SEPARACIONES Y DIVORCIOS

Juan Luis Lorda
Hablar forma parte de la vida. Si no, ¿cómo convives? Unos y otras encuentran tema en el deporte. Otras y unos, en cambio, prefieren el corazón o los ecos de sociedad.
Con mayor peligro, claro, de que te pase lo que le decía una dama a otra, en la magnífica novela de Tolstoi, Ana Karenina:
«Procure no morderse la lengua porque se puede envenenar». Porque en este terreno muchas veces no se respeta el viejo precepto que es «la regla de oro de la moral» y la expresión más elemental de la justicia: «No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti». En estos días, la separación de una persona de la vida política ha soltado las lenguas de unos y otras. La cuestión no es sólo la del veneno. Es que también se oye mucha confusión.

Que en España el matrimonio ya no es lo que era, lo sabe todo el mundo. Ni es lo que era, ni es lo que es. A base de descosidos legales, hechos sin consulta pública en un tema grave que nos afecta a todos, el matrimonio español ya no tiene ni marido ni mujer, ni padre ni madre, ni compromiso de por vida, ni relación entre los dos sexos. Además, ya no hace falta ningún motivo para divorciarse, sino que se puede hacer a iniciativa de parte. Con lo que un matrimonio español se disuelve más fácilmente que una venta por correo. Con o sin hijos.

Esto y que la gente se casa y se descasa a toda velocidad, lo confunde todo. Los famosos, con reportaje y pose de fotos, debidamente contratado, te explican sus líos. Aunque ya empieza a haber, no una sino muchas estrellas arrugadas de Hollywood que confiesan que, después de 8 maridos, no han encontrado la felicidad. Es que la felicidad, como cualquier cristiano sabe, tiene más que ver con darse que con recibir. Dicho sea de paso, ellos no suelen contártelo de la misma manera, porque si han tenido 8 mujeres, todo el mundo sabe que lo que buscaban no era la felicidad. No somos iguales unas y otros.

El matrimonio español ha cambiado tanto que ya no se parece nada al punto de partida Pero el matrimonio cristiano sigue en el mismo punto de partida: uno con una y para siempre.

Y no va a cambiar a pesar de todas las presiones ambientales, porque lo dijo el señor: «Serán una sola carne, y lo que Dios ha unido no lo separe el hombre». Es bonito, porque responde a lo que reclama espontáneamente el amor. Pero es difícil, porque el amor es difícil. Y las cosas no salen siempre de acuerdo con el ideal.

¿Y entonces? En la Iglesia no existe el divorcio, porque el compromiso es para toda la vida. Existe la anulación que es una cosa muy distinta, y se da cuando se demuestra que no hubo matrimonio. O sea que se casaron mal, o porque no eran capaces o porque no estaban dispuestos a asumir lo que es el matrimonio.

Y existe la separación, cuando hay causa justa. El Código de Derecho Canónico le dedica un capítulo. Separarse es, sencillamente, dejar de convivir, sin que se rompa ni el compromiso de fidelidad ni el matrimonio. Y esto lo puede hacer un cristiano. Todos conocemos a personas a las que la vida ha puesto en esta situación.

Y que la procuran vivir cristianamente, manteniéndose fieles al compromiso contraído, y al ideal cristiano de matrimonio, que no se puede disolver. Son también un elocuente testimonio cristiano en medio de una sociedad atacada de frivolidad. ¿La felicidad? La felicidad está en la entrega, en lo que la vida le pide a cada uno. Es cuestión de responder honradamente a esa voz de la vida, que es la voz de la conciencia y, al final, la voz de Dios. Pero entonces ¿la felicidad tiene más que ver con la conciencia que con el sexo?

Pues sí, mira por dónde. Lo sabe cualquiera que haya vivido un poco. Pero se olvida cuando se habla demasiado, porque se va la fuerza, la fuerza que tiene la vida, por la boca.

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