Simone Weil La gripe del gnosticismo

Al leer los comentarios de Charles Moeller, en Literatura del siglo XX y cristianismo, sobre Simone Weil, uno siente instintivamente la necesidad de defenderla. Pueden parecer demasiado duros. En realidad, no esperamos encontrarla en el mismo baúl que Gide o Huxley, pues su voz, su palabra estuvo siempre precedida de un testimonio personal. ¡Cómo no conmovernos con tantos detalles que manifiestan el coraje de una vida vivida con tal radicalidad!

Su obra Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social es hija de su experiencia como trabajadora manual en la fábrica de Renault. «Allí recibí para siempre la marca de la esclavitud, como la marca a hierro candente que los romanos ponían en la frente de sus esclavos más despreciados. Después me he considerado siempre como una esclava».
Pero Moeller tiene razón al indignarse contra los ingenuos intentos de bautizar un pensamiento que, en ocasiones, tiene poco de católico. Lo cual no impide que muchas de las páginas de Simone Weil estén cargadas de intuiciones profundamente cristianas. Por otra parte, pocos con mejores condiciones que el autor de Sabiduría griega y paradoja cristiana para valorar su obra y su esfuerzo por realizar una síntesis entre los pensadores griegos y el Evangelio.
Nos encontramos aquí con una de las aportaciones más interesantes del pensamiento de Weil. El encuentro del cristianismo con la cultura griega constituyó uno de esos momentos cruciales en la historia de la fe cristiana. El problema de Weil es que no percibió la diferencia entre los mitos paganos y los sacramentos cristianos. No captó la originalidad del hecho cristiano, un acontecimiento ocurrido en un momento del tiempo, e irreversible.
En Helenismo, judaísmo y cristianismo, Daniélou abordó con lucidez el problema: «Siendo la religión, como la lengua, un aspecto de la cultura de un pueblo, cambiar de una religión a otra es un peligro, una traición y un absurdo. La conversión al cristianismo, por el contrario, no es un cambio de religión. Es el paso de la religión a la revelación, es decir de la pregunta a la respuesta. El cristianismo no es la religión de una cultura, es una revelación dirigida a los hombres de todas las religiones y de todas las culturas. Convertirse al cristianismo no es, por tanto, traicionar su religión particular, sino cumplirla; a condición de recibir la buena nueva y de expresarla siguiendo las estructuras de su propia tradición religiosa».
En este sentido, el pensamiento de Weil resulta tremendamente actual, cuando no pocas voces autorizadas se han levantado para denunciar la existencia de sibilinas gnosis en la urdimbre cultural y en ciertas tendencias teológicas de nuestros días: Von Balthasar o las páginas del libro de De Lubac, La posteridad espiritual de Joaquín de Fiore, que está pidiendo a gritos una addenda para incluir a los nuevos joaquinitas de este fin de siglo.
Si bien la obra de Weil no se puede limitar a su conexión con el gnosticismo, es difícil negar los matices gnósticos de su pensamiento. Ella misma manifestó en ocasiones su admiración por el gnosticismo cátaro, y en algunas de sus páginas se encuentran expresiones deliberadamente dualistas: «Creo que sólo quienes se encuentran por encima de un cierto nivel de espiritualidad pueden participar en los sacramentos en cuanto tales» (A la espera de Dios). Por otra parte, el destierro de Dios creador (La gravedad y la gracia), su admiración por el pensamiento religioso griego, de forma singular por la tradición pitagórica y órfica transmitida por Platón, y su paralelo desprecio del judaísmo, y consecuentemente del cristianismo, cuando se presenta como cumplimiento del Antiguo Testamento, son otras tantas coincidencias con las herejías gnósticas del siglo II.

