Tolerancia y ambiente moral

Todo hombre ama la libertad;
quien es justo la pide para todos
y quien es injusto solamente para sí.
Ludwing Börne

El descrédito de la seriedad

El hombre de hoy se siente cómodo en un ambiente poco agresivo, tolerante, en el que los individuos, más liberados de la influencia de los demás, se disponen a probarlo todo. Se desdeña lo trágico y se avanza con soltura en una mentalidad poco comprometida, devaluadora de lo real.

El siglo XX, que ha sido, posiblemente, el más sangriento y trágico de la historia, ha preparado el terreno para ese descrédito de la seriedad, quizá porque en el origen de esas grandes tragedias aparece siempre alguien que se tomó demasiado en serio algo, ya sea la raza, la nación, el partido o el sistema.

Y quizá también por eso la sociedad de hoy desconfía, con bastante razón, de todo fanatismo. Hay un valor en alza, que es la libertad, y el resto son modos de alcanzarla. Le rechina cualquier afirmación sostenida con vigor. Cualquier norma excesivamente definida le asusta. Prefiere el vagabundeo incierto, el buen humor. Y rechaza los tonos regañones o insistentes. Es como si una consigna tácita nos impulsara a no tomar demasiado en serio las cosas, tampoco a nosotros mismos.

Es cierto que hay que reconocer muchos aspectos positivos a esa mentalidad que acabamos de describir. Entre otras cosas, haber barrido del mapa a toda una fauna de personajes autoritarios, todos bastante ridículos y prepotentes. Ahora puede decirse que, por fortuna, el autoritarismo ha quedado muy devaluado.

Sin embargo, la actitud de levedad con que algunos han reaccionado frente al viejo autoritarismo ha traído consigo frutos muy diversos: pretende fortalecer la personalidad, pero acaba, sin embargo, propugnando una personalidad débil y diluida; en vez de exaltar la creatividad, que es lo que pretendía, engendra un sujeto errático y pasivo, pues no puede olvidarse que la huida de la realidad convierte al hombre en simple espectador de su vida.

Y cuando se pretende eludir el compromiso, se elude la realidad, porque la vida está llena de compromisos: compromisos en el plano familiar, en el profesional, en el social, en el afectivo, en el jurídico y en muchos más. La vida es optar y adquirir vínculos. Quien pretenda almacenar intacta su capacidad de optar, no es libre: es un prisionero de su indecisión.

Saint-Exupéry decía que la valía de una persona puede medirse por el número y calidad de sus vínculos. Por eso, aunque todo compromiso en algún momento de la vida resulta costoso y difícil de llevar, comprometerse es el único modo de evitar que sea la indecisión quien acabe por comprometernos. Porque quien jamás ha sentido el tirón que supone la libertad de atarse, no intuye siquiera la profunda naturaleza de la libertad.

Marco Aurelio —que además de un gran emperador fue un gran escritor y gran maestro— decía que la persona está constituida por los valores en los que cree, que imprimen en su rostro la huella de su nobleza o de su vulgaridad. Aseguraba que el alma se tiñe de las imágenes que en ella se forman, y que por ello el valor de cada cual está en estrecha relación con el valor de las cosas a las que ha dado importancia.

Es tal vez la intuición más fulminante de la esencia de un hombre, la clave para leer su historia y su naturaleza. Somos lo que creemos. Lo que albergamos en nuestra mente nos marca de manera indeleble. Se imprime en nuestras facciones y en nuestros gestos. Se convierte en nuestra manera de ser.

Exaltación de la espontaneidad

Sin duda, la espontaneidad es un valor emergente en la sociedad de nuestros días. Ser espontáneo y natural es algo que, afortunadamente, se valora mucho. Hay una gran pasión por todo lo que significa apertura y claridad, un elogio constante de las conductas que revelan autenticidad. La gente joven valora mucho la sinceridad de vida, quizá como respuesta y rechazo a algunos rasgos demasiado presentes en generaciones anteriores.

Todo eso, no cabe duda, esconde un avance innegablemente positivo. Y en el ámbito de la educación, se trata de una conquista de la sensibilidad contemporánea que ha supuesto aportaciones especialmente valiosas. Moverse en un clima de confianza es un principio educativo fundamental, decisivo también para la formación del carácter.

Sin embargo, es necesario alcanzar un prudente y sensato equilibrio en todo lo relacionado con la espontaneidad: un equilibrio entre la hipocresía y lo que podríamos llamar exceso de espontaneidad. El equilibrio del carácter y la personalidad exige una cuidadosa compensación entre un extremo y otro. Y así como hace unas décadas años podía ser mayor el peligro del envaramiento o la desconfianza, quizá ahora sea más bien el de la excesiva desinhibición o desenfado.

La exaltación de la espontaneidad y la devaluación de la seriedad han tenido consecuencias ambivalentes. Pretendían fortalecer la personalidad, y en gran parte lo han logrado, pero también han producido personas con una espontaneidad aleatoria, demasiado ligada a lo que les viene en gana en cada momento, a lo que a cada paso se les ocurre. Y lo malo es que las ocurrencias, las ganas, suelen ser imprevisibles, y son la mejor forma de guiar una vida.

Quejarse de la juventud

Quejarse de la juventud es una tendencia recurrente de todas las épocas (se encuentra ya en los griegos, y en Cicerón, por ejemplo), quizá olvidando un poco que cada generación es, en buena medida, lo que de ella ha hecho la anterior.

Es cierto que la juventud va un poco contra lo que hay establecido, pero así es como cada generación hace que la historia avance. Y es probable —como apunta Jiménez Lozano— que detrás de muchas de esas quejas de los mayores contra la juventud haya un poco de envidia, de recuerdo nostálgico, y se afirma que se vivía mejor en épocas pasadas cuando lo que ocurre es que antes se era más joven.

Esas quejas no son nada nuevo. Sin embargo, sí hay ahora algunas cosas nuevas que nunca ha habido en la historia.

Por ejemplo, unos omnipresentes medios de comunicación. Todos estamos hoy extraordinariamente influidos por los medios de comunicación. Y si las nuevas generaciones se tragan sin sentido crítico todo lo que les cuentan, se exponen a una seria manipulación: les pueden hacer creer lo que quieran, y eso es peligroso para el sentido de la realidad.

Es verdad que esos medios de comunicación suelen recoger opiniones de gentes muy diversas, pero también en eso hay muchas veces manipulación, porque primero se nos dice una temporada cómo debemos pensar y luego nos lo preguntan.

Es preciso suscitar un sano sentido crítico ante los medios de comunicación, procurarse otras fuentes de información y de formación, leer, pensar, hablar, procurar dar profundidad a la vida.

Otro ejemplo de novedad de nuestra época es el importante aumento de la desintegración familiar, caldo de cultivo de multitud de tendencias antisociales. Quizá no valoramos suficientemente el hecho de que todo lo que fortalece la familia previene la delincuencia, porque será difícil que en la calle impere la ley y el orden si en casa no se aprende un orden de valores.

Un tercer ejemplo podría ser la nueva dimensión que ha adquirido el problema de la droga.

—¿Y no crees que es problema sobre todo de dar una mejor información?

En casi todos los países se han realizado grandes campañas informativas relacionadas con los efectos negativos de las drogas (dependencia, autodestrucción física y psíquica, inducción a la delincuencia y a la búsqueda de nuevos consumidores, etc.). Esas campañas son necesarias, pero la realidad es que tampoco han servido, por sí mismas, para disminuir el consumo. Con ellas se ha logrado impresionar a los padres y a los profesores, pero a quienes no han logrado impresionar es a la mayoría de los adolescentes y jóvenes.

