Simpatía y talento social

* La timidez

* Explicaderas y entenderas

* Miedo a la intromisión

* Necesidad de ser aceptado

* Tacto para la convivencia

* Estímulo y simpatía. Saber escuchar

* Espontaneidad, ¿hasta dónde?

* Aprender a corregir

* El “qué dirán”. Aparentar

* Las formas son importantes

La timidez

«En ocasiones —decía Marcos, con aire un tanto fúnebre— me siento diferente y como aislado de los demás.

»A veces —continuó— siento como necesidad de abandonar el grupo en el que estoy, porque me siento incómodo. Trato de ser sociable, pero se me hace insufrible, no sé por qué. Creo que no sé disfrutar de la vida.

»No sé como lo hago, pero enseguida pierdo las amistades y sufro pensando en ello. Lo pienso una y otra vez, le doy vueltas y más vueltas, trato de vencer mi timidez, pero no me sale, meto la pata, siento una vergüenza terrible y pierdo las oportunidades, me quedo paralizado.

»Pienso que no voy a saber comportarme, noto que me preocupa demasiado lo que piensen de mí. Creo que de tanto pensar en eso, luego me falta naturalidad. Tengo la sensación de que todo el mundo me estará mirando y que se ríen interiormente de mí; y supongo que no debe ser así, pero lo pienso. Intento pasar desapercibido, pero soy tan tímido que precisamente por eso al final acaban fijándose en mí.

»Veo que otros se desenvuelven con gran soltura, caen bien a todo el mundo, dicen cualquier tontería y a todos les hace gracia, y les tengo envidia. Las cosas que se me ocurren a mí no tienen gracia.

»Siento una infinita tristeza ¿Cuál es la causa de que yo sea así? ¿Por dónde empezar? Yo —concluía— no quiero ser así.»

Recuerdo, de hace años, esta conversación con Marcos, un buen estudiante de dieciséis años, alto y bien plantado. Como sucede con casi todos los que son tímidos, en cuanto hablan con confianza demuestran ser personas reflexivas y capaces de definir bastante bien su situación. Y entonces, curiosamente, hablan con gran soltura y sencillez. Y sorprende también descubrir que muchos se consideran tímidos y en absoluto lo parecen externamente.

La timidez puede tener su raíz en un excesivo proteccionismo en la infancia, en algún defecto o limitación —habitualmente con poca trascendencia objetiva— mal asumida, o en una educación que no ha logrado contrarrestar suficientemente el amor propio… y a veces responde directamente a la timidez de los propios padres.

Vencer la timidez no es cosa de un día. Es una batalla difícil en la que no hay que perder la esperanza y en la que también hay que saber perder con deportividad, perdonarse a uno mismo, darse la mano y tirar otra vez hacia delante. Para empezar, hay que renunciar seriamente a encerrarse en los recuerdos o imaginaciones de las horas felices, porque los tímidos casi siempre mezclan sus miedos con la satisfacción casi continua de ese deseo de replegarse al calor de la propia soledad.

Si eres tímido, no te encierres en ese sueño de tu propia imaginación. Aparta esos pensamientos como a un moscón, rechazándolos como se rechaza un pensamiento absurdo. Cumple todas tus obligaciones, busca más si es preciso. Ocupa tu tiempo. No te fabriques un mundo irreal en el que te complaces. No te refugies en la soledad, aunque digas que en ella encuentras grandes satisfacciones; no busques en tus sueños la coartada para no luchar en la realidad, que un hombre soñador rara vez es un hombre luchador.

Si te consideras tímido, has de saber que perteneces a un sector de la humanidad más amplio de lo que parece, y al que también pertenecen personas que probablemente no sospeches.

La timidez puede tener raíces muy diversas: baja autoestima, envidia, torpeza física, orgullo, falta de sociabilidad, o muchas otras. Resulta interesante, a la hora de esforzarse por configurar positivamente el carácter propio o el ajeno, analizar las posibles causas y reflexionar sobre ellas.

Hay personas que se consideran tímidas simplemente porque son —o les parece que son— un poco patosas en lo que hacen o lo que dicen. En estos casos, la timidez y la torpeza se alimentan la una a la otra. La torpeza física suele tener su raíz en algún defecto de coordinación motora: chocan con todo, se les cae todo y se les rompe todo. Otros son desafortunados más bien a la hora de expresarse o de intervenir en una conversación y, como consecuencia, suelen ser remisos a actuar ante los demás y pueden volverse tímidos. A su vez, la timidez les lleva a estar demasiado pendientes de su imagen y a ser menos naturales y, por tanto, más torpes.

La timidez siempre actúa dentro de un lamentable círculo vicioso, que es preciso romper haciendo descubrir a esas personas sus puntos fuertes, y haciendo que los demás los valoren. Por eso, por ejemplo, el buen profesor pregunta en clase al alumno tímido cuando supone que está en condiciones de responder correctamente, y hace así que tome seguridad y vaya actuando, poco a poco, en presencia de otras personas. Y el padre sensato sabe dar confianza a su hijo de modo que poco a poco vaya mejorando su nivel de autoestima, que siempre facilita al tímido consolidar su voluntad indecisa.