Judíos de Viena, forzados a limpiar las calles
con cepillos, frente a la muchedumbreQuizá el retorno de la gnosis explique en parte el éxito reciente de sus obras en nuestro país. El gnosticismo ha fascinado y sigue cautivando a los cristianos desde los primeros siglos. Es una gripe que hace su aparición en los momentos de mayor esterilidad, como los que vivimos.
Todos saludamos positivamente ese interés creciente por la religiosidad. En toda esa reacción hay algo de positivo: la crítica a una razón que se extralimitó y pretendió erigirse en juez absoluto de la realidad. La realidad, al cabo, ha demostrado ser más rica. Pero este movimiento reflejo contra la racionalidad moderna tiene también sus peligros. Una religión surgida del escepticismo de la razón termina siempre por convertirse en el abrevadero de todos los irracionalismos: así, la magia, el interés por las ciencias ocultas o el aumento de las sectas… El creciente interés por el mundo de los ángeles -más de un millar de libros editados en Estados Unidos sobre este tema- o el sorprendente éxito en nuestro país del libro de Eugenio Trías, La edad del espíritu, son un simple ejemplo del nuevo universo para-religioso.
Es de justicia reconocer el mérito que tuvo Simone Weil al denunciar el peligro de una sociedad tecnológica que amenazaba ahogar el sentido elemental de lo sagrado y al señalar el valor de la cultura griega, capaz de captar la dimensión simbólica y sacral del cosmos. El problema surge a la hora de discernir las diferencias entre lo sagrado y lo sagrado cristiano. La clave vendrá determinada por la correcta comprensión de la noción de sacramento: «En este caso singular y único, los símbolos realizados en una acción sensible y con palabras audibles, no sólo significan algo, sino que al a ejecutarlos se convierte en realidad lo que significan: purificación, perdón de la culpa, alimentación con el verdadero cuerpo del Señor… y ello no por el poder del autor humano, ni tampoco en virtud del poder de los símbolos objetivos, sino en virtud del poder de Dios que es el único que actúa de verdad en la acción sacramental» (Pieper).
No resulta casual que tanto el intento de convertir la religión cristiana en una forma cultural más, como el proceso de asimilación indiscriminada de símbolo y sacramento, terminen por desfigurar la esencia del cristianismo. En uno y otro caso, la novedad del mensaje cristiano viene determinada por un hecho decisivo, el acontecimiento histórico, único e irrepetible, de la encarnación del Hijo de Dios.
Tampoco es fruto del azar que, entre los subproductos del gnosticismo, ocupe un lugar privilegiado el rechazo a la institución de la Iglesia, a toda mediación: un espiritualismo sin raíces, sin pasado, sin vínculos temporales, replegado sobre sí mismo. ¡Cuánto de gnosticismo hay en todas esas voces que claman por un cristianismo libre de toda institución y de toda norma fija! Pero, si no hay mediación posible, ¿dónde queda la encarnación de Cristo? Cristo se hace presente en la Iglesia. La Iglesia misma es sacramento, es el cuerpo de Cristo. El dualismo gnóstico entre materia y espíritu sigue vivo en nuestra cultura.

Los campos de concentración que tanto
hicieron sufrir a Simone WeilSimone Weil tenía unos ojos negros, profundos, atentos. Sus palabras, sus escritos tienen la inocencia y la aterradora verdad de los niños. ¡Cuántas veces hemos sido espectadores de una escena en la que un niño, ajeno a los convencionalismos sociales, dice una verdad que nos golpea de frente y nos deja sin habla. O, mejor que un niño, un bufón o un loco; ese bufón que acompaña al Rey Lear, tan querido de Weil, que nos abofetea con sus frases en medio de la aparente lucidez de los demás. Simone Weil nunca quiso crecer, eligió ser un bufón en el teatro del mundo. Su problema fue no captar la radicalidad del mensaje cristiano, no darse cuenta de que nuestro papel en el drama de la historia sufrió un vuelco definitivo desde el instante en que el Logos irrumpió en el escenario.
Si somos casi siempre peores que nuestras teorías, no le ocurriría lo mismo a Simone Weil. «Ella valía, -dice Moeller- por su vida, más que el pobre sistema que se esforzaba en construir. Si es cierto que no son los que dicen “Señor, Señor” los que entrarán en el Reino de Dios, sino los que hacen la voluntad del Padre que está en los cielos, podemos creer que Simone Weil, que obró de acuerdo con su conciencia y murió a los 34 años, en plena juventud, por haber sacrificado su vida en provecho de la de sus hermanos los hombres, está en la paz de Cristo».
Javier Martín Cavanna

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