Paolo, un «san Agustín» de nuestro tiempo

Esta es la humanísima y conmovedora historia -ciertamente singular, pero tal vez no tanto como se puede pensar- de un ser humano equivocado y hundido hasta la extenuación, hasta la propia aniquilación de sí mismo, pero que, en un determinado momento de su vida, con la gracia de Dios acierta a levantar su cabeza y su corazón y encuentra en Él lo que iba buscando sin saberlo. Bien pudiera ser un san Agustín de fines del siglo XX.
– Paolo Caccone. Italiano, de Módena. Nace en tiempos durísimos, de extrema dificultad, tres años después de la II Guerra mundial, en una familia obrera. Dotado de gran inteligencia natural, desde muy pequeño lee todo cuanto cae en sus manos. Busca. Crece en un ambiente no creyente. En 1967 se inscribe en la Facultad de Biología de su ciudad natal. Es un auténtico «ratón de biblioteca». Sigue buscando. Se va de casa. Vive en una comuna y empieza a drogarse.
– Se aturde a caballo entre la angustia y el placer, la política y el marxismo. La Universidad, que había mitificado, le decepciona. No encuentra allí, entre vanidad, envidias y orgullos, lo que anda buscando. «No podía entender que hombres a los que yo consideraba eminentes en su dimensión y proyección docente y social fueran tan mezquinos e interesados en su vida personal e íntima…» Deja la Universidad, hastiado, cuando sólo le faltan algunas asignaturas para acabar la carrera. En algunos textos budistas cree descubrir un horizonte, un mas allá, un cierto respiro y sentido, una brizna de sabiduría y, como él escribe, «una cierta embriaguez que experimentar».
El vértigo…
Se va a la India y Pakistán y cae en el vértigo de la droga. Se droga con todo lo que cae en sus manos y habla de «experiencias falsamente exaltantes y aniquiladoras al límite». Rock, budismo, sexo, heroína le esclavizan. Acaba vendiendo droga en Roma. Es detenido en 1975 y pasa dos años en la cárcel devorando más libros (literatura, filosofía, religiones orientales, alquimia, magia): sigue buscando apasionadamente. Apenas le dan libertad vigilada, huye a París y luego a Londres, donde, para vivir, mendiga con sus amigos. En 1982 recae en el pozo sin fondo de la heroína. Su vida se reduce a un vacío alucinante, a una escuálida supervivencia.
– Un cólico terrible le hace ir a urgencias de un hospital y le descubren el sida. El terror a la muerte se apodera de él y, por fin, pasa una noche llorando desesperado, gritando a nadie el SOS de su impotencia. Relata: «Pedí a Dios que, si existía, viniera en mi ayuda; pero ¿qué Dios puede recoger este fardo de miserable podredumbre que soy yo? ¿A quién puedo rezar?» Ya está preparado y pasado por el crisol definitivo. En su proceso de desintoxicación encuentra a un monje que le habla de su comunidad y de su monasterio. «Decidí irme allí. No había tenido contacto con lo religioso desde mi primera Comunión, a los seis años. Contra mi yo, por primera vez en mi vida me encontré con la idea de pecado y decidí confesarme. Una tarde tuve una experiencia arrolladora y total: algo se impuso en mi mente y en mi corazón: «Jesús es Dios. Es a quien tú buscas…» Fue tal mi certeza de haber descubierto la Plenitud que, por vez primera en mi vida, agradecí haber nacido y poder participar de tal Vida para siempre; me pasé la noche llorando, desahogándome de felicidad, como en un mar de perdón y de paz interior».
…Y el éxtasis
– En 1989, Paolo entró en aquella comunidad monástica, la «Pequeña Familia de la Anunciación», fundada por don Dossetti. «Nadie me preguntó nada. Todos me quieren y sacian el hambre de mi alma. He encontrado la Eucaristía, la Escritura, todo lo que anduve buscando espasmódica y erróneamente, algo definido, concreto, determinante, definitivo. Mi alegría íntima, que nadie me puede quitar, es la cercanía de Jesucristo». Paolo vive en santa y serena paz la Revelación y la caridad cristiana y para él «ser monje es buscar y vivir a un Dios que se deja encontrar en la Iglesia, en el amor a los hermanos». Descubre el misterio de la comunidad eclesial abierta a la solidaridad real con los hombres y mujeres que sufren: «Antes sólo veía lo de fuera de la Iglesia, no veía a los santos ni a los pequeños, que son el corazón de la Iglesia».
– Paolo muere, de sida, el 21 de octubre de 1992. Momentos antes, la comunidad había celebrado el rito de su definitiva profesión monástica in articulo mortis. Don Giuseppe Dossetti en la misa de exequias dijo de él: «Ha vivido en nuestra Familia como un monje perfecto. Nos ha dado un ejemplo escalofriante de búsqueda, de encuentro y de vivencia plena de la verdad cristiana y nos ha conmmovido a todos. Ha sido testigo perfecto del esplendor de Quien es Camino, Verdad y Vida».
Emmanuela Ghini
Avvenire-Alfa

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