La importancia de jugar

Nos acercamos a las fechas que mayor importancia tienen en el imaginario infantil, la Navidad. Hasta los más pequeños asimilan rápidamente los rituales asociados a estas fiestas: más tiempo en familia (en casa y, sobre todo, fuera de casa), menos tiempo en el colegio, la ornamentación en las calles y, ante todo, juguetes, muchos juguetes. Es un periodo de gran felicidad y de sano esparcimiento para los niños, y también una de las épocas del año más agradables para los padres, que pueden disfrutar de la compañía de los pequeños compartiendo su alegría e ilusión.

Elegir los juguetes de sus hijos no es, o no debiera ser, una actividad trivial para los padres, especialmente en días tan señalados como los que vienen. Los niños esperan con ansiedad e incertidumbre el fruto de su buen comportamiento durante todo el año, y a ningún padre gusta decepcionarles. Es una decisión más importante de lo que puede parecer: no en vano, en los primeros años de vida, la principal actividad del niño, a la que dedica más tiempo, energías e ilusión, es el juego.

Decálogo del buen juguete

Los especialistas de Ludomecum -la web española especializada en juegos y juguetes infantiles más completa, creada con una clara orientación pedagógica para facilitar y orientar en la búsqueda de juegos y juguetes a docentes, padres, educadores y responsables de ludotecas- señalan que “las capacidades intelectuales, psíquicas, emocionales y motoras del niño/a se desarrollan de forma más eficaz a través del juego y de los instrumentos necesarios para ponerlo en práctica, es decir, los juguetes”. Por su parte, Jean Château, uno de los mejores analistas del juego infantil, resume esta idea en una única pero esclarecedora frase: “Un niño que no sabe jugar es un pequeño viejo y será un adulto que no sabrá pensar”.

Al elegir un juego o juguete para nuestros hijos, pues, cabe tener en cuenta una serie de recomendaciones:

que se adecue a los gustos y preferencias del niño, y al mismo tiempo, que sea reconocible para él -es decir, que esté cercano a su universo particular-
que se adapte a la personalidad del niño, a su edad y a las habilidades que, padres y educadores consideren que el niño necesita potenciar (esto implica conocer al niño y dedicar tiempo a jugar con él, saber qué le motiva y qué le aburre)
que sea un juguete seguro e inocuo (no nocivo). Para ello, se recomienda que el juego o juguete incorpore la marca CE en el envase (lo que indica que está fabricado en la Unión Europea y cumple la normativa de seguridad)
que contenga las instrucciones de uso en español y, en el mejor de los casos, una explicación de los valores psicopedagógicos del juego.
que sea posible utilizarlo para jugar con los amigos, o en su defecto inculcar al niño los valores de compartir sus juguetes
que estimule la creatividad del niño o cualquier otra capacidad específica que se desee fomentar (que el niño se convierta en protagonista del juego)
que sea sólido y duradero o, en cualquier caso, que caiga en desuso por iniciativa propia del niño y no por degradación. Es importante enseñar a los niños a cuidar de sus juguetes, a recogerlos y a guardarlos en su sitio una vez finalizado el tiempo de recreo.
que no sea excluyente por su género. Los juguetes son asexuales e igualmente recomendables para niños y niñas: no es bueno discriminar en el momento de elegirlos. Un muñeco de peluche puede ser un excelente regalo para un niño, del mismo modo que una pelota de fútbol para una niña.
que motive al niño por su diseño, forma o color
que no suponga un desembolso excesivo, ni aunque el niño lo pida con insistencia. El mejor juguete no tiene por qué ser el más caro
Jugar en familia

Psicólogos y pedagogos coinciden en señalar los múltiples beneficios que proporciona el juego en el desarrollo de la personalidad durante la infancia. No sólo por los valores educativos que aportan los juguetes a los niños, sino porque son uno de sus primeros medios de socialización, en tanto que herramientas que les permiten relacionarse por vez primera fuera de su entorno familiar. Previo a este paso, no obstante, es recomendable que los padres sean los primeros en compartir con sus hijos los momentos de recreo. No hay mejores compañeros de juego para un niño que sus propios padres y sus hermanos durante su primera etapa de crecimiento.