También hay que enseñar a no tener envidia de ése o de ésa que son tan extrovertidos, tan graciosos, tan ocurrentes…; con tanto afán de protagonismo quizá. Muchos de ellos son muy agradables, es verdad, pero quizá sólo para estar un rato, y no hay quien conviva con ellos tres días seguidos. Otros serán excelentes, de acuerdo, y habrá que aprender y sentirse estimulado por ellos, pero… ¿para qué la envidia? Recházala.

A veces será por orgullo, que lleva a una soledad que deshumaniza a quien la practica y que hace perder la objetividad. Hay quienes huyen a la soledad para olvidar, y sólo logran acrecentar sus recuerdos, revolver en sus vagabundeos mentales una y otra vez, o rumiar obsesivamente los fracasos y las heridas de la vida.

Cuando te propongas superar tu timidez en algo, no te consientas a ti mismo volverte atrás. No seas como el bañista vacilante, que mete el pie en el agua varias veces, comprueba que tampoco está tan fría, que no pasaría nada, que es cuestión solo de lanzarse…; pero no se atreve y vuelve a casa cabizbajo, avergonzado de sí mismo. Deja de pensar en si sabes hablar; y habla. O en si sabes de verdad ser amigo o amiga de alguien; y esfuérzate por serlo. O en si sabes educar, o comportarte en tal situación, o hacer tal otra cosa; y ponte a hacerlo como mejor sepas, sin tanto miedo al ridículo o al fracaso. Y si fracasas, no te atormentes y vuelve a intentarlo. Pero no llames intentarlo a algo que no es más que un vago deseo de que eso suceda pero sin proponértelo seriamente.

Explicaderas y entenderas

Todos hemos observado cómo algunas personas poseen unas cualidades que les hacen conectar más fácilmente con los demás. No me refiero a los grandes líderes, o a esas personalidades geniales que poseen un carácter tan singular que poco podemos aprender de ellos las personas corrientes. Me refiero más bien a esas personas que viven a nuestro alrededor y tienen una buena capacidad de congeniar con los demás, saben captar sus sentimientos y logran mantener una buena relación habitual con casi todo el mundo.

La capacidad que las personas tienen de entenderse guarda una profunda relación con la educación afectiva, pues las personas no expresamos verbalmente la mayoría de nuestras ideas o sentimientos, sino que emitimos continuos mensajes emocionales no verbales, mediante gestos, expresiones de la cara o de las manos, el tono de voz, la postura corporal, o incluso los silencios, tantas veces tan elocuentes. Cada persona es un continuo emisor de mensajes afectivos del más diverso género (de aprecio, desagrado, cordialidad, hostilidad, etc.) y, al tiempo, es también un continuo receptor de los mensajes que irradian los demás.

Por esa razón, muchos de los problemas de comunicación entre las personas suelen tener su origen en una deficiente percepción de los mensajes emocionales que se reciben (podríamos hablar de problemas de entendederas) o en una deficiente emisión de los que se quieren expresar (problemas de explicaderas).

Es verdad que tanto los problemas de entendederas como de explicaderas pueden ser nuestros o de los demás (de hecho, lo más habitual en la práctica es que ambos problemas vayan unidos), pero normalmente podemos actuar mucho más sobre lo que está más a nuestro alcance, que son nuestros propios defectos.

Por ejemplo, como sugería Antonio Machado, cuando no acertamos a enseñar algo es porque quizá nosotros no lo sabemos bien todavía, y es probable que tengamos que aprender a comprenderlo y expresarlo mejor.

Y si observamos que otras personas suelen ver determinado asunto de modo distinto a como nosotros lo vemos, sería poco inteligente desdeñar por sistema la posibilidad de que los demás tengan razón, o al menos una parte de ella. Si tendemos de inmediato a considerar con rotundidad que están equivocados, y además lo manifestamos de tal manera que esas personas perciben que hay desagrado en nuestra actitud, entonces lo más probable es que levanten una barrera ante nosotros y nos consideren como personas ante las que no deben mostrar receptividad. Como es natural, no se trata de dudar constantemente de nuestros principios o de nuestro modo personal de ser, puesto que la inseguridad en ese sentido puede llegar a ser un defecto ciertamente peligroso, pero sí es preciso aprender a captar mejor el pensamiento de los demás y expresar mejor el nuestro.

Hay toda una serie de actitudes esenciales para mejorar la comunicación con las personas. Es preciso, en primer lugar, partir de una actitud de deseo de conocer los puntos de vista del otro y enriquecerse con ellos. Eso supone estar abierto a ser influido y a cambiar, lo cual es perfectamente compatible con tener convicciones firmes y serias. Después, es preciso concretar esas actitudes siempre en comportamientos. Por ejemplo, escuchar mucho y con atención; hablar sin despertar defensividad en el otro; procurar partir de puntos de acuerdo común y avanzar progresivamente hacia las áreas de desacuerdo; etc.

Nuestro entendimiento —vuelvo a citar a Antonio Machado— tiene una escala gradual: primero, entender las cosas (o creer que las entendemos); segundo, entenderlas bien; tercero, entenderlas mejor; cuarto, entender que no hay manera de entenderlas mejor sin mejorar nuestras entendederas.

Miedo a la intromisión

«Aquel episodio —pensaba para sí la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro— vuelve a presentarse a menudo en mis pensamientos porque es el único momento en que tuve la posibilidad de hacer que las cosas cambiaran.

»Ella —su hija— había roto a llorar, me había abrazado: en ese momento se había abierto una grieta en su coraza, una hendidura mínima por la que yo hubiera podido entrar. Una vez dentro habría podido actuar como esos clavos que se abren apenas entran en la pared: poco a poco se ensanchan, ganando algo más de espacio. Habría logrado adentrarme un poco en su intimidad y convertido quizá en un punto firme en su vida.

»Para hacerlo, debería haber tenido mano firme. Cuando ella dijo “es mejor que te marches”, debería haberme quedado. Debería haberme negado a irme sin más, debería haber vuelto a llamar a su puerta cada día; insistir hasta transformar esa hendidura en un paso abierto. Faltaba muy poco, lo sentía.

»No lo hice, en cambio: por cobardía, pereza y falso sentido del pudor. A mí nunca me había gustado la invasividad, quería ser diferente, respetar estrictamente la libertad de su existencia. Pero detrás de la máscara de la libertad se esconde frecuentemente la dejadez, el deseo de no implicarse.

»Hay una frontera sutilísima entre una cosa y otra; atravesarla o no atravesarla es asunto de un instante, de una decisión que se asume o se deja de asumir; y de su importancia a veces te das cuenta sólo cuando el instante ya ha pasado. Sólo entonces te arrepientes, sólo entonces comprendes que en aquel momento pedía a gritos la intromisión, y me decía a mí misma: estabas presente, tenías conciencia, de esa conciencia tenía que nacer la obligación de actuar.

»El amor no cuadra con los perezosos, y para existir en plenitud exige gestos fuertes y precisos. Yo había disfrazado mi cobardía y mi indolencia con los nobles ropajes de la libertad.»

Esta reflexión de aquella mujer atormentada por sus recuerdos puede servirnos para recordar que el verdadero afecto necesita a veces de energía y de firmeza. Querer de verdad a alguien puede exigirnos estar dispuestos a hacernos una cierta violencia para superar ese miedo a la intromisión que sentimos la mayoría de las personas.

Hay veces en que, efectivamente, la cobardía y la indolencia se disfrazan con los nobles ropajes de la libertad. Y detrás de esa máscara se esconde la dejadez, el deseo de no implicarse. No siempre será asunto fácil distinguir cuándo hay que intervenir y cuándo hay que respetar la intimidad y el aislamiento del otro, es verdad. Como bien decía aquella mujer, hay una frontera sutilísima entre el error por un extremo y por el contrario. Parece como si, en estos temas, el sendero del acierto discurriera oscura y tortuosamente entre otros muchos caminos que conducen al fracaso: unas personas tendrán que esforzarse para no caer en la pusilanimidad y el acobardamiento; otras, por el contrario, habrán de poner su esfuerzo en procurar mantenerse un poco más respetuosas del voluntario aislamiento de los demás.

La protagonista de nuestro ejemplo era una de esas personas que —según ella misma decía— se dejan llevar demasiado por una especie de deseo de no resultar impositivas, de no censurar nada, como si estuvieran repitiéndose constantemente: “somos diferentes y tenemos que respetar nuestra diversidad”. De esas personas que piensan que para ser amadas tienen que eludir cualquier apuro, cualquier conflicto, cualquier arista. Hay muchas veces —otras no— en que todo eso una falta de identidad, un no sentirse seguro de casi nada.

Necesidad de ser aceptado

El miedo a no ser aceptado es uno de los principales factores que retraen a un niño a la hora de aproximarse a un grupo de compañeros de clase que están enfrascados en un juego. Se trata de una inquietud que produce en él un cierto grado de ansiedad, que habitualmente potencia su falta de habilidades sociales y aumenta el riesgo de que actúe con torpeza cuando se acerque al grupo —si finalmente se atreve— e intente incorporarse a él aparentando una total naturalidad.

Es ése un momento crítico, en el que esa falta de soltura y de habilidad social se hace patente con toda su crudeza. Como apunta Daniel Goleman, resulta tan ilustrativo como doloroso ver a un niño dar vueltas en torno a un grupo de compañeros que están jugando y que no le permiten participar. Además, los niños pequeños suelen ser cruelmente sinceros en los juicios que llevan implícitos tales rechazos.

La ansiedad que siente el niño rechazado, o que teme ser rechazado, no es muy distinta de la que experimenta el adolescente que se encuentra aislado en medio de una conversación de un grupo de amigos, y no sabe bien cómo o cuándo intervenir. O la del que está en una fiesta, o en una discoteca, y quizá sufre una profunda soledad, pese a estar rodeado de quienes parecen ser sus amigos íntimos. O la que siente un adulto en una comida o una reunión en la que no logra situarse y entablar una conversación fluida con nadie.

