OPTIMISTA, ¿A PESAR DE MIS GENES?

Ningún extremo es bueno. Considerada desde diversas perspectivas, la vida feliz implica un temperamento positivo sin exageraciones, conservando la visión objetiva de la realidad. Y aunque múltiples factores —genéticos, sociales, culturales— influyen en la predisposición anímica con que enfrentamos la vida, es posible modelar, equilibrar y controlar nuestro temple «natural»; sin olvidar que hay casos patológicos que exigen atención psiquiátrica.

Por Carlos Arata Namba Seo (*)

Existen personas que trasmiten a los demás tranquilidad y alegría, a pesar de haber crecido en un ambiente agresivo y carecer de una preparación adecuada. Fue el caso de Louis Armstrong, el famoso trompetista, que contagiaba optimismo, no sólo con su música, sino con su manera de vivir. ¿Qué podemos concluir de un caso como este? ¿Hasta qué punto influyen los genes o el entorno para que una persona sea optimista o pesimista?

Aunque todavía no existe suficiente investigación médica sobre los estados de ánimo, se han distinguido tres factores que, sin ser determinantes, contribuyen al optimismo o pesimismo de una persona: el genético, el bioquímico y la influencia cultural o del medio ambiente.

Desde el punto de vista fisiológico, nada hay plenamente demostrado; aunque existen avances en este sentido. Por ejemplo, sabemos que siempre hay influencia genética y distinguimos ciertos tipos de temperamento.

Ya desde la Antigüedad se hablaba de un temperamento sanguíneo y otro melancólico, además de la infinita variedad de estados de ánimo entre ambos. Por otra parte, la influencia genética es una realidad, existen personas con cualidades para realizar ciertas actividades, y algunas más calificadas para realizar otras.

En este sentido, cuando el temperamento tiende demasiado hacia el pesimismo puede considerarse patológico se acerca a un trastorno afectivo unipolar ; y al revés, el optimismo exagerado linda con otras patologías psicoafectivas. Entre estos extremos se da una variedad de estados normales que no son enfermedades.

Asimismo, la bioquímica ha demostrado que el funcionamiento del eje hormonal hipotálamo hipófisis y gónadas influye sobre los estados de ánimo. Se ha descubierto que, en promedio, esa influencia es mayor en las mujeres que en los hombres; al parecer, debido a que intervienen más hormonas en ellas.

Las mujeres suelen sufrir una pequeña depresión en el periodo premenstrual, se ponen tristes y, quizá, más críticas con respecto al medio ambiente. También se ha comprobado que son muy frecuentes las depresiones postparto; todo esto se debe a una falla en este eje hormonal.

Las hormonas femeninas las gónadas , sobre todo los estrógenos, disminuyen; y aparentemente por ello, la glándula suprarrenal incrementa la cantidad de cortisol en la sangre; aumento que se relaciona con los estados depresivos.

Asimismo, en la atención clínica identificamos factores ambientales que afectan el temperamento. El medio produce una serie de estímulos sobre cada persona, que pueden ser positivos o negativos para ella. Nos referimos, por ejemplo, a los problemas familiares, a soledad en la niñez, etcétera. Los conflictos familiares provocan una falta de patrón de conducta, ya sea del masculino o del femenino; y esto es causa, hasta cierto grado, de estrés en quien recibe el estímulo, pues no saben cómo responder rápida y correctamente a este.

La discriminación que en casi todas las culturas han padecido las mujeres también las pone en una situación más inestable ante el medio. Se piensa que estos factores ambientales de discriminación pertenecen a un marco social ya superado y que en la actualidad, habiendo cambiado tantas cosas, el estrés que ocasionaban debería disminuir; sin embargo, aumenta. Parece que esto se debe a que ahora hay otras fuentes de estrés, como la violencia sexual y, en muchos sectores, la competencia a nivel profesional, que aparentemente es beneficiosa para algunas mujeres, pero no para muchas otras.

Cuando aumenta el estrés, también crece la descarga de adrenalina; pero esta se desgasta fácilmente y bloquea la formación de estrógenos, con lo que aumenta el cortisol y, muchas veces, se produce una alteración en el estado de ánimo femenino.

