LA REALIDAD DEL ABORTO: LA JUSTICIA ESTÁ RESERVADA SÓLO PARA LOS IGUALES

Carmen de Andrés
En el Libro V de las Guerras del Peloponeso, Tucídides relata la negociación entre los representantes de Atenas, la gran potencia, y de Milo, la pequeña isla que ella deseaba someter.

Los atenienses comenzaron por exigir de Milo una completa rendición y sumisión. Los representantes de Milo replicaron que ellos no se consideraban beligerantes y que, como tales, podían garantizarle a la gran potencia su permanente neutralidad.

Contestaron los atenienses que la neutralidad no era suficiente ya que podría ser considerada por sus enemigos un signo de debilidad. Milo, en consecuencia, no tenía más alternativa que someterse o perecer.

Relata el historiador que, llegado ese momento, los embajadores de Milo no pudieron sino exclamar consternados: “pero esto no es justo”. Entonces, los griegos respondieron: “La justicia está reservada sólo para los iguales”.

Esta frase puede que nos resulte extraña en una cultura jurídica como la occidental, donde pugnamos por una justicia para todos, donde todos queremos ser considerados como iguales. ¿Pero es realmente cierto? En las sociedades occidentales, creadoras de los Derechos Universales del Hombre, garantizadoras en sus constituciones de los derechos fundamentales, ¿es posible la discriminación a grupos de ciudadanos?. Por desgracia, sí. Es del todo incomprensible pero, sí. Los casos más flagrantes, los más dolientes son los relacionados con la vida. ¿Cómo puede ser que la sociedad occidental legitime la práctica del aborto, la manipulación embrionaria, la eutanasia, la pena de muerte cuando el derecho a la vida es el primero de los derechos (primus ius)? Esta pregunta, que puede ser considerada de lógica, sin embargo, en la práctica se resuelve de forma perversa y sigue encontrando una respuesta leonina: “porque la justicia está reservada sólo para los iguales”.

Un ejemplo nos ayudará a entenderlo: trascribo una parte de la conversación emitida por la TV de Dinamarca entre el abortista Carlos Morín con una periodista danesa para demostrarles el axioma del titular, para demostrarles la frialdad y la impunidad ante el asesinato:

– Periodista: Dr. Morín: ¿cómo me practicará el aborto?

– D. Morín: Es tan sencillo como inducirle un parto artificial a Usted, e inyectar al bebé una sustancia que se llama “digoxina” que le provoca un ataque al corazón. De esta forma, deja de latir el corazón del feto.

– Periodista: ¿Dentro?

– D. Morín: Sí.

– Periodista: ¿Está seguro que cuando el bebé nace está muerto?

– D. Morín: Sí, seguro al 300%.

– Periodista: ¿Es posible que me lo practiquen aunque esté en la 30 semanas de gestación?

– D. Morín: Sí, incluso en la 31,3. Lo único que tenemos que demostrar es que tú estás o puedes estar con ansiedad o depresión. La ley de este país dice que para abortar has de estar bajo un problema psicológico grave, y la forma de demostrarlo es que se rellene este test….

El objetivo de esta periodista era demostrar que en España, en concreto, la clínica Ginemedex de Barcelona -que regenta Carlos Morín -practica abortos de más de 30 semanas en fraude de ley y cómo las autoridades españolas hacen la vista gorda a este delito. Esta clínica y las de su grupo han sido objetos de amplios reportajes y denuncias en diversos medios de comunicación europeos (The Sunday Telegraph, Le Monde, Liberation, la tv pública francesa, etc). Sin embrago, en España las televisiones lo han silenciado o han dado una cobertura mínima.

Pero más allá del objetivo de esta periodista, está lo impresionable de este dialogo. A mi no me ha dejado indiferente, desde luego. ¿Es posible que la sociedad española y occidental haya legitimado una práctica tan abominable? ¿Es posible que se pueda legislar una práctica tan injusta? ¿Es posible que haya fraude de ley y no se persiga? Sí, en una sociedad que se rige por el criterio de un individualismo llevado al límite, que provoca la destrucción y la marginación de unos seres por otros, en una sociedad en la que nos regimos por criterios personales y donde decidimos sin ninguna referencia a la ley moral.

La conciencia individual es norma absoluta y sobre ésta se ha desmontado la Ley moral. Es lo que el Papa llama la dictadura del relativismo.

Por otra parte, se invoca el laicismo, descalificando a las intervenciones de la Iglesia como una intromisión indebida de la “jerarquía” en la política o en la vida ciudadana. La conciencia de los católicos para muchos debe reducirse a lo personal, al hogar, al interior de los templos…No se dan cuenta que la práctica religiosa es una actitud ante la vida, una luz que norma decisiones y conductas.

Los cristianos tenemos otra medida- como nos recordaba Benedicto XXVI-: “La medida del Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo…la amistad con él nos da el criterio para discernir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo”. Nos anima a defender a los desfavorecidos, a denunciar las injusticias, a transformar a una sociedad que sigue una inercia suicida donde los derechos de los más débiles son olvidados, pisoteados, marginados, destruidos. Realmente, nuestra medida es OTRA.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *