“SUPERPOBLACIÓN”

Vuelve un fantasma de la superpoblación. Lo acaba de desempolvar del baúl de los recuerdos un catedrático italiano ya jubilado. Aunque va contra el parecer de todos los demógrafos del mundo y hace mucho que nadie habla de ello.

VUELVE UN FANTASMA DE LA SUPERPOBLACIÓN
Por Luis Olivera

Lo acaba de desempolvar del baúl de los recuerdos un catedrático italiano ya jubilado, Giovanni Sartori. Aunque va contra el parecer de todos los demógrafos del mundo y hace mucho que nadie habla de ello. Ni siquiera las instituciones que se dedican a estudiar el fenómeno poblacional al más alto nivel, ahora más preocupadas por el rápido encanecimiento del planeta. Sartori, siguiendo los pasos del autor de ‘La bomba de la población’, acaba de declarar que “el mayor peligro para el mundo es la superpoblación de los países pobres”. Su libro ya no habla de algo a punto de hacer impacto; sino de algo que ya es una realidad. De hecho lo ha titulado “La tierra explota”.

Eso, aunque ya en los años 60 se podía vislumbrar que la fecundidad estaba disminuyendo, primero en algunos y después en la mayoría de los países del Tercer Mundo. Esta tendencia se agudizó en los años siguientes, según el demógrafo francés Anselm Zurfluh. Entre 1965 y 1985 se constató un descenso de más del 33% en la tasa de fecundidad de 13 de esos países y hasta de un 44% en China, el país más poblado de la Tierra. Otros 21 estados registraron descensos situados entre el 20 y el 29%; y en 15 naciones más, la disminución se situó entre un 10 y 19 por ciento. Sólo 11 países, casi todos africanos, aún no han experimentado esa disminución de la fecundidad.

Eso, aunque el último informe de la división de Población de la ONU (2002) ha reducido en 400 millones de personas su estimación de crecimiento de la población para 2050. La ONU indica que ese declive se debe a la incidencia del sida y a que se está produciendo una tasa de fertilidad más baja de la esperada. Por eso su pronóstico de 9.300 millones a mitad de siglo lo acaba de reducir a 8.900 millones. La división de Población de Naciones Unidas afirma que los niveles de fertilidad caerán probablemente por debajo del índice de reemplazo generacional (2,1 hijos por mujer fértil) en los países en vías de desarrollo. Y que eso se producirá a mediados de este siglo en tres de cada cuatro países del mundo subdesarrollado.

Eso, aunque Gregory Mankiw, profesor de la Universidad de Harvard acaba de decir que los que temen la superpoblación se apoyan en una tesis demasiado sencilla: la gente utiliza los recursos y, dado que son escasos, la única manera de mejorar el nivel de vida es limitar la gente con los que tenemos que compartirlos. La contestación a Sartori, y a los neomalthusianos que aún puedan quedar, también es muy sencilla: la gente no se limita a consumir; también crea recursos. Como decía el recordado Julian Simon, “el hombre es el último recurso”. Y Mankiw concreta que el ser humano “aporta al mundo su tiempo, esfuerzo e ingenio (..) Por tanto, antes de decidir si la superpoblación es una plaga o una bendición, deberíamos preguntarnos si el hecho de que haya una persona más supone un problema. Y para eso hemos de fijarnos en si consume más de lo que produce o viceversa”. Y esos argumentos tienen más peso porque ambos estudiosos son conversos del maltusianismo por la fuerza de los hechos y de los datos, comprobados una y otra vez. Y es que los datos estadísticos que ofrece la demografía son “inatacables”, según Zurfluh, independientemente de credos o ideologías.

Sartori también incide en que estamos destruyendo grandes selvas para crear zonas de cultivo, que duran pocos años, lo que amplía el proceso de desertización. Pero se olvida de las sucesivas “revoluciones verdes” que, con mejores semillas y más eficaces plaguicidas, han conseguido que países deficitarios en alimentos como la India, pasaran a tener excedentes millonarios de cereales en pocos años. Y los avances continúan. Ahí es donde se pone de manifiesto que cada hombre nuevo que ve la luz no es sólo una nueva boca que alimentar, sino que también son dos nuevos brazos para trabajar y un nuevo cerebro para pensar e idear innovaciones provechosas para toda la Humanidad.

Para Mankiw, igual que para el judío Simon, lo decisivo es lo que aporta cada hombre, que es superior a lo que consume: “>i>Quizás el recurso sin precio más importante sea la capacidad de la sociedad para generar nuevas ideas. Cada vez que nace un bebé, hay una probabilidad de que se convierta en el próximo Newton, Darwin o Einstein. Y cuando eso ocurre, todos nos beneficiamos”. Tal vez por su avanzada edad, Sartori ve las cosas de un modo excesivamente pesimista, sólo de tejas abajo. Y, además, carga las tintas culpando sobre todo a la Iglesia católica del fantasma de la “supuesta” superpoblación que estaríamos sufriendo en estos momentos.

Después de todo, los gobiernos pueden proteger el medio ambiente de forma sencilla: con impuestos eficaces sobre los hidrocarburos, impidiendo que se fabriquen aerosoles que afecten a la capa de ozono, exigiendo a las fábricas mayores medidas anticontaminación, etc. Pero fomentar la producción de grandes ideas es algo mucho más difícil. Y no se puede hacer por real decreto o por una ley emanada del Parlamento. Mankiw piensa que “la mejor manera de tener más genios es teniendo más gente”. Ahí reside la capacidad insospechada de producir sorpresas que tiene el género humano, de sacar nuevos “conejos” de la chistera de la propia inteligencia y de la capacidad de raciocinio.

Por eso los recursos naturales y la energía son cada vez menos escasos; por eso la oferta mundial de alimentos, mejora; por eso el crecimiento de la población es ventajoso a largo plazo; por eso, la contaminación está disminuyendo. Los que son partidarios del “cuerno de la abundancia” consideran el sistema de recursos tan ilimitado como el número de pensamientos que una persona puede tener; o el número de variaciones que pueden eventualmente producirse por evolución biológica. Esa es la diferencia fundamental entre los que se preocupan del amenazador desastre inminente y los que contemplan la esperanza de una vida mejor para mucha gente en el futuro. La explosión demográfica interminable es falsa: todas las veces que se ha querido esgrimir, ha fracasado. Sin embargo, esta información incorrecta –multiplicada por los medios de comunicación, que no se han enterado de la realidad en muchos casos—ha tenido tremendas consecuencias. Pero el futuro es optimista, porque sigue existiendo la magia personal, el esfuerzo constante y la imaginación en cada ser humano que nace: para mejorar él y para aplicarlo en beneficio de todos nosotros. Y la buena noticia es que la mala noticia de la superpoblación es falsa. Los medios de comunicación simplemente se han equivocado de noticia.

Luis Olivera
Demógrafo y periodista

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