Violencia escolar: ¡aquí no pasa nada!

por IÑAKI PIÑUEL
Ante la revelación de los datos preliminares del Estudio Cisneros X «Violencia y acoso escolar» el pasado 18 de septiembre, se ha producido una alarma social que los miembros de nuestro equipo de investigación estimamos que no es correcta ni buena para reflexionar con la debida calma sobre la incidencia del fenómeno de la violencia en las aulas.

Contra el rigor científico y metodológico de los datos ofrecidos (aún tan sólo preliminares) que hemos dado a conocer, algunas autoridades educativas han ofrecido un argumento muy poco sólido. Argumentan que tan sólo existen aquellos casos de acoso denunciados ante la Consejería de Educación y sus órganos dependientes.

Resulta ser en extremo equivocado que se utilice el recurso a los datos de las denuncias formales como indicador de la realidad de un problema, cualquiera que sea éste. Esto sólo puede confundir a la opinión pública. Ya ocurrió con anterioridad con las cifras del maltrato doméstico, reducidas a tan sólo las decenas de mujeres que eran asesinadas o con el «mobbing», cuya prevalencia real algunos «observatorios» socialmente miopes distorsionan presentando tan sólo el dato de las denuncias presentadas ante los Juzgados de lo social.

Según este tipo de estadística social, serían solamente víctimas de la violencia doméstica las mujeres que la hubieran denunciado en los Juzgados. O quizá más restrictivamente aun sólo hubiera que contar en las estadísticas oficiales los casos de las mujeres que ya hubieran fallecido asesinadas a manos de sus maridos. Todos sabemos que la realidad del sufrimiento de las víctimas de la violencia no oficialmente computada es muy diferente y en cualquier caso mucho más amplia.

Muchos padres, antiguas víctimas del maltrato psicológico y físico en la escuela, trivializan y banalizan el maltrato que el niño les relata al llegar a casa. «Ya nos pasó a nosotros antes». «Eso es normal». «Así es la vida». «Aprende a defenderte». «Eso te hace un hombre…».

A otros padres no les suena raro que el niño refiera en el colegio las violencias que ellos mismos padecen en sus trabajos: «¡Mejor que vaya acostumbrándose a lo que le espera en la vida adulta!». Son muchos de los que todavía hoy nos refieren en la evaluación del acoso psicológico en el trabajo que «mi jefe me insulta, me humilla, me grita… lo normal!». Otros padres, afortunadamente los menos, adoptan ante la violencia escolar posiciones cercanas a la psicopatía social, recomendando a sus hijos que «en todo caso sean ellos los que machaquen y estén encima del otro en la pelea». Con ello van transformando a sus hijos en personas que aprenden a ser violentas como forma de defenderse de la violencia de otros. La mayoría de los niños violentos en la escuela nos señalan como razón prioritaria de su conducta que «el otro le provocó».

Al abandonar a los casos Jokin y a sus familias esperando a que presenten situaciones límite o al borde del precipicio, y entonces tratando a las víctimas como puros enfermos mentales, se las victimiza secundariamente.
Desde la responsabilidad política y social no se puede despachar el problema de la violencia en las aulas diciendo que sólo existen los casos de acoso oficialmente denunciados.
Buscar la eliminación de los portadores de malas noticias no es una buena estrategia para hacer desaparecer un problema que aflora ya hace tiempo por debajo de las alfombras rojas oficiales y de sus corifeos. Algunos de ellos se han lanzado a modo de verdaderos «hooligans» a descalificaciones previas realizadas sin el conocimiento exhaustivo necesario de los datos de un informe final al que no han accedido. Han pretendido silenciar el mensaje, intentando matar al mensajero por anticipado.

Frente al rigor metodológico de un estudio serio y frente a la contundencia de sus datos (aún preliminares), se han aportado vagas descalificaciones que pretenden desviar la atención sobre los portadores de la mala noticia y no sobre la misma mala noticia de la violencia en las aulas.

¿Qué estudios ha realizado Educación para poder desmentir nuestros datos con tanta rapidez y superficialidad? ¿Dónde están? ¿Quién los ha publicado? Si son secretos, ¿por qué no se divulgan?

Sin entrar en un falso debate de cifras que hurta el verdadero debate, hay que recordarle a Educación que el enemigo no es la verdad de los datos, sino la violencia existente en nuestras aulas y que para derrotarlo nos tiene a su lado.

