La sórdida realidad del pecado

La película Seven está llenando los cines. Podría ser por la vibrante puesta en escena de David Fincher…, o por el enorme tirón popular de Brad Pitt… Aunque, desgraciadamente, quizá la razón principal sea el morbo -explotado descaradamente por la publicidad- que despierta su argumento, sobre una serie de atroces asesinatos que se corresponden con los siete pecados capitales. No estaría mal que Seven también llenara las salas por su radiografía -desasosegante- del alma humana, que la sitúa bastante por encima de otras películas policíacas con asesino psicópata.
El guionista, Andrew Kevin Walker, centra la historia en la relación entre los dos detectives protagonistas, más que en los asesinatos y el asesino. Éste permanece como una presencia inquietante, cuya desquiciada personalidad de ángel vengador marca poderosamente los conflictos personales de los dos agentes de la ley, descritos con gran riqueza de matices dramáticos. El tono de la historia es desmesurado y aparentemente ambiguo, pero subyace en ella una interesante crítica a la creciente trivialización del pecado, de la culpa y del arrepentimiento que atenaza la cultura contemporánea.
Un primer apunte coincide con aquella denuncia que hizo Henrik Stangerup en su novela El hombre que quería ser culpable: «Al negar la culpa personal, diluyéndola en la responsabilidad de la sociedad, de hecho se anula al hombre», señaló el escritor danés, a propósito de su obra. Una secuencia especialmente ilustrativa de esta idea es aquella que describe el encuentro en un bar entre Morgan Freeman, veterano detective metódico y paciente, con Gwyneth Paltrow, la mujer de Brat Pitt, que da vida al agente joven y temerario. Ella le revela un secreto, y Morgan Freeman, para intentar ayudarla, le descubre a su vez otro. Le cuenta que hace años, asqueado de la podrida sociedad en que vivía, obligó a una chica con la que salía a abortar. Y, con sinceridad y desazón, reconoce: «Siempre he pensado que hice lo correcto, y todavía lo sigo pensando…; pero desde entonces no ha habido un solo día en que no me arrepintiese profundamente de lo que hice». Es difícil expresar mejor el terrible desconcierto que hoy día provoca en tanta gente la confusión entre lo políticamente correcto y lo moralmente bueno, ámbitos separados, cada vez con más frecuencia, por un abismo descomunal. Y es que el hombre liberado artificialmente del pecado no puede ser feliz, pues no caben entonces ni el mérito de la resistencia a la tentación ni siquiera la alegría del arrepentimiento.

Así se anuncia SevenPero la película puede hacernos pensar algo más. La perplejidad, la falta de resortes profundos de los detectives protagonistas ante un mal que reconocen más cercano de lo que parece pone de manifiesto la imposibilidad de construir una moral sin fundamento religioso. En efecto, Dios está ausente de sus vidas, y si no se tiene un Tú ante quien rendir cuentas, no se puede entender la dignidad de la persona, ni el pecado, ni la culpa. Ya decía el personaje de Dostoievsky que «si Dios no existe, todo está permitido». Por eso, con la dolorosa tristeza que provoca la resolución-coherente con la falta de cimientos morales sólidos de los protagonistas-, adquieren un nuevo sentido las numerosas referencias visuales y verbales que ha ido haciendo la película a la Biblia, a las obras de Tomás de Aquino, Chaucer, Dante, Shakespeare o Milton, y a los cuadros de El Bosco o Brueghel. Y también por eso, resulta más conmovedora, por más humana, la patética y sincera letanía-«¡Dios mío, perdóname!»- que gritaba aquel pobre hombre que fue obligado a cometer el brutal asesinato relacionado con la lujuria. Su reacción impacta enormemente porque él sí que está enfocando bien la verdadera tragedia del pecado: la rebelión del hombre contra su Creador y, por tanto, contra su propia naturaleza. De nuevo viene al caso otra idea de Stangerup: «Si no volvemos a plantear las grandes preguntas sobre Dios, el amor, la resurrección, el pecado, la creación-todo lo que ha hecho a Occidente-, si no volvemos a buscar el significado de estos conceptos, estamos perdidos».
A pesar del indudable esfuerzo de contención, la dantesca crudeza de la película provoca repugnancia y, desde luego, exige al espectador un estómago a prueba de bomba. En cualquier caso, Seven obliga a pensar y llama a las cosas por su nombre, sin recurrir a eufemismos para describir realidades tan deshumanizadoras como el aborto, la explotación sexual u otras manifestaciones de la esclavitud del pecado, que es la auténtica raíz de todos los males, personales y sociales.
Jerónimo José Martín

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