Moda y carne fresca

La ropa es un lenguaje que tiene mucho poder. Puedes usarla
para manipular a la gente o para beneficiarla. Crear es hacer algo
de la nada, pero no es dejar a la gente sin nada encima.
Hollywood necesita carne fresca femenina constantemente
Por Luis Olivera
Escritor y periodista
Colaboración
Arvo Net, 29 octubre 2003
SUPLEMENTO extra moda de otoño, que se vende junto al dominical de un diario
nacional de amplia difusión. Primer reportaje: “La moda es deseo (..) y sexo, y
pasión. Y este otoño se entrega sin reservas a tan efectivas armas”. Cuarto
artículo: “El reclamo erótico. El sexo sigue siendo la estrategia de comunicación
favorita de la publicidad y la fotografía de moda”. Quinto epígrafe: “El sexo inspira.
Karolina Kurkova es la modelo más deseada. Descubra con ella las tendencias
más calientes de la temporada que empieza”. Sexto: “Visiones de autor. Cuatro
diseñadores españoles explican su visión de la pasión, el sexo o el deseo. Otros
tantos fotógrafos las retratan”.
No acaba aquí la cosa. Un poco más adelante el capitulo de “Interiores” habla de
que “la lencería se sitúa entre la frontera de lo público y lo privado”. Da la
impresión de que de privado no queda nada: ni en la ropa de dentro ni en la de
fuera. Nada va más allá de lo epidérmico. Un semanario español, al tratar de las
últimas colecciones presentadas en un septiembre plagado de moda, decía que los
diseñadores que exponen la desnudez de la mujer, desvistiéndola más que
vistiéndola, se atribuyen el título de creadores. “¿Qué es lo que buscan? ¿Diseñar o
provocar?”. Crear es hacer algo de la nada, pero no es dejar a la gente sin nada
encima. Eso sólo lleva al enfriamiento: del cuerpo y del alma.
Porque eso parecen esas modelos de la pasarela Cibeles y Gaudí, de Londres,
París y Milán: estatuas de hielo, muñecas rotas y sin vida, en las que el cuerpo
queda homologado con los objetos. Por ese camino el mundo se convierte sólo en
un cúmulo de materiales disponibles para la capacidad manipuladora del hombre. Y
en ese esquema, lo puramente material es campo abonado para la técnica y la
violencia. Lo decía el diseñador mallorquín Miguel Adrover, que es la gran
revelación en Nueva York: “La ropa es un lenguaje que tiene mucho poder. Puedes
usarla para manipular a la gente o para beneficiarla (..) Yo no hago mi trabajo para
tres niñas guapas”. Si en la era de la apariencia, la nueva finalidad moral es la
búsqueda del ‘look’, la persona y todo su enriquecedor contenido se diluye, queda
reducida a pura estética: de la delgadez, de la deportividad o de la ecología, como
enumera Monserrat Herrero. La mujer y el hombre son persona a través de su
propio cuerpo. Él les está diciendo continuamente lo que es y lo que no es. Eso les
permite diferenciarse de los animales y de las demás personas. Y, además, les hace
percibir una parte fundamental de su personalidad: el carácter sexuado.
Pero la ética postmoderna hace que todos los objetos, también el cuerpo y sus
aditamentos, operen funcionalmente, dirá Baudrillard. El contexto es la debilidad
del pensamiento y la voluntad. La reconversión artificial del cuerpo se constituye,
de hecho, en una nueva religión, caracterizada por la trivialización del sexo, su
exteriorización puramente física, su irrelevancia, su carácter efímero, “light”. Y ha
provocado intencionadamente el abandono de lo que podríamos llamar “modestia”
o “pudor”. “La función sexual –como escribió el llorado Ricardo Yepes—ha perdido
su carácter obsceno (en latín: fuera-de-la-escena, oculto, escondido) y puede ser
mostrada públicamente porque ‘es algo natural’”. Cuando, aunque parezca mentira,
“moda” procede del latín “modus”, que equivale a medida y todo lo que ésta
conlleva: equilibrio, armonía en el ámbito lógico, matemático, estético y de las
costumbres. De esta pura fuente manan los nobles vocablos del lenguaje artístico,
que culminaron en aquella “divina proporción” del Renacimiento.
