PADRE NO HAY MÁS QUE UNO

Juncal Zarandona Alonso
Si tuviera que decir cómo es mi padre, podría decir que cuánto más pienso en mi padre más me gusta. Adoro ese pelo blanco y largo que siempre le ha caracterizado, sus ojos claros que no heredé, sus manos que todo lo arreglan, sus piernas que siempre quise, pero, sobre todo, su interior.

Siempre ha sido para mí un ejemplo vivo masculino. Nunca olvidaré cómo cuenta mi madre que fregaba en épocas en que no era habitual, cómo corría para no cambiar pañales, cómo me explicaba matemáticas.

Que bien me sentí las veces que me hacía la dormida en el sofá y él me llevaba a la cama, cuando jugaba con mis hermanos y conmigo (y ahora con mis sobrinos), cuando me llevaba de compras y me buscaba la ropa, las veces que no me dejaba salir, las que sí, cuando me reñía o cuando nos mirábamos y nos reíamos sin decirnos nada (ya nos entendíamos).

Me encanta su carácter, su apariencia seria, cuando íbamos solos en coche cantando, sus caras al verme que me atragantaba con las uvas o al vernos a mi madre y a mi gritando “gol”.

Que grande es tumbarme con él y rascarle mientras oímos la radio, su esfuerzo en el trabajo, su humildad, su confianza, su fuerza, su voluntad.

Cuánto me ha enseñado verle no ceder ante mis insistencias, verle rezar, arrodillarse, levantarse cuando las cosas salen mal.

Cuánto he aprendido de su ejemplo y su coherencia, de su silencio, de su cariño hacia mi madre.

Gracias por tu forma de educarme junto con mamá. Gracias por estar en casa, por acompañarme siempre, por escucharme, por negarme cosas y darme otras, pero sobre todo, gracias porque todo esto lo has hecho con mamá, por estar ahí, por no ceder a ninguna conciencia social que dice que eso solo lo hace la mujer. Y gracias a Dios que me permite seguir disfrutando de él.

Estoy segura de que esto le gustaría oírlo a cualquier padre con el paso de los años, pero todo esto no se consigue cuando los hijos son mayores y el padre, jubilado ya, tienen tiempo para ellos. Esto se consigue creando momentos idóneos para la confidencia, conociendo a tus hijos y que te conozcan, y estando dispuestos a crear en ellos recuerdos que perdurarán toda la vida.

A veces caemos en la tentación de pensar que al proporcionar un buen nivel económico a la familia, con mucho trabajo y esfuerzo, cubrimos adecuadamente el papel de padre, pero hasta años después no nos damos cuenta que lo que realmente necesitan los niños y niñas, es un hombre que les enseñe cómo vivir las virtudes que estimamos más en las personas: convicciones, responsabilidad seria y cariñosa, control sobre uno mismo, capacidad de trabajo y de amar.

No nos equivoquemos al pensar que cuando sean más mayores ya les daremos nuestro tiempo. Hay que entrenarse. ¿O acaso creemos que los hijos no se dan cuenta de que al parque, a buscarles al colegio, o las entrevistas con los profesores/as sólo va mamá?

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