La drogadicción no es solamente un problema de ignorancia, de falta de información. Esto último los adultos quizá no acabamos de comprenderlo: ¿cómo es posible que se droguen —decimos— sabiendo que la droga los va a destruir?

Es necesario conocer cuáles son los factores que empujan a esos jóvenes a las drogas, porque las drogas no son propiamente un problema, sino una mala solución a un problema. Hay que comprender mejor por qué algunos de ellos recurren a la droga. La droga es para ellos un paraíso artificial. ¿Por qué se drogan? “No nos interesa nada —dicen—, todo nos deja indiferentes. En mi estado normal veo las cosas tal y como son; una vez drogado, las veo como quisiera que fuesen”.

Hay factores de siempre, relacionados con las crisis propias de la edad, pero los principales son de tipo social o ambiental, y están relacionados con el estilo de sociedad en que viven esos jóvenes. Es preciso analizarlos y buscar soluciones. Si la sociedad responde con indiferencia al derecho a la diferencia, los valores se acaban ahogando en un clima de permisivismo y relativismo moral.

Es fundamental que haya —en la familia, en la enseñanza, en los medios de comunicación, en la calle— un ambiente que estimule, que prestigie los valores, que ayude a la gente joven a enfrentarse a la realidad, a tomar las riendas de su propia vida, a encontrarle un sentido.

Una salida en falso

—¿Y no crees que pueden tener parte de razón quienes defienden que sería mejor legalizar la droga?

Es un debate que surge periódicamente. Se aduce que son muy escasos los frutos de la represión del narcotráfico y que, por el contrario, su legalización —con el correspondiente control gubernamental— haría caer los lucrativos negocios que florecen clandestinamente en su entorno y, como consecuencia de ello, disminuiría también la delincuencia que la droga produce. Algunos añaden, además, que el Estado no es quién para dictar a la gente lo que debe o no consumir.

Sin embargo, los diversos ensayos realizados en esta línea en diversos países occidentales han ido fracasando uno tras otro. Si se legalizan solo unas pocas drogas, sigue manteniéndose el mercado negro de las no legales, con la desventaja de que las legales sirven de iniciación al consumo de las otras. Si se despenaliza solo el consumo, tiene efectos deseducativos y no elimina los inconvenientes de la represión del tráfico.

Si se piensa en la legalización completa mediante un régimen de control público, parece inevitable pensar en medidas restrictivas: prohibición de publicidad y de venta a menores, restricción de su consumo a conductores u otros profesionales de especial riesgo, control de calidad, etc. Al final, se vuelve a lo de siempre: cada restricción daría lugar a un mercado negro para quienes no tienen acceso totalmente libre a esa droga.

Además, los grandes traficantes saldrían beneficiados con la legalización. Empezarían por inundar el mercado con droga muy barata: pueden hacerlo, ya que funcionan con márgenes gigantescos. De ese modo conseguirían millones de nuevos adictos, y con esa expansión del mercado se resarcirían con creces de la reducción de precios. Los gobiernos tendrían que reaccionar con controles más severos, lo que llevaría a la subida de precios y a un nuevo aumento del negocio ilegal.

Quizá disminuyeran los delitos motivados por la necesidad de obtener droga cara, pero aumentarían los cometidos bajo sus efectos, pues habría muchos más drogadictos, y crecerían por tanto los costes sociales: las drogas —legales o ilegales— son adictivas, producen intoxicaciones, provocan enfermedades o malformaciones congénitas a los hijos, suelen acarrear desintegración familiar, etc.

En suma, parece demostrado que la legalización de la droga estimula su consumo. Son sustancias peligrosas, y por tolerante que se quiera ser, legalizar la droga no es quitar el negocio a los criminales, sino poner al Estado a competir con ellos. Y en esta competencia, la salud pública tiene todas las de perder.

La droga tiene unas gravísimas consecuencias sociales. Aunque la represión no solucione por sí sola el problema, parece imprescindible. Sin ella, las medidas educativas —que son las más básicas— perderían gran parte de su eficacia.