Se ha descubierto que lo mismo sucede con los hombres cuando disminuye la testosterona, pues se reducen los niveles de respuesta hacia las agresiones ambientales, por lo que tienden a volverse más depresivos.

MOLDEAR EL BARRO FRESCO

Hasta ahora no se ha demostrado que exista una sustancia cuyo suministro o bloqueo pueda, por sí mismo, corregir un estado de ánimo concreto.

Modelar el temperamento requiere un proceso que debe iniciarse desde la niñez, mediante una serie de características naturales del medio ambiente y formación de virtudes que protejan al individuo y lo lleven al estado ideal entre el pesimismo y el optimismo. Pero aquí ya no hablamos de factores genéticos, sino educacionales.

Si a una persona con tendencia al pesimismo se le da desde la casa una gran seguridad, mucho cariño, hábitos de preparación, de estudio, es decir, formación y medios para protegerse del entorno, puede llegar a ser optimista. Sucede como con el entrenamiento de un deportista: si carece de dotes excepcionales, seguramente no llegará a ser estrella, pero es indudable que puede ser bueno en su especialidad.

Por ejemplo, un padre puede enseñar a su hijo a responder de manera optimista ante algo que lo atemoriza cuando le explica la razón por la que sucede y le enseña cómo responder a ese estímulo. Si el niño aprende, se elimina el trauma. Parte de esta formación clásica es que el niño sea consciente que en cualquier situación tendrá la protección de sus padres; cuando sabe que no está solo, que hay alguien que le va a enseñar, tiene una buena parte ganada.

Muchas veces, la falla se debe a que los padres están, pero es como si no estuvieran, porque se molestan cuando el niño tiene miedo, en lugar de explicarle el porqué y cuál es la mejor manera de reaccionar ante el estímulo externo. En muchas ocasiones, la causa son también problemas entre los padres, que no siguen una línea de enseñanza común.

Entre mayor sea el número y la calidad de conocimientos que el niño reciba de padres, familiares y amigos acerca del estímulo y de cómo responder ante él, se desarrollará de mejor manera. Esto no significa que no sufrirá en el primer momento las consecuencias del estrés, pero será pasajero y poco a poco le será más fácil vencerlo.

ESTRÉS Y OPTIMISMO

El estrés es una situación o una respuesta del organismo bastante normal ante un estímulo o reto externo, inesperado o no bien reconocido. Por lo general, el manejo y los tratamientos del estrés son poco útiles, pues se enseñan fuera de tiempo, cuando la gente ya responde de manera automática con reacciones anómalas.

En efecto, una persona que vive una niñez con muchas inseguridades, difícilmente aprenderá a controlar el estrés, porque su primera reacción es de miedo y desconcierto. En la edad adulta le costará muchísimo trabajo manejarlo y muchas veces ni siquiera desarrollará la capacidad de defenderse.

El problema está en querer enseñar a los adultos lo que deberían haber aprendido cuando eran niños, lo cual es difícil. Es mucho mejor practicar la medicina preventiva, hacer hincapié en que los niños necesitan compañía desde pequeños; requieren la protección del padre y la madre para aprender a responder a los estímulos normales del medio ambiente.

Si a una persona —sin importar su temperamento—, se le enseña desde la infancia a forjar su carácter, a entrenarse y saber cómo responder; es evidente que se adecuará a los distintos ambientes más rápido y con menor esfuerzo, lo cual trae como consecuencia un mejor funcionamiento de todos los sistemas: nervioso, digestivo, muscular.

Por otra parte, la respuesta orgánica del individuo ante los estímulos exteriores puede producir problemas. Cada quien va adecuando ciertos órganos a esas respuestas. De hecho, cuando hay menor preparación para adaptarse al medio ambiente, hasta una dificultad pequeña requiere de un gran esfuerzo del organismo, lo que implica un desgaste de todas las funciones y mayor probabilidad de enfermarse, tanto de la parte psíquica como de la orgánica. Esta es la causa de numerosas enfermedades psicosomáticas y, a medida que se avanza en estos aspectos, se sospecha que hay más.

