La imagen de la mujer en los medios de comunicación

¿Qué imagen de la mujer dan hoy los medios de comunicación social? ¿Se asemeja o discrepa de lo que el Papa Juan Pablo II propone como auténtica promoción femenina en su mensaje con ocasión de la XXX Jornada de las Comunicaciones Sociales? Cuestión nada fácil de contestar. No hay estudios ni encuestas. Pero hay un clima que se palpa y del que hoy voy a hablar:

Es evidente que los media ofrecen una imagen manipulada, falsa, en suma, de la realidad de la mujer en este fin de siglo. Con ramalazos de verdad, sin duda. Sobre todo cuando denuncia injusticias y abusos. Nadie duda de la fuerza del poder de los media. Todos reconocemos su efecto cultural creador y transformador, además de espejo, de la realidad social. La imagen que la publicidad, la televisión, el cine, la radio, la prensa, la propaganda, los libros, la industria musical y hasta las redes informáticas dan y recogen de la mujer en este final de siglo resulta decisiva para lo que haya de ser la mujer en el siglo XXI.
El otro día veía en la tele esa serie Yo, una mujer, cuyo guión es de Santiago Maceda y Carmen Rigalt. Esa historia artificial que no está gustando nada, rezuma egoísmo y tópicos de emancipación femenina. Uno de sus diálogos me dejó helada. La Protagonista, Elena, que se ha instalado a vivir sola tras dejar por sorpresa a su poco ejemplar marido y a sus hijos, en lo que podríamos llamar una crisis de «hastío de rutina vital», o sea, desamor, visita a una amiga. Cuando entra Elena, la amiga pedalea en bicicleta y la niña de la casa se despide con frases desagradables para la madre. Una mirada cómplice de las dos amigas y esta expansión verbal tan caústica como falsa:
– Sólo hay dos cosas agradables en la vida, una es el sexo.
– Y la libertad, completa Elena.
Estas frases proporcionan una idea terrible, por desoladora, de la mujer. Si la liberación que pretenden dar a la mujer es sólo para el sexo y la realización profesional, mal asunto para ella porque le empobrecen la vida. Así la promoción de la mujer resulta una extensión de los privilegios sexuales y profesionales del hombre. Nada tiene eso que ver con la radical afirmación del valor de la vida y del valor del amor, que reclama el Papa como base de la «civilización del amor».
Juan Pablo II, positivamente feminista, ha dicho que «el largo camino de liberación de la mujer» le parece «sustancialmente positivo, aún con sus errores». Hay que encauzarlo, dice, hacia «un proyecto de promoción que contemple todos los ámbitos de la vida femenina, a partir de una renovada y universal toma de conciencia de la dignidad de la mujer». Una dignidad que los no creyentes pueden comprender por su fundamento antropológico y los cristianos, además, por la Revelación.
No dan mejor imagen otras historias y ese maremagnum de programas pobretones y huecos que sientan cátedra de recetas para los malos momentos de la vida. Me refiero a Lo que necesitas es amor y similares. La serie Juntas, pero no revueltas, un mal plagio de la norteamericana Las chicas de oro, presenta a cuatro mujeres frivolonas e insulsas, obsesivas, peleonas y estereotipadas en el estilo del peor feminismo. Todo ello es opuesto a lo que el Papa indica cuando dice que «las mujeres son capaces de llevar amor a todos los aspectos de la vida, incluyendo los más altos niveles de toma de decisión». Y que «la cualidad esencial de la femineidad consiste en comprender en profundidad las exigencias de las relaciones interpersonales».
Recientemente, una cadena ofreció la reposición de Thelma y Louise, una historia aleccionadora y terrible en la que dos jóvenes esposas, muy modernas, terminan una cana al aire en el vacío de la muerte.
El cine no ofrece mejor espectáculo. Las dos películas «con mujer» de temporada, La flor de mi secreto y Nadie se acordará de nosotras cuando hayamos muerto, son elocuentes. En la primera, el triángulo lo integra el marido de la protagonistas, una escritora y su mejor amiga. La madre y la hermana de la protagonista, histéricas. Buena galería de retratos. En la segunda, incontable, lo mejor que se puede hacer es no acordarse de ellas, pobres prostitutas.
No tiene mejor suerte el análisis de los informativos de la televisión. En las últimas semanas, la mujer-noticia aparecía sólo en la sección sucesos, asesinatos de desgraciadas mujeres de vida airada, o en relación con la batalla electoral. Lo más serio que sobre la mujer he visto en televisión durante la primera mitad de febrero, ha sido el debate a cuatro entre Esperanza Aguirre, Cristina Almeida, Pilar Rahola y Cristina Narbona. Tema: la mujer en los programas de los partidos políticos. Se dijeron cosas aprovechables. Se reclamó una promoción de la mujer de acuerdo con ella misma, con sus peculiaridades femeninas. Bien Pilar Rahola, con su defensa de las posibilidades que hay que dar a las madres. Mejor, Esperanza Aguirre con su visión de mujer en la familia y los apoyos que la sociedad debe darle. Exagerada Cristina Almeida, induciendo a las madres a ver menos a los hijos, a preocuparse menos por ellos.