El síndrome de negación institucional, un fenómeno típico ante las violencias de diferente índole, no le llevará muy lejos al departamento de Educación. La ausencia de sensibilidad ante un problema como la violencia escolar equivale a ponerse al lado de aquellos que miran a otro lado ante la violencia y el maltrato doméstico banalizándolo («mi marido me pega lo normal») o ante el acoso laboral o «mobbing» («mi jefe me humilla lo normal, me acosa lo normal, me chilla lo normal, me insulta lo normal»). Mensajes de trivialización del maltrato psicológico tan frecuentemente señalados por las mujeres y los trabajadores que les llevan a pensar que el acoso psicológico va incluido en el matrimonio o en el sueldo.

Los trivializadores y banalizadores de la violencia son los decisivos cómplices de la violencia y son la causa decisiva de que la violencia y el maltrato psicológico sean cada vez más frecuentes en nuestra sociedad y en nuestras escuelas.

¿Cuántas veces hay que humillar y ridiculizar a un niño en el colegio para que se le incluya en las estadísticas oficiales? ¿Es necesario que un niño esté ya gravemente dañado por el estrés postraumático o sea un presuicida para que se le pueda incluir en la estadística «oficial»?

Eso es tan poco serio como que se diga sin aludir a ningún estudio realizado que «los casos más graves de acoso escolar están en Avilés». Me recuerda a esos estudios que con anterioridad a los nuestros señalaban que la mayor tasa de acoso escolar se encontraba en Secundaria, olvidando decir a continuación que sólo habían investigado el acoso entre niños de 1.º a 4.º de la ESO.

Aún menos adecuada nos parece la estrategia basada en las amenazas contra los centros afectados por el problema que ha iniciado algún miembro de la asociación asturiana contra el acoso escolar. En un estilo muy próximo al «mobbing» social, su estrategia nos parece muy equivocada. Algo así como intentar apagar el fuego de la violencia con la gasolina de las amenazas y las coacciones. ¡No vamos bien encaminados a cambiar así el mundo de la violencia!

Debe abrirse un debate científico riguroso con datos obtenidos de investigaciones serias, pero no desde la defensividad y los intentos de desviar la atención del verdadero problema que no son las estadísticas sino el problema de muchísimos (siempre demasiados) niños que sufren en el silencio y frente a la indiferencia de muchos a diario en sus colegios. La contabilidad social creativa basada en el número de denuncias es perversa y victimizadora de muchos niños y niñas de Asturias que, desde luego, no constan en ellas.

Desgraciadamente son nuestras autoridades públicas las que dan los primeros y perores ejemplos de violencia verbal y de acoso psicológico contra el adversario político. No hay más que ver el espectáculo de violencia verbal, descalificaciones personales y de técnicas de verdadero y auténtico «mobbing» político y mediático que ofrecen a diario a nuestros hijos a través de los medios de comunicación para comprender que desgraciadamente no podremos contar excesivamente con su ayuda como modelos que seguir a la hora de erradicar el fenómeno violento en la escuela.

Por nuestra parte y como equipo de investigación especializado desde hace años en la evaluación y erradicación de la violencia y del acoso psicológico nos ponemos a disposición de aquellos que, desde el rigor y la verdad de los datos que ofrece la realidad y a través de programas efectivos, quieran hacer frente en serio al problema de la violencia en nuestras aulas.

Nos jugamos en la escuela de hoy el futuro de una sociedad que, banalizando la violencia en las aulas, propicia que nuestros hijos aprendan el sometimiento al más violento y la subyugación a manos de los que impunemente se dedican a hacer la vida imposible a los demás.

No hacer frente a tiempo a la violencia en las aulas puede convertir pronto a muchos niños en seres anticipadamente derrotados por la convicción de que han venido a nacer en un mundo que es a fin de cuentas una selva en la que los más violentos y poderosos depredan a los más vulnerables en medio de la indiferencia de la mayoría. Una mayoría de indiferentes que, eso sí, luego se escandalizará hipócritamente ante el terrible final de los casos Jokin.

Iñaki Piñuel, psicólogo, es profesor de la Universidad de Alcalá y codirector del estudio Cisneros X sobre «Violencia y acoso escolar».

Extraído de: http://www.lne.es/secciones/noticia.jsp?pNumEjemplar=1414&pIdSeccion=52&pIdNoticia=448028

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