La felicidad en medicina se refiere a un estado en el que uno se adapta rápidamente al medio. En las enfermedades, el organismo que se adapta con mayor prontitud a un ataque del agente ofensor es el que vive más feliz, o sea, el más saludable.

Saber adaptarse al medio con rapidez está íntimamente ligado a la capacidad que siente la persona para responder a los estímulos. Esta es la clave del optimismo: optimista es aquel que es seguro y sabe cómo responder, así de fácil.

¿CUÁNDO ACUDIR AL PSIQUIATRA?

Cuando las personas son exageradamente optimistas, hay alguna falla en su sentido de la responsabilidad para con los demás; no se dan cuenta de los aspectos negativos de lo que hacen y están un poco fuera de la normalidad. Si con sus acciones afectan gravemente su propio desarrollo o a otros individuos, entonces ya es patológico.

Por ejemplo, estas personas provocan desde accidentes de tránsito hasta fraudes, y no los cometen porque quieran cometerlos, sino porque no alcanzan a ser responsables de sus actos; es lo que pasa con un chico que se excede con la tarjeta de crédito de su papá y mete en líos a mucha gente.

En México se dan muchos casos así, pero como el problema es limítrofe entre lo que es enfermedad y lo que no, es difícil tratarlos e inclusive diagnosticarlos. Hay que vigilar que la irresponsabilidad de un muchacho no sea ocasionada por una patología. Los padres no pueden conformarse con decir que su hijo es un irresponsable, deben buscar ayuda profesional.

Habitualmente estas personas son simpáticas, extrovertidas y agradables; quienes están cerca y las quieren evaden el problema. Hay que llamar la atención de la familia, es importante convencerlos cuando requieren tratamiento, tomar medicamento, asistir a consultas… es un problema bastante común y no tan grave, pero que tiende a incrementarse.

Si ese o esa joven no se atiende, su siguiente paso, por ejemplo, será casarse y no podrá hacerse responsable de la esposa o esposo ni de los hijos, produciendo trastornos que un diagnóstico oportuno hubiera podido evitar.

En sentido contrario se da la depresión. En esos casos también hay que aprender a acudir a un profesional, que no se cierre el mundo. Incluso si la persona es bastante pesimista pero no llega a sufrir una patología, puede recurrir con confianza a un buen psiquiatra, simplemente como una ayuda, para tener más seguridad.

Hoy, en México los psiquiatras están bien preparados; tienen prevista una serie de mecanismos, no sólo de tratamiento químico, cuando es necesario, sino también de soporte psiquiátrico; y están capacitados para guiar a la gente, saben a dónde canalizarla; qué le conviene más, si un tratamiento de apoyo personal o en grupo.

En los grupos la persona recibe motivación y una oportunidad para abrirse a los demás. Gran parte del pesimismo significa que uno está muy encerrado en sí mismo, como con un ataque de egoísmo, que no necesariamente tiene que ser egoísmo puro, puede ser por miedo, inseguridad, antecedentes familiares, por la sociedad en que vivimos…

UN MAL QUE SE EXTIENDE

El pesimismo es consecuencia de que falta una verdadera adaptación a la vida. En parte, esa creciente visión pesimista en la sociedad puede ser causada por el materialismo. Desde un punto de vista general, tal vez se le pudiera llamar patología, pero es más bien un engaño en el que hemos caído, porque no nos gusta reconocer que no sabemos muchas cosas.

En las teorías y tratamientos de muchas alteraciones psíquicas, damos por cierta una serie de factores y acontecimientos aunque sólo estén basados en una hipótesis, pero una hipótesis sólo es eso. Aunque se dé por cierta y en ella se basen estudios que den como resultado una tesis, si la revisamos hacia atrás, encontramos sólo una suposición escasamente fundamentada. Igual que sucede con muchas otras ciencias.

La vida no se puede regir, como se pretende en la actualidad, por una serie de mediciones y circunstancias planeadas. Ciertamente, algunas cosas se pueden prever, pero la mayoría no; al contrario, dependen de la realidad circunstancial de cada individuo, dentro de determinada sociedad.

