UN MODO DE SER, UN MODO DE PRESENTARSE

Patricia Gómez
¿Tienen importancia las formas (modo de vestir, de hablar…)? ¿Puede transmitirse un estilo de vida a través de lo externo? ¿De que modo se transmite ese estilo?

Padres, profesores, y educadores en general deberían hacerse estas preguntas, porque, al parecer, en algún momento nos hemos dejado por el camino todo este asunto del modo de presentarse, ya que es escasa, prácticamente nula, su presencia en nuestro panorama educativo.

Son numerosas las empresas que exigen a sus empleados el uso de un uniforme o de una forma concreta de vestir. El motivo es que esas empresas dan importancia a su imagen corporativa y consideran que el prestigio se manifiesta también en el aspecto externo de las personas que allí trabajan. Y no les falta razón. Entre dos buenos profesionales, cualquiera de nosotros elegirá al que además se presenta del modo adecuado, porque su profesionalidad nos entra por los ojos, y su trato nos resulta más agradable.

Si esto sirve para cualquier empresa, es especialmente interesante cuando se trata de una empresa educativa, y el profesional es un profesor.

En primer lugar porque actualmente no es una profesión muy prestigiada, lo cual repercute en aspectos tan importantes como los resultados académicos: en Finlandia, que ha obtenido los mejores resultados en la evaluación internacional de Pisa, una de las características del sistema educativo es el alto prestigio del profesorado. Resulta difícil imaginar a los profesores de ese país con greñas, tejanos descosidos o prendas descoloridas por el uso.

En segundo lugar, porque TODO educa: lo que decimos, lo que hacemos, el modo en que nos presentamos, etc…

El aspecto personal es importante, porque tiene mucho que ver con el interior de la persona. De hecho, la elegancia no radica en las formas, sino que estas son expresión de algo que hay en nuestro interior y que les da sentido.

En el hombre el pensar precede al obrar, y la inteligencia, junto a la voluntad, es la gran protagonista de nuestra personalidad, que se manifiesta de muchos modos, como el comportamiento, las aficiones, o el aspecto físico, entre otros.

Al final, nuestro modo de hablar, de vestirnos, de actuar, será la consecuencia de haber interiorizado un estilo de vida.

Un ejemplo ilustrativo: en los años sesenta tuvo lugar el fenómeno hippy, caracterizado por grandes ideas como el ecologismo o el pacifismo, y otras menos afortunadas como el amor libre o el uso de las drogas, pero indudablemente todo ello ha tenido una gran influencia en la cultura y por tanto, la forma de vivir del mundo occidental.. Aquella gente veía la vida de un modo determinado, y lo reflejaba en su indumentaria, en su estilo de vivir: un individuo con traje de Armani desentonaría en una comuna hippy.

Por otro lado, el mundo exterior, la cultura en la que vivimos, modela nuestro pensamiento y también nuestra conducta. Es necesario poseer un espíritu crítico que nos haga capaces de imprimir un sello personal a nuestro modo de presentarnos, porque la moda, en si misma, no es garantía de belleza.

Asimismo, las convicciones personales configuran la forma en que una persona se manifiesta ante los demás.

Si alguien tiene una determinada idea de la dignidad de la persona, o cree en la igualdad de dignidad del hombre y de la mujer, no elegirá atuendos que de hecho niegan ambas cosas.

Finalmente, los tópicos que defienden que lo importante es ser natural y espontáneo a menudo enmascaran una gran verdad: la verdadera elegancia no separa a las personas, sino que las acerca: la sencillez (que no es simpleza), la delicadeza (que no es cursilería), la gratitud, la sonrisa, la serenidad, facilitan y hacen más agradables las relaciones entre las personas. Aunque sólo fuese por eso, merecería la pena recuperarlas en la vida social, explicándoselo con paciencia a todo aquel que por ignorancia se sonríe al oírlo o cree que esas cosas pertenecen al pasado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *