten atisbar, aunque de lejos, la plenitud humana y sobrenatural que goza aquel o aquella que responde con fidelidad a la llamada – si es el caso – al celibato o a la virginidad. De algún modo es generador y dador de vida divina. Sólo en la Gloria se descubrirá a todos, con claridad, su tesoro. Vale la pena que quienes hemos sido llamados en este camino seamos muy fieles, y que los demás recen incesantemente para que así sea.

Ninguno de los bienes importantes de la paternidad natural se hallan ausentes de la paternidad sobrenatural de un alma que se ha dedicado enteramente a Dios, en la virginidad o el celibato apostólicos. Por el contrario, se encuentran todos en su esencia más pura y en el grado más sublime. La alegría del nacimiento a la vida de la gracia; o de la conversión, que viene a ser lo mismo. El gozo de «verlos crecer» en la vida interior. San Pablo declara a los de Filipo: «os llevo en el corazón, partícipes como sois todos de mi gracia» 10; «hermanos míos queridos y añorados, mi gozo y mi corona» 11. La ternura no mengua por el hecho de que algunos de los hijos no correspondan y se descaminen. La Carta a los Gálatas es un reproche: «Me maravillo de que abandonando al que os llamó por la gracia de Cristo, os paséis tan pronto a otro Evangelio 12; sin embargo, es tan grande el amor que siente por ellos que le mueve a exclamar: «¡Hijos míos!, por quien sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros. Quisiera hallarme ahora mismo en medio de vosotros…» 13. Qué alegría, qué gozo, sentir los «cuidados de cada día, la preocupación por las iglesias» 14, aunque no falten sinsabores, que son la sal de esta vida.

La familia espiritual del que es fiel a ese camino divino en la tierra se multiplica incesantemente. La eficacia – siempre proporcional a la medida y calidad de la entrega – es inconmensurable, incontable como las estrellas del cielo y las arenas de las playas. Así aconteció a los patriarcas y así sucede a los que, de cuerpo entero, se dedican sin reservas a la empresa más alta que puede concebirse: la obra de la Redención. En esto, la Virgen María es – por Cristo, con Cristo y en Cristo – un caso singular. Ella engendró físicamente al Verbo, aunque hay que señalar también su estrechísima unión con el Espíritu Santo. Su maternidad respecto a todos los hijos de Dios es la más intensa y extensa. Después, cada uno, participamos – según nuestra entrega a Dios y a las almas – de la paternidad de Cristo y de la maternidad de María.

Es claro que la virginidad y el celibato apostólicos no son, en el sentido estricto de la palabra, una renuncia: es el seguimiento de un camino – el de Cristo – en el que se encuentra, con riqueza incomparable, todo el bien humano y todo el bien sobrenatural. Es una vida plena y fecunda; amar más y recibir más amor.

Algo más hemos de añadir todavía a las excelencias de ese camino. Quien lo sigue a instancias de una llamada divina, se hace más capaz de verdad; es más apto para entender cosas que otros no pueden ver. El señorío sobre el cuerpo otorga agilidad al espíritu, penetración, agudeza. Santo Tomás de Aquino razona que «la continencia y la castidad disponen óptimamente para la perfección de la operación intelectual. Y por ello dice el libro de Daniel 1, 17, que a ciertos jóvenes, abstinentes y continentes, les dio Dios la ciencia y la disciplina para comprender todo libro y sabiduría»15.