Si observamos cómo actúa un niño que sabe manejarse bien, veremos que quizá el recién llegado comienza observando durante un tiempo qué es lo que ocurre, antes de poner en marcha una estrategia de aproximación. Su éxito depende de su capacidad para comprender el marco de referencia del grupo y saber qué cosas serán aceptadas y cuáles estarían fuera de lugar.

Un error muy habitual es pretender tomar protagonismo demasiado pronto. Eso es lo que sucede a los niños más torpes, que enseguida dan sus opiniones o muestran su desacuerdo, cuando aún no han sido suficientemente aceptados por el grupo, y entonces son rechazados o ignorados.

Los niños más hábiles observan antes al grupo, para comprender bien lo que está ocurriendo, y luego hacen algo para facilitar su aceptación, esperando a confirmar esa aceptación por el grupo antes de tomar la iniciativa de dar sus opiniones o proponer un plan. Antes de expresar sus ideas o sus preferencias, procura que los demás expresen las suyas: así, al tener en cuenta los deseos de los demás, les resulta más fácil no perder la conexión con ellos.

En cambio, el niño que fracasa en sus relaciones sociales —en el aula o en otros ámbitos— sufre de una manera que a muchos adultos les resulta difícil comprender (o recordar). Pero la cuestión clave no es eso, sino el riesgo de que esa frustración reduzca seriamente sus posibilidades futuras en cuanto a las relaciones humanas y condicione negativamente el desarrollo de su estilo sentimental. Por otra parte, tampoco hay que olvidar que todo esto repercute con facilidad también en su rendimiento académico. Por eso, lo que la familia y la escuela puedan hacer para fomentar el talento social de los niños resultará de indudable trascendencia de cara a su futuro.

Tacto para la convivencia

«Era una mujer que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir. A veces bastaba con oír su voz.

»Con frecuencia me pregunto de dónde sacaba ella ese tacto para la convivencia, sus originales criterios sobre las cosas, su delicado gusto, su sensibilidad.

»Sus antepasados eran gente sencilla, inmigrantes del campo, con poca imaginación. ¿De quién aprendió entonces…?».

Estas palabras de Delibes recuerdan, por contraste, aquellas otras personas que quizá tengan una exquisita educación pero que su presencia no resulta agradable, a veces incluso más bien lo contrario.

A lo mejor les sucede porque todo lo que no es suyo les resulta totalmente ajeno. O porque son personas tan encerradas en sí mismas que han acabado por alterar su propio equilibrio y resultar extrañas. O quizá porque, en la práctica, no saben convivir.

Conviene buscar detalles concretos en los que cada uno pueda proponerse mejorar, en cada una de las facetas de las virtudes de la convivencia. Por ejemplo:

# ir averiguando los gustos ajenos y procurar satisfacerlos siempre que se pueda, en vez de tratar de imponer los planes que a uno le apetecen;
# ser complaciente y buscar factores amenizantes de la convivencia (sin ser excesivamente obsequiosos ni asediantes: el personaje untuoso y poco natural, que ríe de sus propias gracias, o de lo que no tiene gracia, resulta bastante desagradable);
# no hablar demasiado (los excesivamente habladores marean), ni insistir sin confianza;
# no darse aires de persona ocupadísima, ni de sabelotodo, ni de gran memorista, ni de don Preciso, que lo puntualiza todo;
# aprenderse los nombres de quienes trabajan con nosotros o de quienes nos cruzamos en la escalera para tratarles luego por su nombre (si anotamos las fechas de los santos o cumpleaños y nos acordamos de felicitarles, mucho mejor);
# decir cosas agradables a la gente siempre que se pueda (por ejemplo, frecuentando los temas de conversación que gustan a los demás y refiriéndose poco a uno mismo);
# no olvidar la importancia de los buenos modales para hacer la vida agradable a los demás: ser deferentes, saludar con cordialidad, ser puntuales, no elevar destempladamente la voz ni decir tacos, ser pulcros, no caminar con estrépito ni tratar zafiamente las cosas (abrir la puerta con el pie o el codo, caer a plomo sobre el asiento…), etc.
# hacer favores sin llevar la cuenta, empleando generosamente el tiempo, aunque el favorecido apenas pueda correspondernos con nada;
# agradecer las cosas, aunque sean insignificantes, y contestar a quien nos ha llamado por teléfono o nos ha escrito;
# animar a los desanimados, tratar con paciencia a los pesados, visitar a los enfermos y a la gente que sufre soledad; etc.

Estímulo y simpatía. Saber escuchar

Momo es la pequeña protagonista de aquel famoso libro de Michael Ende que lleva su nombre. Una niña surgida un buen día en la vida de unas personas sencillas.

Nadie sabe quién es, ni de dónde viene, ni nada. Vive en unas ruinas de un antiguo teatro griego o romano. Pero todo el mundo quiere a la chiquilla. Las gentes se han dado cuenta de que han tenido mucha suerte por haber conocido a Momo. Se les hace la niña algo imprescindible. ¿Cómo han podido antes vivir sin ella? A su lado cualquiera está a gusto.