Fenómenos de inflación moral

Como señala Innerarity, igual que los recursos naturales no son inagotables, existe también algo así como una economía de los recursos morales, una ecología de la moral social, pues también en el ámbito de la moral existen fenómenos de inflación.

En este sentido, los propietarios y profesionales de los medios de comunicación deben tener en cuenta las grandes repercusiones éticas que tienen los mensajes y modelos de vida que divulgan.

Han de ser conscientes de la responsabilidad moral que tienen en lo que podría llamarse la ecología humana, pues tales medios pueden provocar una contaminación de los espíritus no menos preocupante que la contaminación del medio ambiente.

Es preciso que haya una legislación seria en este sentido, y que luego se aplique seriamente. Por otro lado, los agentes sociales pueden y deben ejercer una legítima presión sobre los grandes centros de producción, no solo con el fin de evitar influjos negativos en la sociedad, sino también de persuadirles de que los buenos contenidos ofrecidos de modo adecuado pueden recibir una amplia acogida y un éxito incluso mayor, pues el bien también “vende”.

Autoridad y persuasión

Ante el declive del autoritarismo, nos encontramos quizá hoy ante una ocasión inmejorable de devolver a la autoridad su auténtico sentido, despojándola de las muy diversas formas falseadas que han deformado su rostro amable, convirtiéndola en origen de automatismos, de rechazo o de sumisión.

La autoridad ha de estar,
quizá hoy más que nunca,
avalada por el prestigio.

Además, la afirmación desnuda e impositiva, propia del talante autoritario, no es otra cosa, en muchos casos, que simple pereza intelectual. La verdadera autoridad acostumbra a dejar en sus juicios, cuando conviene, la huella del movimiento que le condujo hasta ellos, y siempre procura:

* guardarse de querer juzgarlo todo, como si se contemplara la realidad desde una atalaya privilegiada (además, quienes se lanzan a juzgarlo todo y precipitadamente, se arriesgan mucho a no comprender bien lo que pasa, pues esa actitud disminuye enormemente su capacidad de atención);
* hacer un esfuerzo para no caer en el simplismo, no etiquetar los problemas para eludir su complejidad, ni dar respuestas triviales a problemas insuficientemente planteados;
* adoptar una actitud positiva y abierta ante los nuevos modos de entender las cosas, los nuevos estilos de vida, y ante la evolución de la sociedad;
* huir de los tonos catastrofistas o apocalípticos, del talante de queja habitual, de la negación de los valores positivos que siempre surgen en los cambios históricos;
* no hacer juicios ni condenas precipitadas de mentalidades, actitudes o sistemas de pensamiento.

El error del autoritarismo, como el del permisivismo, tienen nefastas consecuencias en la educación y en la organización social:

Ni la libertad exige el permisivismo, ni la autoridad ha de suponer autoritarismo.

Por una publicidad del bien

Una de las claves más importantes para entender nuestra cultura —vuelvo a glosar ideas de Daniel Innerarity— es la progresiva sustitución de la imposición por la seducción, de la propaganda por la publicidad.

La legalidad se puede exigir; la moralidad, no siempre. Hay muchas inmoralidades que no son perseguibles por los jueces. La seducción publicitaria tiene un aspecto positivo: lo que podríamos llamar una generalización de la amabilidad y del ofrecimiento, que no gusta del tono autoritario.

¿Por qué no plantear muchas veces la enseñanza moral como una publicidad del bien? Lo bueno, lo justo y lo bello no están condenados a perder en el mercado de la seducción, más bien al contrario. Pero se trata de un escenario que exige mucho a quien arriesga a invertir en él: no basta con decir la verdad; hay que decirla sin aburrimiento, con imaginación, con elegancia y buen humor.

