Un monje contra Mussolini

Mañana, domingo 12 de mayo, Juan Pablo II beatificará al que fue arzobispo de Milán durante la mayor parte del gobierno de Mussolini. Junto al cardenal Schuster, Juan Pablo II proclamará beatos a otros cinco Siervos de Dios: Felipe Smaldone, sacerdote fundador de las Salesianas de los Sagrados Corazones; Genaro Sarnelli, sacerdote de la Congregación del Santísimo Redentor; María Rafaela Cimatti, de las religiosas Hospitalarias de la Misericordia; y dos españolas: Cándida María de Jesús Cipitria a una gran ventana por donde entraba una muy clara luz»
El cardenal A. I. SchusterItalia, 1929. Nos encontramos en plena era fascista. El arzobispo de la diócesis más grande del país, Milán, ha muerto. Un mes más tarde, el 11 de febrero, la Santa Sede e Italia firman el Tratado de Letrán, por el que el Vaticano recupera su autonomía. El Papa sabía que con este pacto Mussolini trataba de ganarse, si no la colaboración de la Iglesia, al menos el silencio. Pío XI, después de revisar mil veces las listas de los obispos de Italia, tomó una decisión inesperada: nombró arzobispo de Milán a Alfredo Ildefonso Schuster, abad del monasterio benedictino de San Pablo extramuros, en Roma. El fascismo acogió la noticia con gran alegría; pensaban que un monje sería fácil de manejar.
Según indicaba el Concordato, el nuevo arzobispo juró ante el rey de Italia. Ya dos meses más tarde (8 de septiembre de 1929), alertaba al Secretario de Estado vaticano sobre la violencia que provocaba el fascismo. En 1931 lanzó una carta muy dura contra el régimen para protestar contra las agresiones a la Acción Católica, y se negó a bendecir solemnemente la Estación Central de Milán, obligando así a estar ausentes de la ceremonia de inauguración al rey Víctor Manuel III y a Benito Mussolini. En 1933, un informador de la policía secreta escribía: «A pesar de las apariencias (Schuster) es un enemigo convencido e irreconciliable del fascismo. No hay prelado que sea más contrario al régimen que el arzobispo de Milán. Mussolini debería alejarlo de Milán».
En 1938, condenó con solemnidad las leyes raciales. El 13 de noviembre pronunció estas palabras en la catedral: «Ha nacido en el extranjero, pero se extiende por doquier una especie de herejía… Es el así llamado racismo». En esa misma homilía ponía en guardia ante las ideologías arias y el crecimiento de la industria bélica alemana (Schuster era hijo de un alemán), que pronto provocarían una guerra. En 1939, pronunció un discurso que nadie se atrevió a publicar. Decía el cardenal: «Entre el cristianismo basado en el Decálogo y en el Credo, de origen divino, y este nuevo Estado hegeliano, totalitario, existe un antagonismo total».
Durante la Segunda GuerraMundial, Schuster se convirtió en la última tabla de salvación para los perseguidos por el nazismo. Hizo todo lo que pudo por salvar a condenados a muerte: católicos activos, grandes intelectuales no cristianos y judíos.

Benito MussoliniEl 10 de agosto de 1944, las tropas alemanas fusilaron a quince partisanos. Los abandonaron en el suelo, a modo de aviso a la población; un espectáculo macabro. Cuando el cardenal lo supo, escribió una protesta a la embajada alemana. Por la tarde, al ver que su aviso no sirvió de nada, declaró que, si los cadáveres no eran removidos de inmediato, él mismo los recogería personalmente. Los alemanes le obedecieron, pero el comandante de las tropas les avisó: «Un día de éstos, arresto al cardenal». Ocho meses más tarde sucedió una escena parecida: en la misma plaza fueron arrojados, y después colgados, los cadáveres de Mussolini, de Claretta Petacci y de otros jerarcas fascistas. Los colaboradores del cardenal le escucharon alzar la voz por primera vez en su vida: «O retiran esos cadáveres, o los quito yo mismo».
Entre los viejos muros del monasterio de San Pablo en Roma, donde pasó la mayor parte de su vida el cardenal, encuentro al padre Paolino Beltrame-Quattorochi, postulador de la causa de beatificación del arzobispo de Milán. Este monje conoció al entonces abad Schuster, hace setenta y dos años. «¿Cuál es la virtud que enseña al mundo de hoy el cardenal Schuster?», le pregunto. «Le respondo con una frase del cardenal: “La santidad no está en las oraciones ni en la penitencia, sino en el amor”. Vivió siempre la voluntad de Dios en cada momento, estaba auténticamente enamorado de Él».
Jesús Colina. Roma

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *