SÍNDROME DEL CUIDADOR Y SÍNDROME DEL PERFECCIONISTA

Dos problemas de salud psíquica muy presentes, el “síndrome del cuidador” y el “síndrome del perfeccionismo”

Autor: Ángel García Prieto, psiquiatra
Fuente: Arvo.net,

CUIDADOS PARA EL QUE CUIDA.

Es frecuente que acudan a la consulta psiquiátrica muchas personas que presentan una sintomatología ansiosa y depresiva derivada del padecimiento de situaciones de estrés, más o menos alargadas en el tiempo, por circunstancias adversas de la vida. Pérdidas de personas queridas, accidentes, desgracias materiales, enfermedades importantes, problemas afectivos, paro laboral, frustraciones profesionales o vitales…Una larga lista de acontecimientos que todos podemos sufrir en mayor o menor medida en la vida, pero que por su gravedad, acumulación, presentación en momentos clave o simplemente por colmar la capacidad de sufrimiento de la persona – que es muy variable de unos a otros – acaban por poner en marcha un mecanismo psicopatológico que, en lenguaje profesional, denominamos como “Trastorno Adaptativo Ansioso-depresivo”, “Reacción depresivo-ansiosa” o de otras maneras similares.

Y una de las causas más frecuentes de esta enfermedad es el desgaste por estar al cuidado de familiares enfermos crónicos o ancianos inválidos. A la necesidad de atención de la persona necesitada, el cuidador muchas veces añade su propio exceso de responsabilidad, perfeccionismo, obsesión y sentimientos de autoexigencia que superan lo razonable (véase la segunda parte de este ejemplar de ARVO, que trata sobre el tema). Se suele tratar con más frecuencia de mujeres en torno a los cincuenta años – ya que son las mujeres las que más se encargan de estas atenciones – que tienen a su cargo, viviendo en el propio domicilio o no, uno o más enfermos con mayor o menor invalidez. La vivencia de sujeción, saberse responsabilizadas las veinticuatro horas del día de los treinta días del mes, por años indeterminados, acaban con la paciencia de casi todos. Sobre todo si se sienten solos, si no pueden compartir los temores, ansiedades, sentimientos encontrados y dudas sobre lo que tienen entre manos, o mejor, a sus espaldas.

Absorbentes.

Muchas veces esos enfermos o mayores que cuidan son del todo exigentes, celosos, absorbentes, por la propia enfermedad o por su carácter, que se exagera en la vejez. No permiten que les dejen solos ni un momento, protestan por los detalles de la alimentación, tienen celos de otros familiares, exigen detalles exagerados, etc. En definitiva, además de necesitar una dedicación total, producen una frustración completa y el cuidador ve perdida su vida propia e incluso se siente culpable de no poder dedicarse a su marido, sus hijos, su trabajo profesional, sus amistades o sus aficiones. Aparece el cansancio, la irritabilidad, la desesperanza, los sentimientos de inutilidad mezclados con sentirse insustituible e imprescindible… Se rompe la propia salud y los nervios, con trastornos del sueño, de la alimentación, del estado de ánimo y a veces con alguna enfermedad somática sobrevenida.

El consejo que me atrevo a dar a esas personas es que muevan todos los recursos – familiares, económicos, sociales, morales – para compartir esas responsabilidades con otros miembros de la familia, con cuidadores profesionales por horas, pagados por la familia o subvencionados por organismos de ayuda social, centros de día e incluso residencias, si es preciso. Pensando que la falta de salud o valimiento de una persona va a acabar arrastrando a la enfermedad y la incapacidad de otras o al deterioro global de la propia familia. Es necesario que los cuidadores descansen un tiempo razonable todos los días, salgan – sin teléfono móvil y sin sentimientos de culpa – de paseo, a hacer otras cosas necesarias para su casa, a tomar un café con las amigas, a misa, al cine, a la biblioteca, a volar una cometa o a contar las flores de un jardín público. Que puedan contar con algún fin de semana para acudir a un acontecimiento o hacer un viaje, que una temporada al año se vayan, o se queden, de vacaciones. Desde luego deben dormir cada día; no tomar alcohol “para entonarse” – si lo toman, que lo tomen porque les da la gana -; no sentirse culpables por estar alegres, reír, cantar o participar en bromas… Y en general deben vivir la vida, su propia vida, que es necesaria para poder darla a los demás, pero para darla de una manera racional, sana y vital. Nadie puede, ni debe suicidarse poco a poco, ni aún por los demás.