A la hora de hacer balance de su atractivo, no es fácil decir qué cualidad especial le adorna: no es que sea lista; tampoco pronuncia frases sabias; no es que sepa cantar, o bailar, ni hacer ninguna maravilla extraordinaria… ¿Qué es entonces lo que tiene?

La pequeña Momo sabe escuchar; algo que no es tan frecuente como parece. Momo sabe escuchar con atención y simpatía. Ante ella, la gente tonta tiene ideas inteligentes. Ante ella, el indeciso sabe de inmediato lo que quiere. El tímido se siente de súbito libre y valeroso. El desgraciado y agobiado se vuelve confiado y alegre. El más infeliz descubre que es importante para alguien en este mundo. Y es que Momo sabe escuchar.

Todos tenemos en la cabeza la imagen de chicos o de chicas, quizá de apariencia modesta y de cualidades corrientes, pero perseverantes en la amistad, leales, que contagian a su alrededor alegría y serenidad; y su vida aparece ante los demás como una luz, como una claridad, como un estímulo.

A veces parece que se trata de una cualidad que, simplemente, viene de nacimiento. Pero no es eso sólo: depende sobre todo de la educación que se ha recibido, y del esfuerzo personal que pone cada uno. En todos los hombres hallamos gérmenes de buenas y malas tendencias, y cada cual es responsable de la medida en que permite a unas u otras adueñarse de su persona. Todos sabemos que el alma sólo brilla después de muchos años de esfuerzo por sacarle lustre.

Saber escuchar. Tener paciencia. Sabiendo que, las más de las veces, aguantar algo que a uno no le gusta no es ser hipócrita, sino que constituye una parte de ese hábito de preocuparse por los demás, y de procurar ser agradable, que todo hombre debiera esforzarse por adquirir. Además, cuando uno se esfuerza por serlo, pronto pasa a ser algo que sale casi siempre de modo natural.

Pero escuchar no es sólo cuestión de paciencia. Requiere sobre todo deseo de aprender, deseo de enriquecerse con las aportaciones de los demás. Quien mientras escucha piensa sobre todo en preparar su respuesta, apenas escucha realmente. Sin embargo, quien escucha con atención, con verdadero deseo de comprender, sin dejarse arrastrar por un inmoderado afán de hablar él o de rebatir lo que oye, quien sabe escuchar de verdad, se hace cada vez más valioso y hace que la persona que le habla se sienta también más valorada y querida.

Es triste que tantos hombres y mujeres hagan grandes sacrificios para poder lucir un coche o una ropa un poco mejor, o adelgazar un poco, o presumir de cualquier cosa, y que, sin embargo, apenas se esfuercen por escuchar más, o ser un poco más simpáticos y agradables, que es gratis y de mucho mejor efecto ante los demás.

Espontaneidad, ¿hasta dónde?

“Mamá, es que no lo entiendes. La gente joven dice lo que piensa, sin hipocresías.” Así defendía una joven adolescente la escasa educación y diplomacia de una amiga suya a la que había invitado a pasar unos días con ellos durante las vacaciones.

Sin duda, la espontaneidad es un valor emergente en la sociedad de nuestros días. Ser espontáneo y natural es algo que hoy —afortunadamente— se valora mucho. Hay una gran pasión por todo lo que significa apertura y claridad. Un elogio constante de las conductas que revelan autenticidad. La gente joven tributa un apasionado culto a la sinceridad de vida, quizá como respuesta al rechazo producido por algunos resabios de corte victoriano que ha llegado a detectar en la anterior generación.

Todo eso, no cabe duda, esconde un avance innegablemente positivo. Y en el ámbito de la educación, se trata de una conquista de la sensibilidad contemporánea que ha supuesto aportaciones especialmente valiosas. Moverse en un clima de confianza se considera hoy un principio educativo fundamental, decisivo también para la formación del propio carácter.

Sin embargo, las razones que daba esa chica demuestran la necesidad de un sensato equilibrio en todo lo relacionado con la espontaneidad. Parece evidente que es preciso encontrar un equilibrio entre la hipocresía y lo que podríamos llamar exceso de espontaneidad. Porque parece posible lograr ser cortés sin caer en la hipocresía o la adulación, ser sincero sin recurrir a la tosquedad, y fiel a los propios principios sin necesidad de ofender a los demás.

Decir la verdad que no resulta conveniente revelar, o a quien no se debe, o en momento inadecuado, es —fundamentalmente— una carencia de sensatez. Parece claro que conviene siempre añadir sensatez a la sinceridad, y así nos ahorraremos —como dice H. Cavanna— “la idiotez sincera, que no por sincera deja de ser idiota”.

Echar fuera lo primero que a uno se le pasa por la cabeza sin apenas pensarlo, o dejar escapar los impulsos y sentimientos más primarios indiscriminadamente, no puede considerarse un acto virtuoso de sinceridad. La sinceridad no es un simple desenfreno verbal. Hay que decir lo que se piensa, pero se debe pensar lo que se dice.

El que se encuentra a un amigo que acaba de perder a su padre y le dice que no lo siente lo más mínimo porque su padre era antipático e insoportable, no es sincero, aunque lo sintiera realmente, sino un auténtico salvaje.

Como señala J.B.Torelló, bajo la excusa de esa falsa sinceridad, se esconden a menudo arrogancia, grosería, tendencia malsana a la provocación, inclinaciones exhibicionistas o gusto por zaherir a los demás. Quienes así actúan son figuras tristes de hombres o mujeres sin frenos, que se dejan llevar por sus impulsos más arcaicos y distan mucho de alcanzar un mínimo de madurez en su carácter.

El equilibrio del carácter y la personalidad exige una cuidadosa compensación entre un extremo y otro. Y así como hace treinta años podía ser mayor el peligro del envaramiento y la desconfianza, quizá ahora sea más bien el de la excesiva deshinbición o desenfado. Se comprueba que la exaltación de la espontaneidad y la devaluación de la seriedad producen frutos ambivalentes. Pretenden fortalecer la personalidad, y en gran parte lo logran, pero también traen el riesgo de producir personas con una espontaneidad aleatoria, gracias a la cual son lo que les da la gana, lo que se les ocurre. Pero las ocurrencias siempre son imprevisibles.

Aprender a corregir

Para que la crítica sea positiva, habría que establecer una especie de reglas del juego. Podríamos intentar resumirlas en cuatro:

Primera. Para que alguien tenga derecho a corregir, tiene primero que ser persona que esté capacitada para reconocer lo bueno de los demás, y que sea capaz también de decirlo: que no corrija quien no sepa elogiar de vez en cuando.

Porque si una persona no reconoce nunca lo que su hijo o su mujer o su marido hacen bien —y seguro que harán cosas bien, probablemente más que las que hacen mal—, ¿con qué derecho podrá luego corregirles cuando fallen? El que nada positivo encuentra en los demás, tiene que replantear su vida desde los cimientos: algo en él no va bien, tiene una ceguera que le inhabilita para corregir.

Segunda. Ha de corregirse por cariño. Tiene que ser la crítica del amigo, no la del enemigo. Y para eso, tiene que ser serena y ponderada, sin precipitaciones y sin apasionamiento. Tiene que ser cuidadosa, con el mismo primor con que se cura una herida, sin ironías ni sarcasmos, con esperanza de verdadera mejoría.

Tercera. Tampoco debe darse la corrección sin antes hacer examen sobre la propia culpabilidad en lo que se va a corregir. Cuando algo marcha mal en la familia, casi nunca nadie puede decir que está libre de culpa.

Además, cuando uno se siente corresponsable de un error, corrige de forma distinta. Porque corrige desde dentro, comenzando por el reconocimiento de la propia culpa. Y el corregido lo entenderá mucho mejor, porque empezamos por compartir su error con el nuestro, y no lo verá como una agresión desde fuera sino como una ayuda desde dentro.

Resulta muy eficaz que en la familia haya fluidez en la corrección, que se puedan decir unos a otros las cosas con normalidad. Que los agravios o los enfados no se queden dentro de los corazones, porque ahí se pudren.

Cuarta. Es una regla múltiple, inspirada en las que señala López Caballero. Se refiere a la forma de llevar a cabo la corrección:

# ha de ser cara a cara, pues no hay nada más sucio que la murmuración o la denuncia anónima del que tira la piedra y esconde la mano;
# a la persona interesada y en privado; si no, es contraproducente;
# sin comparar con otras personas: nada de “aprende de tu primo, que saca tan buenas notas”, o “del vecino de arriba que es tan educado…”;
# con mucha prudencia antes de juzgar las intenciones: hay que presuponer buena voluntad;
# no hablar de lo que no se ha comprobado bien, pues de lo contrario, juzgamos con una frivolidad que espanta; corregir sobre rumores, suposiciones o sospechas, supone hacer méritos para ser injusto: recuerda aquello de que el bien debe ser supuesto, el mal debe ser probado, y eso otro de oír la otra campana, y saber quién es el campanero…;
# específica y concreta, no generalizadora; sabiendo centrarse en el tema, sin exageraciones, sin superlativos, sin abusar de palabras como siempre, nunca…;
# hay que hablar de una o dos cosas cada vez, porque si acumulamos una larga lista, parecerá una enmienda a la totalidad más que un deseo de ayudar;
# sin reiterarlas demasiado: hay que dar tiempo para mejorar…, y además, la excesiva machaconería se vuelve también contraproducente;
# hay que saber elegir el momento para corregir o aconsejar, que ha de ser cuanto antes, pero esperando a estar —los dos— tranquilos para hablar y tranquilos para escuchar: si uno está aún nervioso o afectado por un enfado, quizá sea mejor esperar un poco más, porque de lo contrario probablemente se estropeen más las cosas en vez de arreglarse;
# y poniéndose antes en su lugar, haciéndose cargo de sus circunstancias, procurando —como dice el refrán— calzar un mes sus zapatos antes de juzgar.

