MI CONVIVENCIA CON SIETE MUJERES

Soy un varón que vive aislado en una casa de campo con siete mujeres. Cinco son fijas y dos ambulantes. Las fijas, por orden de importancia, son mi mujer, mis tres hijas solteras y mi suegra.

Por José Luis Olaizola. Premio Planeta, colaborador de Arvo.

Soy un varón que vive aislado en una casa de campo con siete mujeres. Cinco son fijas y dos ambulantes. Las fijas, por orden de importancia, son mi mujer, mis tres hijas solteras y mi suegra. Esta última también era ambulante, pero desde que se rompió la cadera se ha quedado a vivir con nosotros para siempre y parece que va a ser bastante, pues dice el médico que las señoras de noventa años que superan una fractura de esa naturaleza suelen llegar a los cien años, bendito sea Dios. Las ambulantes son Paz, la asistenta, ya les he hablado de ella, y su sobrina Mari Luz.

El convivir con siete mujeres es una situación interesante no exenta de complicaciones. Sobre todo si el titular masculino trabaja en casa. Como dice una amiga mía: un marido que trabaje en casa es más incómodo que un armario en medio del pasillo. Y si encima ese marido escribe, la cosa se complica porque los escritores somos gente delicada que precisamos de un cierto sosiego a la hora de escribir, lo cual no es fácil de conseguir con siete mujeres, máxime si una de ellas -mi suegra- es sorda como una tapia y las otras seis le tienen que hablar a gritos. Pero por ese lado no solemos tener problemas, ya que todos nos portamos educadamente. Cuando me casé ya era sorda mi suegra, o sea que no me puedo llamar a engaño.

Los problemas suelen surgir como consecuencia de que yo soy un escritor sociológico, en el sentido de que me interesa la sociedad y cuanto más la sociedad familiar. Pero por una corruptela -seguramente imputable al varón- la organización doméstica de esa sociedad parece ser predio exclusivo de la mujer, quedando el marido reducido a funciones puramente auxiliares. Es un error. El marido puede y debe opinar, pues el varón, en muchos aspectos, tiene una mente más analítica que la mujer.

Como consecuencia de mi convivencia con siete mujeres he podido ir formulando una serie de leyes sociodomésticas que espero tener oportunidad de desarrollar más por extenso en un libro que proyecto escribir. Una de ellas, que me limito a esbozar aquí como primicia, es la teoría de la recogida interminable, que podría formularse así: las posibilidades de estar recogiendo ininterrumpidamente en una casa está en proporción directa con el número de mujeres que vivan en ella y al deseo que tengan de estar recogiendo ininterrumpidamente. Es decir, siempre. Mientras no se demuestre lo contrario, una casa siempre tiene polvo que limpiar o cacharros que fregar. La primera formulación de esta ley la hice como consecuencia de la pugna que nos traemos sobre la limpieza de mi escritorio. Conviene advertir que mi escritorio se encuentra en un lugar apartado y recoleto de la casa, de modestas proporciones, pero con salida independiente a un pequeño jardín que tiene todo el aire del huerto de un cartujo. Y yo cuido tanto del jardín como del habitáculo con especial esmero y con un trapo del polvo. Tengo mi esterilla para limpiarme los pies y, además, está prohibida la entrada de niños. De ahí mi sorpresa cuando dispone mi mujer: «Hoy hay que limpiar tu escritorio.» «¿Pero cómo?», me asombro yo. «Si está perfectamente limpio.» «Eso te crees tú», me replica mi mujer con un punto de desdén. A continuación entran Paz y su sobrina, armadas de sofisticados artilugios de limpieza y, efectivamente, logran extraer polvo y otras miserias de recónditos lugares a los que no alcanza mi vista. Y me los muestran como quien muestra un trofeo. Porque esa es otra. Las mujeres de mi casa suelen tener bastantes diferencias entre ellas, sobre todo mis hijas, con problemas generalmente relacionados con el vestuario, pero hacen frente común cuando se trata de cuestionar mis teorías de organización doméstica. Incluso, ya digo, Paz y su sobrina, a las que tengo por incondicionales mías, se ponen de parte de mi mujer cuando se trata de puntualizar cuántas veces a la semana hay que limpiar mi escritorio, o si es preciso planchar la ropa interior de caballero antes de meterla en el armario -que, obviamente, no lo es-, o hasta qué punto interesa mantener una cubertería de plata que no se puede meter en el lavavajillas, etc.

Pero como les iba contando, la teoría de la limpieza o recogida interminable la formulé cuando les demostré que toda limpieza, por perfecta que sea, admite otra limpieza adicional, en la que se obtienen nuevos residuos de suciedad. Se lo demostré, pero no sirvió de nada, porque… ¿quién es capaz de discutir con siete mujeres a la vez?

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