UNA SEX-SYMBOL PIDE RESPONSABILIDAD CON EL SEXO Y LA CONCEPCIÓN

La sex-symbol, Raquel Welch, se une al coro de las que desmontan el mito y llaman a las cosas por su nombre: “Me avergüenza admitir que yo misma he estado casada cuatro veces, y sin embargo, estoy convencida de que el matrimonio es la piedra angular de la civilización, una institución esencial para la estabilidad de la sociedad, que proporciona un santuario a los niños y nos salva de la anarquía”.
Mira hacia atrás, y busca alguna de las causas de la decadencia en la que ve sumida a las mujeres: “Si hubiera tenido una actitud diferente sobre el sexo, la concepción y la responsabilidad, las cosas hubiesen sido muy diferentes. El efecto más significativo y perdurable de la píldora en la actitudes sexuales femeninas en los 60 fue: ahora podemos tener sexo en el momento que queramos sin sus consecuencias. Aleluya, viva la fiesta. Pero la realidad es otra, la falta de inhibiciones sexuales, o como alguno lo llama, la liberación sexual, eliminó la precaución y el discernimiento a la hora de elegir el compañero sexual, que solía ser el equivalente al compañero con el que compartir toda la vida. La falta de compromiso, confianza y lealtad en las parejas en edad fértil degenera en infidelidad”.
La fórmula era atractiva, pero falsa. La separación de los aspectos unitivo y procreativo termina habitualmente en desastre. Ya lo advirtió Pablo VI en Humanae Vitae: “Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres, especialmente los jóvenes, tan vulnerables en este punto tienen necesidad de aliento para ser fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio fácil para burlar su observancia. Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce puramente egoísta y no como a compañera, respetada y amada”.
La actriz intenta coger de las solapas y zarandear: “En serio, si una anciana sex symbol como yo, agita bandera roja advirtiendo que las normas morales se han desplomado, deberíais caer en la cuenta de la cosa está mal. De hecho, precisamente por la imagen sexy que he tenido es importante que os diga: ¡vamos chicas!, es hora de dejar de quejarnos. Somos capaces de hacerlo mucho mejor”.

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