LA GRAN OCASIÓN. El descanso de la familia

Antonio Vázquez
Ocasiones nos llegan a todos. Solo necesitamos tener los ojos abiertos para descubrirlas y el ánimo listo para aprovecharlas.

Cabría, ante todo, preguntarse: ¿se ha diseñado las vacaciones a gusto de ella, de él o de los hijos? Parece evidente que al tener cada uno las inevitables diferencias, no ha habido más remedio que ceder cada uno un poco. Cuando no es así, alguno va a rastras, ya empezamos con el paso cambiado, y pueden surgir las desavenencias. Está comprobado que quien se desprende de alguna de sus preferencias para complacer al otro, siente una satisfacción íntima que compensa con mucho el gustazo machacado.

Pueden ocurrir dos cosas: que se alcance un punto de consenso -como dicen los políticos- con lo que todos van satisfechos o, lo que es más frecuente, que alguno de los dos haya , “doblado”. Se impone entonces el sentido común para que aquel que se siente víctima, no pase el verano con cara de acelga. Por encima de todo -ha de proponerse- ¡vamos a pasar unas grandes vacaciones!

Una primera condición es recordar la experiencia de otros años y concluir que el descanso, el pasarlo bien, no están reñidos con el tener un mínimo de orden en la casa. Ya se entiende que no me refiero a los muebles, sino a las personas que los utilizan. Pasarse el día tumbado en una hamaca y mirando a un punto fijo, solo conduce a que la cabeza se quede tan hueca, que haya que rellenarla con aspirina. Todos han de comprometerse a vivir un horario flexible, pero que suponga un mínimo de orden.

Otro de los ingredientes es estar mucho tiempo juntos. Nos pasamos el curso pensando que somos máquinas y este es el momento de vivir unos con otros. Se pueden encontrar tantas fórmulas como la singularidad de cada familia, aunque encuentro dos horas punta: el desayuno y la noche. El desayuno con horario razonablemente acoplado a todos los gustos, puede ser una delicia que se prolongue hablando con buen humor sobre comentarios de los amigos, episodios pintorescos, o las impresiones que todo ello nos sugieren. Es el momento para ver y conocer a los hijos: están ahí sueltos, relajados, espontáneos. Saldrán mil temas para el comentario y la observación oportuna que hace reflexionar. Son momentos para hablar poco y escuchar mucho.

Es también la gran ocasión para que todo el mundo participe en las tareas de la casa. Durante el curso siempre hay coartadas, más o menos habilidosas, para que aparezcan los “listillos”, comenzando por el propio padre, que siempre tienen algo importante y urgente que hacer en el momento de recoger la mesa. En vacaciones todo el mundo tiene que estar disponible y como las tareas de limpieza se simplifican al máximo, si cada uno realiza lo que le toca, en diez minutos está todo terminado y quedan libres para hacer lo que quieran.

Algún lector “malicioso” me estará esperando aquí. ¿Qué hacer con un hijo o hija que quiera volver a las cinco de la mañana? El tema da para escribir un libro, y aunque tengo ahora dos esperando turno, valdría la pena. Ante todo, que sea cual sea la hora a la que se acostó, se levante a una hora razonable: las diez de la mañana. “¡Si hago eso lo tengo todo el día de morro!…” -se puede objetar. Es posible, pero tú con la sonrisa colgada de la cara como si no vieras su entrecejo. Estos asuntos no se resuelven desencadenando la batalla de las Termópilas: tienen que estar resueltos antes de los quince años. En esa educación en libertad, que hemos de conducirle desde que es muy pequeño, el concepto que va delante es el de responsabilidad.

De cualquier modo, es muy distinta la diversión que se pueda tener hasta altas horas de la noche, según se veranee en un lugar u otro. Charlar agradablemente, en la terraza de un bar, en un pueblo de Guadalajara, no es lo mismo que hacerlo en una discoteca, de las que abundan en las playas de moda.

Ese pueblo tiene nombre y los veraneantes también. No exagero ni caricaturizo, estoy hablando de familias y lugares que conozco. Hoy y ahora, no en los años ochenta. Naturalmente esas gentes iban por allí desde que los chavales tenían cuatro años y ahora, ya han hecho pandilla de amigos y esperan con ilusión cada verano. Claro está que los padres, a una edad en la que los niños van a donde los padres les llevan, tomaron la decisión de que en lugar de una playa de moda donde más tarde iban a tener problemas, se buscaron un pueblo encantador y empujaron a otros amigos a hacer lo propio. Puedo dar fe de que alguno de los hijos ya universitarios, que aprovecha el verano para ir al extranjero, afirma que nunca se lo pasó mejor que en aquel pueblo donde había unas suculentas verbenas, donde les dejaban hacer sus pinitos de tocar la batería.

¿Y los padres qué? Pues se iban a la piscina municipal, o a la de algún vecino que les invitaba y después de disfrutar de unos atardeceres inolvidables, de vez en cuando se iban a cenar a un pueblo vecino, donde no le rodeaban dos camareros, pero se comía un cordero de ensueño que veían salir del horno de leña, con un pan ya desconocido y un vino sin etiqueta, que acaricia el paladar y encandila el ánimo.

Efectivamente, cada verano se nos presenta la gran ocasión de plantearnos unas vacaciones con aire puro y agua clara. ¿Aburridos? Más felices que nadie. Haz la prueba.

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