Actuando así, se corrige de modo distinto. Incluso veremos que muchas veces es mejor callarnos: hay quien dijo que si pudiéramos leer la historia secreta de nuestros enemigos, hallaríamos en sus vidas penas y sufrimientos suficientes como para desarmar toda nuestra hostilidad.

El “qué dirán”. Aparentar

Es muy conocida la historia de aquel labrador que, despatarrado y orondo en su burro, volvía del campo con el hijo, que caminaba detrás.

El primer vecino con quien se toparon afeó la conducta del labriego: —¿Qué? ¿Satisfecho? ¡Y al hijo que lo parta un rayo!

Apeose el viejo y montó al hijo. Unos cien pasos darían cuando una mujer se encaró con ellos: —¡Cómo! ¿A pie el padre? ¡Vergüenza le debía dar al mozo!

Bajó éste abochornado, y amigablemente conversaban tras el jumento, cuando un guasón les tiró una indirecta: —¡Ojo, compadre, no tan deprisa que se les aspea el asno!

No sabiendo ya a qué carta quedarse, montaron ambos. Andaba cansino el burro el último trecho, y alguien les voceó de nuevo: —¡Se necesita ser bestias!; ¿no veis que el pobre animal va arrastrando el alma por el suelo?

La enseñanza del relato es evidente. No se puede andar por la vida constantemente al vaivén de lo que los demás piensen o digan de nosotros. Acabarían por volvernos locos, como casi sucede a este pobre labriego que tardó demasiado en comprender que era imposible complacer a todos aquellos con quien se cruzaba.

El qué dirán constituye una agobiante preocupación que se abate sobre muchas personas. Puede llegar a ser como una especie de terror a hacer el ridículo, de obsesión por ser como todos que conduce a una excesiva preocupación por la propia imagen que puede llegar a ser realmente perjudicial.

No se trata de ser un tipo raro, distinto a todos, por supuesto. También aquí hay que buscar un equilibrio sensato, para seguir razonablemente las modas pero no ser esclavo de ellas. No se debe sacrificar la libertad de pensamiento a cambio de lograr ser siempre igual a los demás y no llamar la atención.

Porque hay gente que presume de libertad y de autenticidad, que quizá repite que a ellos nadie les influye, y luego resulta que obedecen sumisamente a costumbres y eslóganes que la moda establece como intocables. Son embaucados por la fascinación de frases o ideas en boga, pero apenas profundizan en ellas.

A este fenómeno se refería Thibon cuando decía que, para ésos, la verdad es lo que se dice; la belleza, lo que se lleva; y el bien, lo que se hace.

A esas personas no les angustia el tener o no razón. Les aterrorizaría, sin embargo, pensar cosas que estuvieron ayer de moda pero que hoy no lo están. Les falta estilo. Lo único que saben es elegir, de entre las diversas opiniones que circulan, la que les parece que mejor queda, y consumen su vida sin haber engendrado un pensamiento que puedan decir que es suyo.

Hay otros que hacen auténticos malabarismos para tomar siempre una postura intermedia, y sobre todo para que nadie les tache de anticuados. Es un extraño complejo de inferioridad que lleva a algunos a estar dispuestos a decapitar todas sus normas morales antes que permitir ser acusados de conservadores, en nombre de no se sabe qué progresía. Para ellos no cuenta el sustrato de su pensamiento, cuenta sólo lo último que han oído o leído.

O esos otros, que pasan por tremendos sacrificios para tener más poder a los ojos de los demás, o para ganar más dinero y así hacer una mayor ostentación de lujo o de originalidad.

En ambos casos llevan una vida de cara a la galería que les impide construir su verdadera vida. Y con esas personas tan preocupadas por aparentar, las relaciones familiares o de amistad son siempre difíciles, porque la falta de naturalidad acaba siendo mutua: ellos aparentan ser distintos a como en realidad son, y los demás les pagan con la misma moneda.

Hay que comprender, y hay que saber adaptarse a la realidad que nos rodea, en efecto, pero sabiendo que habrá algunas cosas en las que no se debe ceder. Lo digo porque a veces, incluso, la coherencia supone hacer sufrir un poco a los que tenemos alrededor. Es fácil que cualquier decisión de uno tome desagrade inevitablemente a alguien, pero eso no siempre significa que la acción sea mala o inoportuna. Chejov decía que quien coloca por encima de todo la tranquilidad de sus allegados debe renunciar por completo a una vida guiada por el pensamiento…

Hablando del qué dirán resulta tradicional poner el ejemplo de la torre y la veleta. De esas torres medievales que desafían al paso de los siglos. A sus pies todo cambia, se mueve, se vende, se compra, pero ellas siguen ahí.

La solidez de la torre viene a ser el símbolo del carácter firme, de la persona que sabe cumplir su deber. La veleta, en cambio, está en la cúspide, resulta muy vistosa, se mueve a un lado y otro sin dirección fija. Tiene su utilidad, sí: saber hacia dónde va el viento dominante. Igual que las personas sin carácter: sirven para saber cuál es la moda del ambiente en que se mueven, pero para poco más.

