Padres o esposos

Hace unos años se presumía de ser más padre o madre que cónyuge. Hoy, en cambio, se dice que lo primero es el marido o la mujer, y después, los hijos.

La pregunta es pues obligada: ¿qué es mejor, ser padre / madre o ser esposo / esposa?

La respuesta es un poco inconcreta: depende.

En primer lugar, hay que distinguir entre: «ser» y «hacer».

En el plano del hacer, a veces se actúa más como cónyuge y a veces como padre. Depende de las necesidades de los demás. Si un hijo está enfermo, es probable que se suprima aquel soñado viaje programado para los padres, si la esposa tiene un accidente, su marido se instalará junto a la cabecera de la cama, y no se ocupará de los hijos… «Elemental, querido Watson.»

El problema está en el ser, es decir, en las razones profundas que justifican y fundamentan la preferencia de un papel sobre otro.

A veces se piensa y se afirma ser esposo o esposa antes que padre o madre, cuando los hijos dan disgustos serios. Es como un mecanismo de defensa. Otras veces es al revés: un cónyuge desleal induce al otro a refugiarse en el amor de los hijos, de manera que hay una relación entre lo que se piensa y lo que se vive.

Más allá de la propia experiencia están los criterios. Y éstos se derivan de lo que «debe ser» el proceso de transformación que se espera de las personas conforme éstas avanzan en madurez.

La madurez humana está aliada a la entrega de sí a la propia donación. Donación que, por su propia entidad, no tiene límites («no se puede poner puertas al campo») y está llamada a ser hasta universal.

Los sacerdotes, por ejemplo, renuncian a tener hijos de la carne para tener miles de hijos de su espíritu.

En la familia, parece que ser padre añade un grado más de donación a la condición de cónyuge.

Los cónyuges son dos seres adultos que en un momento dado se eligieron el uno al otro y decidieron voluntariamente caminar juntos hasta el fin de sus días, en un proyecto común de vida. Luego hay una exigencia de acuerdo previo y de reciprocidad entre iguales que, de algún modo, pueden expresarse como derechos a reclamar si alguna vez son conculcados.

Pero… ¿los padres?

Ni han elegido a sus hijos -aunque sí hayan decidido traerlos al mundo- ni sus hijos los han elegido a ellos. Hay en la aceptación de unos y de otros, una mayor gratuidad. Y lo que se da gratis tiene un significado de mayor generosidad. Luego es de más calidad.

Es por eso que, en los casos normales, la maduración personal que se va operando en los cónyuges se traduce en una progresiva asunción de la condición de padres.

Padres en relación con sus hijos: Obsérvese cómo los temas de conversación de muchas mamás jóvenes son sus hijos bebés, las papillas, las pequeñas enfermedades, la recetas para atenderles así o asá. A veces cansan por su monotema. ¿Y cuando los hijos son grandes? No digamos…: hijos crecidos, trabajos doblados. Cuando son grandes -de la adolescencia para arriba- quienes hablan de ellos y viven pendientes de su conducta son, no sólo las madres, sino también los padres. A veces molestan a los propios hijos: «No cotilleéis tanto sobre nosotros», llegan a decir.

A veces los esposos se tratan entre sí como si fueran padres e hijos. ¿Habéis observado cómo se miran y cómo se cuidan las parejas de esposos ancianos, cuando los hijos se han ido y se quedan solos? Se hacen recomendaciones, regaños y arrumacos como si el otro fuera su hijo o su hija. Entre otras cosas, aquí está parte de la alegría de envejecer, en que a uno/una le pueden mimar…

Sin tener que llegar a la senectud, también se puede ser un poco padre o madre del cónyuge cuando, por las razones que sea, uno necesita del otro o depende de él, como dependen los hijos. Si hay verdadero amor, esa dependencia no pesa ni se traduce en dominio, sino en mejor servicio.

Es bonito observar cómo, en boca del cónyuge, muchas veces: – A la esposa se le termina llamando mamá. – Al esposo se le termina llamando papá.

Ana María Navarro. La realización de los cónyuges. www.edicionespalabra.es

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