Juan, el apóstol que desde su juventud dedicó alma y cuerpo al servicio de Jesucristo, muestra una especial sensibilidad para descubrir prontamente al Señor 16. A Juan le fue dado tener una visión apocalíptica en la isla de Patmos. Vio al «Cordero que estaba sobre el monte Sión, y con Él, ciento cuarenta y cuatro mil [es decir, muchísimos], que llevaban su nombre y el nombre de su Padre escrito en sus frentes, y – sigue contando – oí una voz del cielo, como voz de grandes aguas, como voz de gran trueno; y la voz que oí era de citaristas que tocaban sus cítaras y cantaban un cántico nuevo delante del trono y de los cuatro vivientes y de los ancianos; y nadie podía aprender el cántico sino los ciento cuarenta y cuatro mil, los que fueron rescatados de la tierra. Estos son los que no fueron manchados con mujeres y son vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero adondequiera que va. Estos fueron rescatados de entre los hombres, como primicias para Dios y para el Cordero, y en su boca no se halló mentira, son inmaculados» 17. Ahí tenemos a un gran puñado de varones fuertes que en los nuevos cielos y la nueva tierra no pueden contener su alegría y rompen a cantar, de un modo que sólo ellos pueden y saben hacerlo, y nadie más. ¿Qué melodía, qué tono y qué ritmo son esos tan misteriosos que sólo los vírgenes alcanzan? Sólo ellos son capaces de sintonizar con determinadas realidades y misterios divinos. Ellos gozan de gloria singular y de una admiración grande en los cielos. La Revelación divina es, en este punto, muy explícita. La virginidad hace posible un gran amor y es el amor lo que proporciona la connaturalidad con lo amado – con el Amado, en este caso –, que permite una comprensión más profunda. A mayor amor, mayor entendimiento. Esto, que ya es un hecho en esta tierra, cobrará en la gloria dimensiones insospechadas.

Juan, el apóstol, es también el hombre que tiene más amor y recibe más amor. Se le reconoce en el Evangelio por el título de «el discípulo amado», el predilecto de Cristo. Será el maestro del amor. Basta leer sus escritos.

Ahora bien, es preciso añadir ahora que los bienes de la virginidad y del celibato apostólicos pueden y deben ser participados por todos. La santa pureza – de acuerdo con el estado de cada uno – ensancha siempre la capacidad de amar y de entender los bienes más altos, esos que definen mejor al hombre –mujer o varón-, que no son compartidos con los brutos. Si a todos ha de llegar la doctrina acerca de la virginidad, es porque, con ella, se iluminan verdades importantes para todos: la excelencia de los bienes del espíritu. El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios 18, no del camaleón o del simio. Esto es, sin más, la negación de aquel anuncio lamentable de una película, en el que se decía como reclamo: «nada hay mejor que la sensualidad». Ni siquiera las cabras o los potros, si pudieran hablar, dirían cosa semejante; dirían quizá: hombre, una buena ración de heno fresco no es despreciable; y estirar las piernas por el campo al amanecer es, en verdad, un placer sublime. Los que piensan de aquel modo se rebajan a un nivel más bajo que el de las bestias. No son más hombres, ni más mujeres. Lo mejor del hombre no es el sexo, es su alma inmortal, con entendimiento y libre voluntad: entendimiento para la verdad, corazón para el amor al Amor mismo, Dios, y a sus criaturas, con el orden con que Dios las ama. Lo que sucede es que cuando se da rienda suelta a la sensualidad, el entendimiento se embrutece, se ciega para lo que es de verdad humano. Ya quedó dicho.

En la provincia de Cáceres, junto al Tajo, hay una cumbre que se levanta a gran altura, sobre una extensa zona de anchísimo horizonte. En lo más alto hay una ermita dedicada a la Virgen del Monfragüe, que así se llama el lugar. Se sube por un camino empinado, hasta dar con unas escaleras que se empinan más todavía. Se divisa un panorama espléndido. Muy cerca de la cumbre pasan las aves con un vuelo majestuoso, planeando silenciosas, inmóviles. Recordé allí lo que más de una vez oí a san Josemaría, fundador del Opus Dei: no sienten esas aves el peso de sus alas. Si se las cortarais, si ellas pudieran liberarse de ese peso, ganarían en ligereza, pero no podrían volar: se aplastarían contra el suelo.

La santa pureza son las alas que nos permiten remontar el vuelo, levantarnos por encima de todas las cosas de la tierra y mirar de hito en hito al sol – Dios –, como lo miran las águilas en su vuelo hasta las cumbres.

Es lógico que las épocas de sensualidad desenfrenada sean épocas de ateísmo, de ausencia de respeto debido a la dignidad de la persona; de abortos, eutanasia y terrorismo. A todo ello coadyuvan el erotismo y la pornografía.

