La Navidad, el Metro y el estanco

Dos magníficas películas llenan los cines desde hace un par de meses: Mientras dormías, de Jon Turteltaub, y Smoke, de Wayne Wang, sobre un guión del novelista Paul Auster. Son películas muy distintas, pero con un denominador común: ambas afrontan, con un enfoque similar, el denominado espíritu navideño. Un espíritu que nada tiene que ver con las agobiantes luminarias de los grandes almacenes ni con los sofisticados anuncios de bebidas o de juguetes. Más bien se refiere a ese latido de amor y solidaridad que se despereza con cada conmemoración del nacimiento de Cristo, Dios que se hace Hombre para salvar al hombre.
Los héroes cotidianos de estas películas son seres anónimos que nunca verán sus nombres grabados en las lápidas perecederas de la gran historia: en Mientras dormías, una taquillera del Metro de Chicago que salva la vida a un joven viajero desconocido, del que está enamorada y al que considera heroico porque siempre cede su asiento; en Smoke, el dependiente de un estanco de Brooklyn, que alegrará la última Navidad de la abuela de un ladronzuelo negro, y que invertirá sus ahorros en liberar a su supuesta hija de la droga y la prostitución.
Son películas que muestran una enorme confianza en la grandeza y capacidad de redención del ser humano; la misma enorme confianza que Frank Capra sintetizó magistralmente en ¡Qué bello es vivir!, su film emblemático. Capra sabía muy bien cuál era el auténtico espíritu navideño. Por eso decía que la idea maestra de sus películas era en realidad el Sermón de la Montaña. Un valiente realismo éste de las Bienaventuranzas, que se atreve a proclamar que la verdadera felicidad -plena en el Cielo, limitada en la Tierra- pertenece a los aparentemente perdedores según la lógica humana -los que sufren, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los perseguidos…-, cuando saben estrechar la mano amorosa de Dios, y a aquellos que aprovechan las continuas segundas oportunidades que les ofrece la vida para convertirse también en ganadores según la lógica divina.

Fotograma de SmokeA su manera, lo expresa muy bien Paul Auster en la entrevista que antecede a los guiones de Smoke y Blue in the Face -su continuación-, publicados por Anagrama. En ella, el prestigioso novelista señala que siempre ha considerado Smoke como una comedia, «en el sentido clásico del término; en el sentido de que todos los personajes de la historia están un poco mejor al final que al principio». Es el mismo optimismo que hace decir a un personaje de Blue in the Face: «La cuestión es que de algo verdaderamente horrible puede salir algo verdaderamente estupendo».
Esta convicción de que vivir sigue siendo muy bello -a pesar de los pesares- y de que lo mejor es siempre posible puede ser el primer paso para que la cultura contemporánea supere, de una vez por todas, esa «hipoteca paralizante del cinismo» a la que se refirió Juan Pablo II en su magistral discurso en la ONU. Sin duda, «es la hora de una nueva esperanza».
Jerónimo José Martín

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