Además, siempre se presentan problemas –desde conflictos graves hasta simples cosas desagradables que secundan la situación personal–, que no necesariamente son provocados por uno mismo o por otros, sino que ocurren.

Con la visión materialista, se buscan razones para explicar esa problemática normal, dicho de otra manera, siempre existe un culpable o una razón por la cual sucedió algo. De modo que desde el principio el problema se enfrenta bajo una visión negativa.

Por ejemplo, una enfermedad no se toma como algo que sucede y ya, sino que se le busca una razón; se cree que se puede curar si se acude al médico adecuado, si el diagnóstico fue dado a tiempo, si el tratamiento fue el correcto… muchas veces no es así y, aunque lo fuera, la persona no encuentra una explicación satisfactoria de la enfermedad y ello le produce inquietud porque está acostumbrado por la cultura del materialismo a que las cosas deben ser de determinada manera, aunque no siempre está completamente estudiada. Cuando resulta que no sucede así, se va perdiendo la seguridad y ello produce pesimismo.

También es común querer tratar clínicamente los problemas emocionales sólo con una parte del tratamiento, los medicamentos, dejando de lado los demás factores que intervienen. Los psiquiatras aportan los refuerzos a la parte química, pero además, la gente necesita que su familia los apoye, que aprenda sobre el problema. Cuántas veces los padres tienen muy buena voluntad pero les falta preparación en ese aspecto en concreto.

De igual manera se requiere que la sociedad sea más consciente de la realidad vital. Si la gente ve o lee las noticias todos los días y basa su conocimiento en datos estadísticos, lógicamente sacará una serie de conclusiones pesimistas, porque es bien sabido que, por las características del ser humano, las noticias que interesan son las raras o malas.

Por lo general los noticieros no informan de cosas buenas, ya sea porque a nadie le interesan o porque antiguamente se daban por hecho. Se consideraba que lo bueno era lo normal y que las noticias debían versar sobre los asuntos raros como preparación para enfrentarlos y cuidar que no se repitieran. Además, era muy difícil que las noticias llegaran de un pueblo a otro.

Ahora no es así, la información es global y uno se llena de noticias malas del mundo entero. ¿Así quién puede ser optimista? Si todos nos centramos en hablar de cosas lamentables, la sociedad misma se va a pique, pero no porque de veras se esté hundiendo, sino por lo falso de ese enfoque.

Y aunque no es exacto hablar de enfermedad contagiosa, porque el pesimismo no es una enfermedad, sino un enfoque falso de la realidad, nos está influyendo. Por eso es urgente recordar que lo normal es lo bueno, que lo demás sucede porque así es la vida, pero que no debe alterarnos hasta perder la visión objetiva del mundo.

No hay que olvidar que tanto el pesimismo como el optimismo se pueden contagiar en la convivencia. Pero cuando hablamos de casos patológicos ya es otra cosa, no se trata de contagiarlos con nuestro optimismo, sino de acudir al médico para solucionar de fondo una enfermedad.

SALIR DE SÍ

¿Qué sucede en casos como el que mencionamos de Louis Armstrong? Hay gente que encuentra un amor que la lleva, digamos, fuera de este mundo, un amor que se vuelve eterno y trasciende el tiempo y cualquier problema.

Cuando una persona se entrega a algo que está por encima de la naturaleza humana, puede llegar a un «estado de gracia», como se le conoce en el ámbito musical. Ha habido infinidad de casos en la humanidad, entre ellos, y de los más conocidos, pintores y poetas.

Entonces, surge la sospecha, ¿qué tiene que ver el amor con el optimismo?

Numerosos estudios actuales indican que la capacidad de una persona para tener un panorama amplio depende de que no esté encerrada en sí misma. Al reducir el mundo a una circunstancia muy personal, la gente pierde la verdadera relación entre su yo y su manera de ser; entre su medio ambiente inmediato y el medio ambiente general.

Para salir del mundo propio, de lo que podríamos llamar ese «estado de egoísmo», no existe ninguna otra manera que estar dispuesto a responsabilizarse, a entregarse, a realizar diversas actividades por los demás; lo cual, dicho sencillamente, es a lo que llamamos amor.

