La mala educación

A muchos padres os sonarán familiares expresiones del tipo “ya no tengo paciencia”, “me cuesta mucho que se siente a la mesa a comer”, “no quiere hacer tareas”, “si yo no le doy lo que pide me hace un berrinche”, etc. Estos ejemplos son escenas cotidianas que demuestran que los padres no estamos satisfechos con la educación de nuestros hijos y que es necesario establecer unos límites en su comportamiento. La relación entre padres e hijos es pues un tira y afloja en el que unos luchan por mantener el poder y otros por conquistarlo.

Marcar unas normas a los niños desde que son pequeños es la base para conseguir una buena conducta. Si no existen estos límites, la sobreprotección que ejercen muchos padres puede derivar tanto en pequeños egoístas no acostumbrados a recibir un “no”, agresivo y rebeldes, como en seres inseguros, cohibidos e incapaces de valerse por sí mismos.

El síndrome de Peter Pan
La sobreprotección que muchos padres ejercen sobre sus hijos puede llevarles a desarrollar el llamado “síndrome de Peter Pan”. Este trastorno psicológico es cada vez más frecuente en la sociedad occidental y afecta a personas con personalidad débil que no asumen las responsabilidades que les corresponden en cada etapa de su vida. Es decir, personas que no quieren o se sienten incapaces de crecer.

Humbelina Robles Ortega, profesora del departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico de la Universidad de Granada y experta en trastornos emocionales, advierte que la sobreprotección a la que muchos padres someten actualmente a sus hijos puede provocar que éstos desarrollen el síndrome de Peter Pan, ya que “es propio de personas dependientes, que han sido sobreprotegidas por sus familias y no han desarrollado las habilidades suficientes para afrontar la vida”. Los peterpanes “ven el mundo de los adultos como muy problemático y tienen idealizada la etapa infantil y juvenil”.

Por ello, es aconsejable establecer unos límites a nuestros hijos y no tenerlos aislados de la vida real en una burbuja. Es perjudicial hacer sentir al hijo el mejor del mundo porque luego, cuando los padres falten, no será capaz de reconocer sus propios fallos y de seguir adelante. “Si a los niños menores de tres años les dan de comer los padres, les permiten ir a la cama cuando quieren y les resuelven todos los problemas, no se les educa en la capacidad de frustración y los niños no toleran un ‘no’. Éste no es el camino correcto”, advierte el doctor Sasot, médico especialista en psiquiatría y pediatría infantil y juvenil de la Clínica Teknon de Barcelona. Desde la Asociación Mundial de Educadores Infantiles recuerdan que la permisividad “produce falta de control interno” y reconocen que la autoridad y firmeza bien ejercida permite a los niños alcanzar una “progresiva madurez y responsabilidad”.

Aprender a poner límites
Es importante ver la disciplina no como un castigo, sino como un modo de enseñar y un conjunto de reglas que permiten la convivencia en el hogar. Los padres debemos tener claro que el objetivo es idear un patrón que contribuya a que los niños crezcan sin temores, aprendan lo que se espera de ellos, les proteja de situaciones peligrosas y además establezca las condiciones para convivir con los demás. Así, una vez que estos límites estén establecidos y sean claros y razonables, evitaremos los enfrentamientos constantes con nuestros hijos

Las normas que les enseñemos los ayudarán a mantenerse seguros y a conocer la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal. Además, dado que los niños aprenden de la experiencia, si su mal comportamiento tiene consecuencias, aprenden que ellos pueden modificar dichas consecuencias mejorando su mal comportamiento. Esta es una lección muy importante que los niños deben aprender para llegar a comportarse correctamente. Por ejemplo, si dos de vuestros hijos se pelean por ver un determinado programa de televisión, apagad la tele. Si un niño derrama su vaso de zumo en la mesa porque está jugando con sus juguetes en vez de comer, haced que limpie lo que ha manchado. No debemos hacer comentarios que puedan herir su autoestima, como “no haces nada bien”. Esos comentarios son nocivos y además no son necesarios para enseñarles disciplina. Hacerle limpiar el zumo derramado será mucho más efectivo. La próxima vez sabrá que si lo vuelve a tirar tendrá que volver a limpiarlo, que lo que ha hecho es responsabilidad suya y que ha de reparar el daño causado.

Pero, ¿por qué nos cuesta tanto poner límites a nuestros hijos? En general, se considera que los padres que no ponen límites actúan de esta manera por miedo a que sus hijos les rechacen, porque no quieren repetir viejos patrones de autoritarismo en los que fueron criados, porque no saben poner normas o, simplemente, porque es más fácil decir “sí” para evitar conflictos. En el libro “Jóvenes y valores, la clave para la sociedad del futuro”, el catedrático de Sociología de la Universidad de Deusto, Javier Elzo, determina que “bajo el término de tolerancia, a menudo no hay otra cosa que permisividad, cuando no dejadez en las responsabilidades” y defiende el trabajo de los padres que deseen educar a sus hijos en algo más que la mera convivencia pacífica. Los conflictos entre padres e hijos deben aceptarse y afrontarse, ya que “el niño sabe que siempre tiene la confianza de los padres y que, aunque le riñan, le quieren y él les quiere a su vez porque son sus referentes”, precisa Àngels Geis, profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad Ramón Llull.

Los padres que no ponen límites actúan de esta manera por miedo a que sus hijos les rechacen, porque no quieren repetir viejos patrones de autoritarismo en los que fueron criados, porque no saben poner normas o, simplemente, porque es más fácil decir “sí” para evitar conflictos.

El teléfono móvil: ¿a partir de qué edad?

Cada vez más tempranamente los niños tiene su propio teléfono móvil, ya sea porque los padres, en su afán de sobreprotección, alegan a favor del móvil que así pueden tener localizados a sus hijos, o bien porque si el niño no tiene móvil sería el único de su grupo de amigos y podría sentirse discriminado.

Sin embargo, los móviles presentan una serie de inconvenientes que no compensan los beneficios atribuidos. Según un estudio elaborado para el Defensor del Menor de Madrid, al gasto continuo que supone el móvil, hay que añadir que un porcentaje significativo de chicos y chicas entre 11 y 17 años presenta problemas de concentración en el centro escolar, a veces ansiedad y empobrecimiento del lenguaje y, además, adoptan conductas de adultos y no viven su niñez de forma plena. Si bien los expertos señalan que los niños y las niñas no necesitan móviles dado que la mayor parte del tiempo están con los padres o en el colegio, y desde allí se pueden comunicar con la familia, es recomendable que los padres les enseñemos a hacer un uso racional de este: utilizarlo sólo cuando se necesite, dejarlo en casa entre semana, llevar un control del gasto, etc.

Pero este debate no se ha limitado al ámbito familiar, sino que ha trascendido al ámbito educativo, donde en los últimos años se ha desarrollado un tipo de violencia escolar en la que el móvil es el arma utilizada. Por ello, la Comunidad de Madrid elaboró el pasado mes de febrero un borrador de buenas conductas escolares entre las cuales se prohíbe el uso del teléfono móvil en las aulas y se establece la expulsión a quienes graben o difundan agresiones o humillaciones.

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