MEJOR ES DAR

«Hay mayor felicidad en dar que en recibir» (Hch 20, 35)

Por Antonio Orozco-Delclós

«”Hay mayor felicidad en dar que en recibir” (Hch 20,35). No se trata de un simple llamamiento moral, ni de un mandato que llega al hombre desde fuera. La inclinación a dar está radicada en lo más hondo del corazón humano: toda persona siente el deseo de ponerse en contacto con los otros, y se realiza plenamente cuando se da libremente a los demás». (Juan Pablo II, Mensaje para la Cuaresma 2003, Vaticano, 7 de enero de 2003, n. 1)

Esta llamada del Romano Pontífice a auscultar la voz que no viene de fuera, sino del interior del corazón del hombre, apunta a la profunda realidad antropológica de la esencia personal: la libertad, en su raíz y en su nervio teleológico.

El donar, en la persona, no es tanto un imperativo moral como un imperativo vital. Si la persona se reprime y no se da, necesariamente se frustra. Por eso, reducir la libertad a liberación o liberaciones, a recibir y poder hacer cosas es un riesgo a superar. La libertad no se nos ha dado básicamente para liberarnos de ataduras, obstáculos o límites, en un palabra, para «recibir». En todo caso las liberaciones han de servir a la libertad: son medios, no fines. El mismo «recibir» no es un fin, no es el momento culminante de la felicidad. La plenitud es el donar.

El fin de la libertad, es decir, lo que satisface plenamente su energía (enérgeia) en busca de la verdad, la bondad y la belleza, es el amor; y el amor implica recibir, pero es esencialmente dar. La criatura desea. Dios no puede desear porque nada le falta. Dios ama, Dios es amor. Por consiguiente, hay algo más en la voluntad que el deseo. El amor es superior. (Cfr. L. POLO, Sobre la existencia cristiana, 130). Esta es la radical novedad cristiana. «¿Qué puede haber más allá de la tendencia a poseer y de la posesión misma? Obviamente, el donar. Donar es dar sin perder, el ganar sin adquirir o el adquirir dando» (Ibid).

La creación es donación del ser. Ser criatura es exactamente tener el ser íntegra y continuamente recibido de Dios que lo otorga. Si una criatura es creada a imagen y semejanza de Dios, entonces su vivir ha de ser donación. Es recibir (sin eso no sería nada) y a la vez dar (sin dar negaría su propio ser; su ser quedaría inacabado, frustrado).

La voluntad creada es deseo de tener y poseer, pero no es sólo anhelo, es energía vital para aportar algo grande a la persona, pero algo que trasciende a la persona individual. No puede ser de otra manera, porque la persona es constitutivamente un ser relacional, no ha de detenerse ni centrarse en sí misma. La perfección de la libertad como dominio de sí, aunque es necesaria, no es lo último, no es lo «satis-factorio» (no sacia). Ya soy perfecto. Bueno ¿y ahora qué? ¿qué hago con esa perfección? ¿autocomplacerme? Imposible.

Poner la meta del vivir en la consecución de perfecciones para complacerme en ellas, tiende al solipsismo, que es el pecado de la soledad estéril. El solipsismo ha sido una doctrina profesada explícitamente por filósofos como Brunschvicg e implícitamente por la filosofía que en los últimos siglos ha encerrado el yo en sí mismo sin posibilidad de «trascender», esto es, conocer y amar lo que está fuera de mí. Brunschvicg llegó a pensar que el universo y los demás sólo existen cuando yo pienso en ellos; cuando me doy la vuelta y pienso en otra cosa, dejan de existir.

Es una tentación no trivial. Es posible imaginarlo, aunque sea imposible vivir en coherencia con tal idea. Pero de hecho, desde el siglo XVII hasta nuestros días -para defenderla o combatirla- ha entretenido a filósofos como Gabriel Marcel, Merleau-Ponty de una parte, e idealistas radicales y existencialistas, por otra. J. Paul Sartre llega a afirmar que los otros son el infierno; que no cabe posibilidad de intercambio de intimidades, no cabe verdadera comunicación entre personas.

Si éste fuera el fin del hombre sería una condena, tendría razón Sartre cuando afirma que el hombre es «una pasión inútil» y que «el infierno son los otros».

El intelecto nos hace capaces de ser de algún modo omnia, todo. ¿De qué modo? Cognoscitivamente e intencionalmente. La voluntad nos lanza a la trascendencia, a la realidad misma, a incorporar y asimilar la perfección real de la realidad buena. La realidad óptima es la persona, mejor, las personas, porque las personas somos constitutivamente seres referidos a otras. Una persona sola, destinada a la soledad, sería lo trágico en estado puro. Por eso la voluntad es tanto voluntad de recibir el bien ajeno como aportar el propio al mundo, especialmente al mundo de los semejantes, otros “yo”. La energía propia de la voluntad implica la existencia de otras personas que me aporten y a las que yo aporte. ¿Aportar qué? Verdad, bondad, belleza, alegría, en suma, felicidad.

La libertad no es individualista. Decir que «la libertad mía termina donde comienza la de los demás» o que «tu libertad termina donde comienza la mía» indica un modo muy tosco de concebir la libertad, la persona y las relaciones interpersonales. Es una noción reductiva de la libertad y de la vida social. Más bien es preciso decir que la libertad comienza en el encuentro con las demás libertades. La libertad es energía para la donación, para el incremento de bondad en el seno de la humanidad. La libertad personal no es un límite –a no ser que nos empeñemos- para la libertad de los demás, sino una capacidad de enlazar energías personales (libertades personales), para desencadenar sinérgia de libertad, para potenciar la aportación de bondad, de bien, de bienes en el seno de la gran sociedad humana. Cabe decir que el fin que satisface a la persona es la donación de bondad. La bondad sin donación es solipsista, insatisfactoria, frustrante. «Las cosas carecerían de sentido a nuestros ojos si los otros no estuviesen ahí para verlas conmigo» (G. Gerber)

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