UNAS RISAS

“En la vida hay cosas muy serias. Pero tampoco son tantas, oiga usted… A juzgar por la cara de funeral que tantísimo personal lleva por la calle (…)diríase que la existencia es una tragedia ininterrumpida, que no hay finales felices”.

PILAR CAMBRA Redactora jefe del diario Expansión.

En la vida hay cosas muy serias. Pero tampoco son tantas, oiga usted… A juzgar por la cara de funeral que tantísimo personal lleva por la calle, en los autobuses, en los lugares de trabajo y hasta en sus domicilios particulares, diríase que la existencia es una tragedia ininterrumpida, que no hay finales felices (ni tampoco principios felices, lo que aún es más gordo y demencial) y que, en último extremo, todos actuamos como el tópico payaso de circo: salimos a la pista con un rictus de sonrisa pintado en la faz, pero las lágrimas van constantemente por dentro.

No digo yo que el nacer y el morir -y bastante de lo que hay en medio- sean asuntos para tomárselos a la ligera, a broma y chascarrillo. Pero lo que yo veo es que el gentío se agarra unos sofocones de toma pan y moja por acontecimientos menores. Por ejemplo: ataque de nervios al canto por el mínimo raspón en la carrocería del coche; sudores de agonía por la carrera en la media cuando estamos a punto de salir a cenar; cabreos de mono porque el agua caliente sale hoy del grifo un poco menos caliente, casi tibia; morro de enfado de dos palmos porque una gotita de aceite se ha posado en la corbata; revolución de la bilis cuando se estropea el vídeo justo en el momento en el que hay que grabar el partido de fútbol del equipo favorito; descargas airadas de adrenalina cuando el hijo adolescente pone un disco de rock duro al tiempo que nosotros empezábamos a descabezar la siestecilla… O drama descomunal porque hacía frío cuando nosotros deseábamos que hiciera calor y porque hace calor cuando soñábamos con el frío.

Y si los trances menores se abordan con ceño fruncido y cuarto-kilo de malhumor, no te quiero contar la que montamos -la que nos montamos a nosotros mismos y a cuantos nos rodean- cuando nuestros proyectos se ponen verdaderamente feos, cutres, desalentadores: si aterriza en nuestros costillares la enfermedad cuando necesitamos salud a tope; si nos congelan el sueldo cuando acabamos de suscribir un crédito-vivienda; si el niño decide hacerse tornero fresador cuando nosotros lo veíamos ya de ingeniero de caminos, canales y puertos por la vida; si nos falla un amigo cuando la sensación de soledad o indefensión araña en nuestra puerta del alma como el lobo feroz… Si pasa todo eso -y puede pasar todo a la vez, incluso-, armamos la de San Quintín y nuestros lamentos desesperados se oyen en San Petersburgo.

Estaba yo dándole vueltas a este mal genio que se nos posa constantemente en el carácter cuando leí una información publicada por Diario Médico, un excelente periódico que llega a las manos de cincuenta mil profesionales cada jornada, en la que se daba cuenta de un sesudo (que se dice…) estudio de Harvard según el cual ocurre todo esto, que no es moco de pavo: «Los ataques de cólera doblan el riego de infarto (…) El agravamiento de la depresión puede ser un aviso o marcador de muerte inminente por infarto, ictus o cáncer». ¡Toma ya!

El malhumor, en suma, es pésimo para la salud; o es indicio de mala salud. Pero yo, con permiso de los de Harvard, voy más allá: el genio endemoniado permanente también es horrible para la mente y para el alma, no sólo para el cuerpo serrano.

Porque esa irritación constante muestra bien a las claras que hemos perdido dos cimientos básicos de nuestra existencia: la fe y la esperanza. (Amén de haber perdido el sentido de la medida, que también es ingrediente bastante necesario en el guiso de la vida).

¡Hay que hacer unas risas, hombre! Reírnos, primero, de nosotros mismos: de nuestras manías, de nuestras obsesiones, de nuestros caprichos, de nuestras rabietas de niños malcriados. No se trata de ir de hienas por las calles -como dice el chiste: «¿de qué se reirá la hiena, ese animal maloliente, odiado y que se alimenta de carroña?»-; pero hay que reconocer, con toda objetividad, que el atasco del lavabo, el pinchazo del neumático y el riego de tinta de la pluma en las manos recién lavadas tienen su lado cómico. Nos reímos de todo eso cuando lo vemos en una película: ¿por qué no carcajearnos un poquito cuando nos sucede en nuestras carnes morenas?

Hasta lo más trágico, lo peor, lo irreversible puede encararse con paz, que es el origen y la fuente de la risa sana, no de la risotada histérica o perversa. Vamos, digo yo…

Un antiquísimo proverbio asegura que «un buen vaso de vino alegra el corazón». Un recientísimo proverbio-Cambra les garantiza a ustedes que «unas cuantas buenas risas alegran nuestro corazón y el de los demás». Personalmente, estoy un poco hasta las cejas de todos esos que van con la barba de cascarrabias todo el día puesta, sean hombres, mujeres o militares sin graduación; porque, como decía mi abuela, aquí el único que tiene derecho a salir con barba es San Antón…

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