Aparte de estas consideraciones, como decía un magazine de otro diario español, la
pregunta ante las extravagancias de las pasarelas es frecuente: “Y esto, ¿alguien se
lo va a poner?”. Porque hay que ser muy atrevido para lucir determinados
‘modelitos’ por la calle. La moda es la última piel de la civilización. Si nos la
quitamos de encima, volvemos a las cavernas, a la barbarie. En este nuevo
biologismo consumista la libertad enmudece ante la necesidad de un continuo
proceso de satisfacción de necesidades, que arrincona lo más profundamente
humano. Luego la moda no debería ser un juego –y menos frívolo—o la voluntad de
un modisto. Es un momento de la civilización. “La moda es cultura”, dijo Pierre
Cardin. O, como dijo Diana Vreeland, “la maniquí ideal no tiene que ser perfecta ni
bella, sino impregnar de alma los modelos”. Eso es lo más difícil. Llenarlos de
personalidad, de gracia, de donaire, de elegancia. Nuestra cultura ha perdido
mucha sensibilidad ante el carácter profundamente sabio del tabú sexual. Ha
perdido el respeto al sexo. Le ha quitado su carácter sagrado y lo ha convertido en
objeto de consumo barato y abundante, en una vulgaridad.
También se quejaba de ello el diseñador Miguel Adrover, tras el 11-S: “Yo veía
que la moda en Estados Unidos estaba convirtiendo a las mujeres en meros objetos
sexuales y quise hacer una propuesta más respetuosa”. Tanto hablar de feminismo
del bueno y dejamos que “la piel femenina sea usada como reclamo”, echándola a
los pies de los caballos. Como decía la revista “Época”, esos desfiles de ‘alta
costura’, “en lugar de exaltar el buen gusto y la distinción, nos han recordado a
algunas representaciones cabareteras y exhibicionistas, donde las modelos
mostraban en pública subasta sus insinuantes armas de mujer”. Estamos ante la
mujer cosificada, convertida en cosa desprovista de espíritu y raciocinio.
Reduciendo a ‘totalidad’ lo que debería ser ‘infinito’. “La moda es la manada”, como
declaró Luis Buñuel.
“La gente bien vestida demuestra madurez, porque posee una especie de disciplina
interior”, ha escrito el diseñador y director de cine John Malkovich. Una especie
de equilibrio, en un mundo de cosas superficiales, de usar y tirar. Empezando por la
intimidad, que parece venderse a kilos a la vuelta de la esquina. La moral, que es
precisamente el arte de vivir bien, no tiene por misión reprimir el sexo, sino
protegerlo y hacerlo valorar. Y para valorarlo hay que contemplarlo en todo su
esplendor, en todas sus dimensiones. Es conocido desde muy antiguo el daño que
la indisciplina sexual es uno de los signos de decadencia de las civilizaciones
históricas. Precisamente porque toca las fibras centrales de la vida personal y
social.
Paco Rabanne manifestó que “quien sigue la moda al pie de la letra es un imbécil,
un borrego, un cretino. Es menos que nada”. Hay que tener personalidad y no
dejarse arrastrar por la corriente de la alta costura, que parece querer convertir a
la mujer en carne fresca para la pasarela o para la pantalla grande. Lo reconocía
hasta el propio Antonio Banderas hace unos días, pensando en el trabajo de las
actrices que superan los 40 años y lo cruel que es el mercado cinematográfico con
ellas: “Hollywood necesita carne fresca femenina constantemente”. Los hombres
tienen una carrera más larga, aunque pierdan pelo y engorden.
Como todas las creaciones del hombre, la moda puede ser moral e inmoral. Pero
eso no depende de modo decisivo de un par de centímetros más o menos de tela,
sino de las intenciones de los modistos, de los que llevan el vestido y de los que los
miran, cuyo erotismo es excitado en tiempo y lugar indebidos por la exhibición de
un ser anónimo. “No es la desnudez propiamente dicha lo que es inmoral, sino el
corazón que se atreve a jugar con el erotismo asilado artificialmente de la totalidad
de la persona”, ha escrito el psiquiatra J.B. Torelló. Lo habitual no excita pasión.
Es el espíritu de muchos mortales el que merece alojarse en el cubo de la basura, y
no un determinado modelo o un determinado baile. Pero la erotización de la moda
muestra a las claras que la dimensión sexual de la sociedad contemporánea está
desorientada y es enfermiza. Habrá que llevarla a la UCI de la racionalidad, para
que en ella vuelva a primar la dignidad de la persona humana. Está en juego
nuestra propia civilización.

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