Las personas cuyo carácter es como las veletas son menores de edad en cuanto a las razones. Quizá en su interior escuchan muchas voces, pero casi siempre sale ganando alguna de estas:

# “es allí adonde va todo el mundo”;
# “eso es lo que todos hacen”;
# “nadie piensa así, ¿por qué voy a ser precisamente yo la excepción?”.

Algunos arguyen que el qué dirán supone una esclavitud de la opinión ajena, pero también los propios principios y la conciencia suponen una atadura. Es un modo de verlo un poco negativo, pero sin duda hay que elegir entre ambas guías —o ataduras, como dicen— del obrar y del pensar. Pero una es mucho más noble que la otra. Decir de alguien que es dueño de su voluntad y respetuoso con su conciencia es uno de los mejores elogios que pueden hacerse de una persona.

No temas a nadie, teme tan sólo a tu conciencia, decía Toth. Quien para hacer cualquier cosa tiene que mirar de reojo qué están haciendo los demás, qué dicen, qué piensan, o qué opinan de nosotros, se puede decir que es una persona que no pide consejo a su entendimiento sino que está servilmente dominada por el público ante quien actúa.

Muchos adolescentes, por ejemplo, reconocen que empiezan a beber más de la cuenta, o a tomar pastillas que no son precisamente para la tos, o a fumar algo más que tabaco, sin necesidad de sentir especial satisfacción con eso. La razón más fuerte suele ser una de las antes apuntadas: “¿qué quieres que haga?, es lo que hace todo el mundo…” (todo el mundo…, en el mundo en que él se mueve).

No es que haya que hacer precisamente lo contrario que todo el mundo, para así tener carácter, por supuesto, porque eso sería casi peor, sería como lo del mulo de la anécdota. Se trata más bien de tener una personalidad propia y atreverse a manifestarla así —si es oportuno— aun en medio de un ambiente o ante unas personas que piensan de modo distinto.

Es verdad que pesa mucho el ambiente, pero en estas lides se templa el carácter y se demuestra la personalidad. Además, es miedo a un ridículo del que probablemente apenas hay riesgo, porque manifestarse con naturalidad ha sido siempre el gran secreto de la amistad y de la buena imagen. Lo que más suele agradecerse de un amigo o una amiga son precisamente esas virtudes que rodean a la verdad: sinceridad, lealtad, naturalidad, sencillez, autenticidad.

Las formas son importantes

Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño. “¡Qué desgracia, mi Señor! –dijo el sabio–, cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad”. “¡Qué insolencia! –gritó el Sultán enfurecido– ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!”. Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos.

A continuación mandó que le trajesen a otro sabio y volvió a contarle lo que había soñado. Este, después de escuchar con atención al Sultán, le dijo: “Mi Señor, gran felicidad os ha sido reservada, pues el sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes”. Se iluminó el semblante del Sultán y ordenó que le dieran cien monedas de oro.

Cuando este segundo sabio salía del palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado: “¡Es curioso! La interpretación que habéis hecho de los sueños del Sultán es la misma que el primer sabio, pero a él le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro”. “Recuerda, amigo mío –respondió el segundo sabio–, que casi todo depende de la forma en el decir”.

Esta vieja historia muestra cómo uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la amistad o la enemistad, la armonía o el conflicto. Es cierto que debe decirse la verdad, pero la falta de acierto en la forma de expresarla, o la falta de oportunidad en el momento y circunstancias de decirla, provoca muchas veces grandes problemas.

Es cierto que hay verdades que son duras de decir, o duras de escuchar, y que quizá aún así hay que decirlas, pero todos hemos de aprender a hablar de manera que nuestras palabras no despierten la defensividad del interlocutor, es decir, que quien las escucha no las perciba como hostilidad o como provocación. Hay muchas formas de decir lo mismo, y normalmente no hay necesidad de hacer antipática la verdad. La verdad es como una joya, que puede lanzarse contra el rostro de alguien, para herirle, o bien ser presentada y ofrecida de modo afable, con la consideración que merece.

La mayoría de los que presumen de andar por la vida cantando las verdades a todo el mundo, lo que quizá no dicen o no saben es que lo que les mueve a hacerlo no es su amor a la verdad sino su afán de impresionar a los demás, cosa que parece que les encanta. Quizá creen que quedan muy bien, que quedan por encima, cuando la realidad es que suelen hacer el ridículo, y sobre todo, no convencen a nadie. La razón expresada con malos modos no persuade, sino que enfurece y encona. Todos necesitamos de indulgencia, y –como decía Menéndez y Pelayo– el que no la otorga a los demás, difícilmente la encontrará luego para sí mismo.

Sería interesante examinar con qué cuidado tratamos a cada uno, si tenemos la suficiente consideración con todos, si hablamos a todos y de todos con respeto y aprecio, si actuamos con justicia y lealtad. Y quizá con más razón en su ausencia: de manera que si el interesado estuviera presente, quedara agradecido por el modo en que se habla de él.

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