En épocas como la nuestra, es urgente mirar a Maria, la toda limpia, Inmaculada, omnipotencia suplicante, Madre nuestra. Con Ella, estamos salvados; tendremos siempre el punto de contraste para advertir nuestros descaminos y la pista para encontrar la senda de las cosas nobles humanas y divinas. Ella ha sido llamada Madre del Amor hermoso. Nos la ha dado Dios como estrella de la mañana, luz que nos orienta en las incertidumbres; jardín cerrado, lugar de reposo; asiento de la sabiduría, lugar de la Verdad; cuna del Amor.

Qué fácil hubiera sido para Dios encarnarse en una naturaleza humana engendrada como es sólito. Sin embargo, quiso hacer algo más difícil – hablando a nuestro modo –, más grande más llamativo: algo milagroso que mostrara a todos los hombres lo mucho que cuenta para el Amor la santa pureza: creó a su Madre inmaculada, y la quiso Madre siempre virgen. No hay discurso más elocuente sobre el tema que este hecho maravilloso. Lo cual nos enseña, al mismo tiempo, lo poco que cuenta para la perfección del hombre o de la mujer la satisfacción de los impulsos de la carne. Y si queremos hablar con rigor, digamos que no cuenta para nada.

La Humanidad de Jesús, su recia, santísima y perfectísima virilidad, es otra lección sublime, contra la que se estrellan letalmente todos los argumentos de la impureza. Pero es curioso que los que no quieren ser castos ataquen más la Virginidad de nuestra Madre y más esporádicamente la de su Hijo. En el contexto en el que nos movemos aquí parece superfluo hablar de ésta. ¿Cómo pensar que Jesús, cuya Persona es divina, la Segunda de la Trinidad, puede particularizar sexualmente su amor en una criatura? Él vive en la Comunión de Amor infinito de la Trinidad, vive por y para el Amor del Padre y para amar infinitamente a cada persona humana. Él es el Esposo de un Cuerpo que es la Iglesia. Su Cuerpo sagrado es para el Sacrificio Pascual, redentor del hombre: sacrificio encaristizado ya en la Última Cena. El Cuerpo de Cristo fue tomado por el Logos para hacerse –tras la muerte y la resurrección- una caro, una sola carne y sangre, con cada fiel cristiano que le reciba con las debidas disposiciones en la Sagrada Comunión Eucarística. Él es, en el más hondo y sublime sentido, el Esposo de la Iglesia y, en consecuencia, de cada uno de sus miembros. Es el Amor de los amores.

Ciertamente todo esto excede el entendimiento de quien no cree en la divinidad de Jesucristo y de su resurrección. Pero estas líneas van dirigidas, como es obvio, a los que sí creen, para que no les quepa la menor duda de que todo lo que se diga contra la virginidad, el celibato apostólico, la virtud de la castidad y, en general, de la santa pureza, así como de las virtudes que han de acompañarlas –por ejemplo, el pudor-, son absolutamente ajenas al Evangelio, a la cultura cristiana y, en algunos aspectos, incluso al sentido común.

Notas:
1.- Es Cristo que pasa, n. 24.
2.- Concilio de Trento, D. 980.
3.- G. VON LE FORT, La mujer eterna, 1952, p. 51.
4.- Ibídem.
5.- Pio XII, Enc. Menti nostrae.
6.- SAN AGUSTÍN, Sermo 51.
7.- ORÍGENES, Selecta in Génesis, P.G. 12, 124 c.
8.- SAN GREGORIO NACIANCENO, Sobre el ciego y Zaqueo, 4, P. G. 59, 605.
9.- Mt 12, 50.
10.- Phil 1, 7.
11.- Phil 4, 1.
12.- Gal 1, 6.
13.- Gal 4, 19.
14.- 2 Cor 11, 28.
15.- SANTO TOMÁS DE AQUINO, S. Th., II-II, q. 15, a. 3, c.
16.- lo 21, 4-8.
17.- Apc 14, 1-5.
18.- Gen 1, 26.

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