En ocasiones, no obstante, los padres utilizan a los juguetes como una excusa para descansar durante un rato del niño, olvidando que jugar en familia es una práctica esencial para establecer una buena comunicación con sus hijos e involucrarse en su educación. No vale regalar muchos juguetes para paliar el poco tiempo que pasamos con ellos, porque a largo plazo, eso sólo contribuye a que los niños se acostumbren a valorar más lo meramente material ante lo que es realmente trascendental para ellos: reconocer la figura del progenitor como un guía y referente para su desarrollo en el mundo exterior.

Y aún hay otro extremo: los padres que utilizan a sus hijos como pretexto para comprarse un juguete para sí mismos. Sólo así se comprenden regalos tales como videoconsolas para niños de menos de 5 años, cuando en las instrucciones de cada juego se especifica claramente para qué baremo de edades están dirigidos. Está bien mostrar entusiasmo por jugar con los hijos, pero no tanto comprar una PlayStation (que a menudo incorpora juegos no indicados para menores) que acaba sirviendo para ver las películas en DVD del videoclub. O peor: para jugar a videojuegos no recomendados para niños mientras éstos se quedan prendados con las habilidades de su padre al mando de la consola.

Las capacidades intelectuales, psíquicas, emocionales y motoras del niño/a se desarrollan de forma más eficaz a través del juego y de los instrumentos necesarios para ponerlo en práctica, los juguetes

Comunicar valores

Numerosos estudios inciden en los beneficios de los juguetes -y del juego en general- como recurso didáctico. Entre otras virtudes, los juguetes determinan el desarrollo del aprendizaje infantil, contribuyendo a:

que los niños aprendan a conocer su entorno e interaccionar con las personas que lo conforman: sus iguales (amigos, hermanos) y el mundo de los mayores (padres y educadores).
que los niños se acostumbren a desarrollar su personalidad de forma autónoma, dando rienda suelta a su creatividad, estableciendo lazos afectivos -con objetos y con personas- y definiendo sus gustos.
que los niños alcancen cierta madurez antes de iniciar su etapa escolar y desarrollen mecanismos de control de su estabilidad emocional (aprendiendo a jugar indistintamente solos y en compañía, compartiendo sus juguetes, asimilando cuándo jugar y cuándo no,…).
que el cuerpo y la inteligencia de los niños crezcan en armonía a través del juego, que se convierte en un medio de expresión y comunicación con el que el niño aprende a superar el egocentrismo propio de su edad.
que los niños desarrollen las funciones psíquicas necesarias para estar preparados de cara a aprendizajes futuros como la percepción sensorial, el lenguaje y la memoria, así como las funciones físicas (correr, saltar, equilibrio y coordinación,…).
que los niños aprendan a superarse, aumenten su autoestima y su confianza en sí mismos y en las personas de su entorno.
que les niños empiecen a interiorizar ciertas normas de comportamiento y disciplina.
Es función de los padres asegurarse de que la actividad a la que los más pequeños dedican la mayor parte de su tiempo sea provechosa para ambos: para los niños, por los múltiples beneficios que comporta; y para los padres, porque representa una oportunidad inmejorable para perfilarse como un referente didáctico ante sus hijos. En cualquier caso, cabe tener en consideración que jugar juntos no hace referencia necesariamente a las actividades que se desarrollan con ciertos objetos (juguetes) o en espacios determinados. El juego puede surgir en cualquier instante y en muy diversas circunstancias y espacio. Leerles un cuento antes de dormir, por ejemplo, puede ser un juego con una capacidad educativa muy potente, tal como explicábamos en un monográfico previo de Entre Padres.

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