Lo esencial es responsabilizarse. Un ejemplo concreto: cuando una pareja se «casa», pero en realidad se une porque no quiere casarse, teme responsabilizarse de la persona que está enfrente y de las consecuencias de esa obligación.

Así, se reduce el mundo de cada uno y es muy difícil que exista optimismo en esa unión, pues huyen al compromiso creyendo que así van a ser felices, lo cual es falso. Es la mejor manera de que la vida se haga difícil, porque perdemos la capacidad de adaptarnos al medio.

Amar significa dejar un poco atrás el yo y «salir» a compartir responsabilidades con la gente que nos rodea. Eso ayuda a que los problemas personales ocupen su propio lugar, o uno relativamente pequeño respecto a los de otras personas. Si uno está metido en sí mismo, sólo ve sus propios conflictos y no puede compararlos con el exterior.

Para salir verdaderamente de uno mismo es indispensable compartir una responsabilidad con una o más personas. Al comprobar que varios comparten el mismo problema, este se diluye, en tanto se ve que no es nada especial y, por lo tanto, se adapta a él con mayor facilidad.

Mientras más universal sea nuestra capacidad de amar, de comprometernos, nos adaptaremos a los problemas con menor dificultad y seremos optimistas. Pero con ese optimismo bueno, por el que la gente conoce la realidad del mundo, la acepta, con lo positivo y lo negativo, y no se extraña de lo que le pasa.

Esto no es conformismo. Por el contrario, aceptar la realidad del mundo permite encontrar muchos aspectos para estudiar y resolver, razones para hacerlo y numerosas soluciones. Mientras más rápido superemos un problema, más rápido podremos compartir con los demás nuestra solución. Es decir, conocer los problemas de otros es una suerte de empuje y refuerzo de la propia voluntad.

BIBLIOGRAFÍA PARA CONSULTA

Young y Korszun. «The hypothalamic-pituitary-gonadal axis in mood disorders» en Endocrinology and Metabolism Clinics. Vol 31. Núm. 1. Marzo, 2002.

RECUADRO:

Aprender el optimismo

Actualmente un niño tiene diez veces más probabilidades de estar deprimido y de estarlo en etapas más tempranas de la vida, según estudios del psicólogo español Martín Seligman.

El optimismo es uno de los elementos que se pueden trabajar y potenciar en los niños dentro de su proceso educativo. El significado más común lo define como la propensión a ver y esperar de las cosas la parte más favorable.No significa reírse todo el tiempo, es una cualidad de la inteligencia emocional que se puede aprender (o no), si el entorno lo favorece. En ese sentido, los padres son modelos de conducta y sus hijos copian y absorben la forma como enfrentan los problemas.

El optimismo, como hábito de pensamiento, aporta seguridad y confianza para cambiar la cara a los problemas. Considera que los acontecimientos positivos y agradables ocurren habitualmente y que los contratiempos son sucesos puntuales y superables en mayor o menor medida.

Un padre optimista ve en los problemas con sus hijos oportunidades para fortalecer la relación y crecer juntos en vez de verlos como situaciones irritantes y exasperantes. Su respuesta frente a los conflictos determina si es capaz de sacar provecho en bien del niño, mostrándole cómo enfrentar los problemas o, por el contrario, si su hijo saldrá dañado por sus palabras y por una actitud pesimista asfixiante.

A menudo, ver que los hijos repiten los errores desemboca en mal humor, enfado o ira. Comunicar estos sentimientos, abiertamente o a través de actitudes, provoca altos y perjudiciales niveles de culpabilidad.

El optimismo transmite confianza y seguridad en que el cambio y la mejora son posibles si nos esforzamos y dedicamos a ello. El pesimismo comunica derrota y negatividad, destruye la autoestima y cierra las puertas al cambio.
Para enseñar el optimismo hay que:

Describir al niño la situación, analizar los hechos y sus consecuencias sin cargas negativas ni críticas.

Ofrecer una salida que le ayude a resolver por sí mismo la situación.

Responder a los problemas encontrando salidas que permitan el aprendizaje, el crecimiento personal y la mejora.

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