Nos hemos olvidado de que tenemos que morir

Nos ha ocurrido algo realmente curioso: habíamos olvidado que tenemos que morir. A esta conclusión han llegado los investigadores tras haber examinado los cerca de cien mil libros de ensayo publicados en los últimos veinte años. Sólo doscientos (por tanto, sólo un 0,2 por ciento) afrontan el problema de la muerte, libros de medicina incluidos. Es el gran tabú del siglo XX: nos hemos olvidado que tenemos que morir. Lo morboso no es hablar de la muerte, sino posiblemente callar acerca de ella, como ocurre en la actualidad

Entre personas educadas no es correcto hablar de la muerte. Como tampoco lo es hablar del sexo, del dinero o de una experiencia espiritual. A la muerte la solemos esconder en nuestra vida diaria. La alejamos a geriátricos, hospitales, o tanatorios. La miramos con cierta distancia, como si no fuera con nosotros. Y la verdad es que en la mayoría de las ocasiones no la consideramos como algo nuestro. No forma parte de nuestra vida; como si se tratara de algo que les sucederá a otros. «Hablar de la muerte -dice Ferrucio Antonelli, estudioso del tema- fastidia. Es una especie de nuevo tabú, que parece ocupar el lugar que ha dejado vacante el tabú sexual. La muerte de los demás es a menudo un fastidio, por lo que el luto, prácticamente, se ha suprimido, al igual que el culto a los difuntos; y los funerales se han visto reducidos a una rápida formalidad, casi clandestina. La propia muerte es un acontecimiento en el que nadie piensa, como si así pudiera exorcizarse; por lo cual, nos encontramos con ella sin estar preparados, y la vivimos con terror». Sin embargo, nada hay tan claro en esta vida como que vamos a morir. En las últimas décadas hemos experimentado grandes avances en la ciencia y en la medicina. Nuestra vida se alarga, aumenta la calidad de vida, pero la muerte es inevitable.
En nuestro siglo las ideologías predominantes, han sido incapaces de afrontar el misterio de la muerte. El marxismo apenas logra desentrañar el problema: Karl Marx, en sus «Manuscritos económico-filosóficos» de 1844, escribe de forma tímida: «La muerte aparece como una dura victoria de la especie sobre el individuo». Más adelante volverá sobre el tema pero contradiciéndose: «El individuo determinado no es, sin embargo, más que un ser genéricamente determinado y, como tal, inmortal». En las más de 10.000 páginas que escribió Marx, no volvió a aludir a este importante tema. El silencio del padre del marxismo no es casual. El filósofo Joseph Geraert así lo considera: «En todos los clásicos del marxismo hallamos idéntico descuido y embarazo ante el problema de la muerte, hasta el punto de hacernos pensar que no se trata precisamente de un olvido, sino de una necesidad impuesta por la lógica de un sistema que no tolera la confrontación con un problema que le resulta insoluble». Vittorio Strada, miembro del Partido comunista italiano, va más lejos: «Hemos de reconocer que, ante el problema de la muerte, el marxismo se encuentra desarmado, no tiene una respuesta auténtica». ¡Tantas respuestas ha dado el marxismo a los más complicados temas, y resulta que el principal se queda sin ella! ¡Menudo humanismo! dirá alguno. Edgar Morin, sociólogo comunista en evolución, se expresa así: «El marxismo, amigo mío, ha estudiado la economía, el mercado, las leyes sociales. ¡Qué maravilla» ¡Lástima que se haya olvidado de estudiar al hombre…!