El miedo a entrar en el juego de la libre concurrencia de las ideas y los valores morales (que se decide más allá de los refugios de la decencia moral, es decir, en el mundo de la comunicación, la moda, los negocios, la política), esconde una desconfianza respecto a la fuerza atractiva de lo que se tiene por bueno.

Es verdad que el éxito y la vigencia de esos valores son muchas veces azarosos, pero esto no puede servir como disculpa para la vagancia imaginativa o para la comodidad dogmática. Tampoco es válida la coartada conspirativa, consistente en pensar que todo mal es el resultado de alguna confabulación o ineptitud ajena, olvidando las torpezas propias.

Nadie puede olvidar que, en principio, lo verdadero es razonable e interesante; lo bueno, amable; lo bello, seductor. Este nuevo registro comunicativo tiene una gran eficacia: es incompatible con la histeria agresiva y el lenguaje belicoso, favorece la autodisciplina en el discurso y la suavización de los conflictos, y evita el espíritu de cruzada y el autoritarismo.

Las dificultades de muchos discursos moralizantes provienen quizá de que muchas veces no deja ver con claridad que la ética es una facilitación de la vida y no su constante entorpecimiento.

Ruina para padres desprevenidos

Cuenta Victor Frankl cómo en California se ensayó hace unos años la inserción de electrodos en el hipotálamo de cerebros de ratas vivas. En cuanto se apretaba una tecla para cerrar un circuito eléctrico, las ratas recibían una pequeña descarga y experimentaban ya sea un orgasmo o bien una satisfacción de su necesidad de alimentarse. Luego, las ratas aprendieron a apretar la tecla por su cuenta.

Al poco tiempo, se volvieron tan adictas a este sistema que se satisfacían hasta 50.000 veces por día de esta manera. Lo interesante del ensayo es que las ratas dejaban de lado la comida real y a sus parejas sexuales verdaderas.

No me resisto, aunque parezca un poco fuerte, a hacer una comparación entre ese experimento con el fenómeno de los servicios eróticos a través de líneas telefónicas, de internet o de algunos canales de televisión. Es un hecho que muchos chicos y chicas pasan desde muy temprana edad muchas horas dedicados a esos entretenimientos, con la consiguiente tendencia a la adicción y a la obsesión, y con consecuencias nada desdeñables en su educación afectiva y sexual.

¿Qué debe hacer la sociedad ante esto? Porque la libertad es un elemento claro, pero también lo es el duro acoso que ese mercado supone para tantos menores de edad. Y de la misma manera que se regula el derecho a fumar en las aulas o en los aviones, o que se limita el consumo de alcohol por parte de menores en locales públicos, debería regularse el acceso público a semejantes instrumentos de deseducación juvenil.

Conviene, por el bien de la sociedad, denunciar el atropello de quienes con estos servicios se entrometen con engaño en la educación de los hijos de los demás, muchas veces en su propio domicilio y sin conocimiento de sus padres.

El sexo, la violencia descarnada y el sensacionalismo parecen haberse convertido en los pilares de esa gran industria, que no duda en revolver en los más bajos sentimientos de las personas con tal de incrementar su tráfico mercantil o sus índices de audiencia, sin respeto del tipo de destinatario ni de las franjas horarias juveniles. No hay que negarles que todo eso encierre algunos valores artísticos o de información: raro será que no proporcionen alguna observación ingeniosa o dato de interés; pero también podrían encontrarse elementos nutritivos —proteínas, hidratos de carbono, etc.— en un cubo de basura.

Es preciso demandar en los responsables de los medios de comunicación un poco de ingenio para que encuentren el modo de salvar la competitividad sin que se produzca una carrera comercial a costa de la moralidad pública. No se trata de que los medios de comunicación se transformen en medios dedicados exclusivamente a la educación, pero sí han de ser conscientes de su responsabilidad en ese sentido, y las leyes deben regularlo en la medida que sea posible. El valor de una sociedad se muestra en los valores que considera dignos de protección.

Alfonso Aguiló

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