LA EXCELENCIA Y EL PERFECCIONISMO PUEDEN ARRUINAR LA SALUD PSÍQUICA

Las personas que son perfeccionistas en exceso generan psicopatología. Trastorno éste, por otro lado, cada día más frecuentes, quizá por la influencia de la sociedad occidental moderna sobre la educación y los modelos conductuales que posiblemente actuarían sobre determinadas bases genéticas – aunque aún no esté claro el mecanismo – de las personas que acaban siendo afectadas. Y sobre este tema se ha publicado recientemente un interesante libro titulado El síndrome del perfeccionista: El anancástico *, que también lleva el subtítulo “Cómo superar un problema tan común y devastador”. Los autores son un médico internista, Manuel Álvarez Romero, nacido en Córdoba y residente en Sevilla, especialista en Medicina Interna con experiencia adquirida en su largo ejercicio clínico en un centro médico especializado en enfermedades psicosomáticas de la capital hispalense; y Domingo García-Villamisar, nacido en Cerceda (La Coruña), psicólogo, profesor de Psicopatología y Psicología Clínica en la Universidad Complutense y también con una amplia carrera universitaria en su especialidad.

En dicho libro abordan desde el punto de vista psiquiátrico y psicológico el concepto, características, evaluación y tratamientos del perfeccionismo “insano y negativo”, contrapuesto al que también se describe como “bueno y positivo”. El perfeccionismo negativo, además de perfilar un tipo psicológico que en sí mismo puede ser considerado en algunas circunstancias un verdadero trastorno psicopatológico, definido en las clasificaciones internacionales como trastorno de personalidad obsesiva o anacástica. Pero además, dicho perfeccionismo está influenciando la causa y el mantenimiento de otras enfermedades psíquicas como la depresión, los trastornos de la conducta alimentaria, de la imagen corporal, de ansiedad, obsesivo-compulsivos, así como la fibromialgia y algunas otras enfermedades psicosomáticas. Se trata, pues, de un factor causal y básico muy frecuente en la patología clínica que acaba llegando, después de mucho tiempo y sufrimiento para las personas que lo padecen y para sus allegados, a las consultas del psicólogo, el médico generalista y el especialista en psiquiatría.

El perfeccionista patológico se caracteriza por un exceso de control y exigencia que se hace obsesivo hacia él mismo y hacia los demás, elimina la posibilidad de delegar funciones, crea desconfianza en la colaboración, exige prever las situaciones hasta lo imprevisible, planea las situaciones con gran anterioridad, no admite fallos y errores, busca siempre lo mejor – que, como ya se sabe “es enemigo de lo bueno” – y para ello es capaz de pasar por encima de actividades de descanso, el ocio y las relaciones familiares. En definitiva parece querer moverse con el sentido de posesión de la realidad y del mundo que le rodea sin entender las limitaciones humanas, las circunstancias imprevisibles y ni siquiera los factores de intuición y creatividad que tantas veces mueven, por fortuna, la actividad humana. Son personas, en el fondo muy inseguras, que sólo se quedan tranquilas cuando todo, todo está “atado y bien atado” y no son capaces de dejar nada al fluir normal de la vida, la providencia o simplemente a la propia buena voluntad y la experiencia positiva. Hace poco, en un artículo de Benedict Carey, que el Diario Médico recogía del New York Times, decía que algunos investigadores dividen a los perfeccionistas en tres tipos: “luchadores autoorientados, que pelean para cumplir sus altas exigencias y parecen estar siempre al borde de una depresión; los fanáticos, que sólo esperan ver en los demás rastros de esa perfección que quieren para ellos y que terminan arruinando las relaciones personales; y por último, los desesperados por cumplir con un ideal, sea el que sea, y que están convencidos de que es lo que los demás esperan de ellos”.

Mala cosa es que esté tan de moda eso que ahora se ha dado en denominar “excelencia” y que se hace presente en la vida y en las actividades de todos, desde que el niño comienza a tener uso de razón. Hay demasiada competitividad para todo, para estudiar, tener, jugar, vestirse, llegar, relacionarse, ganar, conseguir… Y hay en cambio escasez de compañía y guía de los que pueden ayudar, de verdaderos valores humanos, de referencias religiosas, de comprensión, de humanidad, en definitiva. Quizá en estos hechos sociológicos está uno de los factores decisivos para desencadenar la inseguridad personal que busca en la perfección esa excelencia que cree ser su salvación, olvidando que siempre lo mejor ha sido, es y será enemigo de lo bueno. Y además enemigo de la salud mental.

* El síndrome del perfeccionista. El anancástico. Manuel Álvarez Romero y Domingo García- Villamisar. Ed. Almuzara, Cordoba, 2007. 320 páginas.

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