La prensa del corazón viene a ser un escaparate de vidas privadas ilustradas de los famosos o menos famosos, que no son, como se sabe, de gran ejemplaridad. Separaciones, divorcios, romances… Resulta un fresco social falso. Pero tiene una gran influencia. Su peligro está en que suscitan una especie de «culto» e imponen conductas: «imita a los famosos y serás feliz» es el mensaje subliminal que dejan.
En cuanto a la prensa diaria, han desaparecido, afortunadamente, las secciones exclusivas para mujeres. Ya tampoco es noticia la mujer profesional, dada la amplia incorporación de la mujer en la sociedad. Si acaso, figura en los datos del paro como la mayor víctima del desempleo. O porque los partidos políticos se pelean el tener mayor número de candidatas… Pero que se trate la cuestión de la mujer en serio, con la profundidad que requiere, no lo veo por ninguna parte en estos momentos. Acaso existan excepciones, como las semblanzas de mujeres, literatas la mayoría, ajenas al cristianismo, de Rosa Montero en páginas dominicales. Y el estupendo comentario de Eva Reus, en El Mundo, explicando lo que cuesta tener un hijo y la falta de ayuda a las madres. Ahora mismo acaban de sacar una galería de entrevistas con las mujeres de la política, escrito por Luisa Sala y Pilar Ferrer. También recuerdo algún reportaje con mujeres triunfadoras que sacrificaron su posible familia a la profesión y, pasados los cuarenta, solas, echan de menos los hijos que no tuvieron.
Aunque abandona la imagen doméstica de las mujeres en el hogar, como ama de casa y madre, la publicidad, bajo el disfraz de la liberación, sigue explotando a la mujer como símbolo sexual. Otras dimensiones de la personalidad de la mujer están ausentes de la publicidad. La mujer profesional está aún poco representada en los anuncios y menos la trascendencia social de la madre. Es cierto que aparecen hombres que compran detergentes y hombres que cuidan bebés y hombres que limpian y hacen la compra. La publicidad en TV de artículos domésticos ya no tiene que persuadir únicamente a las mujeres para que compren. Pero en los artículos de lujo, joyas, coches, alcohol, se sigue utilizando a la mujer. Y se ha incorporado la utilización de la familia y los niños en la publicidad del coche. Por otra parte, desde las audacias de Taviano, la publicidad ha descubierto al hombre como símbolo sexual.
O sea, que ni los hombres ni las mujeres están bien representados. La femineidad realiza lo humano con acento propio y complementario de la masculinidad. Gran equivocación será buscar una promoción sin tener en cuenta la igualdad en la diferencia tanto de la mujer como del hombre. Es el quid de la cuestión.
En resumen, tengo que decir que la liberación de la mujer se propone en los medios de comunicación simplemente como una extensión de los privilegios sexuales del hombre a la mujer. Que se pretende integrar la liberación de la mujer en la ideología dominante de la sociedad de consumo. Por eso se erotiza la vida de la mujer consumidora, a la vez que se la presenta como imagen y objeto de placer. La fuerza creciente de la mujer en la sociedad es tratada con frivolidad a base de menospreciar el matrimonio y la maternidad, exaltar el sexo y la libertad. Ciertamente, hay una pequeña porción de prensa católica que se preocupa por contrarrestar estas influencias.
La propaganda política que se dice progresista y es promovida por el Instituto de la Mujer, salvo en el campo de ayuda a la formación profesional, se centra, como a la vista queda, en cuestión de sexo y permisividad para abortar. No comprenden que el aborto es lo más antifemenino que existe, pues es como renegar de ser mujer, de ese don especialmente a ella encomendado relacionado con el misterio de la vida.
En general, los medios de comunicación están traicionando a la mujer al no reconocer y valorar sus dones especiales. Al imponer modelos que penalizan en lugar de gratificar la maternidad a la que la humanidad debe su supervivencia. Al pretender que la presencia social activa de la mujer se haga a costa de lo mejor de ella misma, de su propio «genio», de su capacidad para amar, para dar ternura y fuerza, para entregarse a la familia. Al presentarse como modélicos los estereotipos masculinos, que también necesitan cambiar.
Mercedes Gordon

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