La técnica del avestruz

El silencio de Karl Marx y de sus discípulos sobre la muerte ha contagiado también al Occidente capitalista. Playboy, posiblemente uno de los emblemas más identificadores del capitalismo consumista, tiene según su fundador, Hugh Hefner, un ideario muy peculiar: «En Playboy se prohibe hablar de niños, de cárceles, de desgracias, de ancianos y de enfermedades. Pero, sobre todo, queda terminantemente prohibido hablar de la muerte». A la muerte hay que ignorarla para que no moleste, ni nos haga ponernos nerviosos. Afirma Pascal que «los hombres, no pudiendo curar la muerte, la miseria, la ignorancia, han creído mejor, para ser felices, no pensar en ello». Pero ¡qué díficil es olvidarse de este misterio! Quien quiera olvidarse de la muerte, que es segura e inevitable, tiene que evitar el reposo y no buscar más que agitación. Agitación, entendido como diversión, distracción… huída, en definitiva. Por eso, nuestra sociedad invierte ingentes cantidades de recursos en «distraer» con fútbol, toros, espectáculos, ocio, televisión, viajes…. Huídas. El lema es «matar el silencio», ese tiempo que justamente sirve para replegarse sobre uno mismo y meditar sobre el sentido de las cosas, de la vida; lo contrario de la «diversión desaforada» que pretende olvidar las preguntas existenciales, huyendo a no se sabe dónde.
Tener sensaciones fuertes, nuevas diversiones, músicas cada vez más alucinantes, ruido y más ruido, no tiene más explicación que la necesidad de sofocar algo. «El hombre de hoy está en fuga -dice el filósofo alemán Martín Heiddegger- y huir es siempre confesar que nos damos cuenta de la inminencia de un peligro y de una amenaza». ¿Cuál es ese peligro y esa amenaza tan atroz? No es otra que no entender o no aceptar la única verdadera perspectiva de la muerte, y, por lo tanto, no afrontarla.

¿Muerte a la muerte?

El paroxismo ante este tabú es tal que se dan hechos inverosímiles. Cuenta Vittorio Messori, en su libro Apostar por la muerte (BAC), las incontables causas favorables de divorcio que se dan en Estados Unidos, contra el cónyuge acusado de crueldad mental, por haber dejado que un hijo haya visto a un pariente moribundo, o, peor aún, su cadáver. En un país tan avanzado, en donde los niños saben antes de llegar a la pubertad todo tipo de técnicas y conocimientos sobre la educación sexual, parece que «la vista de la muerte se ha convertido en algo tan obsceno, que al que se está muriendo se le aisla de ojos que no sean técnicos, fríamente profesionales».
La muerte nos pone en un aprieto. Ya hemos visto cómo las culturas hegemónicas de nuestra época han apartado la muerte al no tener respuesta para ella. Como no saben donde colocarla en su bien razonado pensamiento sobre el hombre, la han ocultado, proscrito y expulsado. Sin embargo, no es tan fácil dar muerte a la muerte. Por mucho que nos empeñemos en que no es necesario que cada hombre afronte de forma individual e intrasferible el problema del dolor y la muerte, la muerte es una compañera de viaje que siempre esta presente; basta hojear los periódicos, ver los noticiarios de televisión, o presenciar los cada vez más frecuentes accidentes de tráfico…

La muerte no deja de ser para todos compañera de viaje

Morir se acaba

Aunque nadie quiere verla -da la sensación de que preferimos ser sorprendidos por la muerte-, mirarla serenamente, frente a frente, abre nuevos horizontes. Pero sólo es posible mirar así a la muerte desde que Cristo la venció en el Calvario. Pablo VI no se cansaba de repetir: «Aprendí a vivir, pensando en la muerte», o el propio cardenal Ratzinger cuando afirma: «La muerte es el verdadero problema de la vida». Los cristianos que experimentamos que Dios nos quiere, y no sólo cuando vivimos en la tierra, sino también cuando la dejemos, podemos «vivir la muerte» como lo que es en realidad: «el nacimiento a una nueva vida». Para el cristiano morir es llegar a la meta, porque la muerte es un morir con Cristo para resucitar con Él. Es llegar a la plenitud y a la mayor felicidad. Es volver como un niño a la casa del Padre, a un lugar donde todo está en paz y empieza una nueva vida…eterna. Es como dice el poeta:

Morir sólo es morir. Morir se acaba.

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