LA FUERZA DE LOS SENTIMIENTOS, LA FUERZA DE LA VOLUNTAD

Elizabete Bengoetxea
Estamos viviendo una época en la que todo parece girar en torno a los sentimientos. Los sentimientos son los que marcan la pauta de conducta y así en función de ellos hacemos una cosa u otra, enjuiciamos hechos y relaciones, nos comprometemos y nos dejamos de comprometer… “Siento “ o “ya no siento” parecen haberse convertido en “verdades objetivas”, y “el me apetece” o “no me apetece” en criterio suficiente para tomar decisiones serias en nuestra vida y en nuestro funcionar cotidiano.

Como dice J.R Ayllón, la cultura grecorromana entendió al hombre como animal racional y social, y como tal lo educó. Lo que apenas dijeron Grecia y Roma es que el ser humano es también esencialmente sentimental. Y es que dentro de la persona bullen un tropel de sentimientos positivos y negativos que pueden ser pasajeros o realmente convertirse en verdaderas pasiones que son las que a lo largo de la historia han desencadenado verdaderos desastres como la persecución nazi, pero también verdaderas y maravillosas hazañas a favor de la humanidad. Efectivamente, minusvalorar los sentimientos en la persona sería no entender lo que es la persona y lo que muchas veces le mueve a actuar. De ahí que una cultura que realmente despreciara el papel de los sentimientos, o no les diera la importancia que tienen en la vida real, sería poco acertada.

El arte de educar es inviable sin una carga afectiva positiva. Educar requiere amar, mostrar cariño y afecto. No hay nada que nos llene y nos satisfaga más que el querer y el sentirnos queridos; y por el contrario nos resistimos a obedecer y secundar ordenes de personas que nos muestran o nos han mostrado poco cariño . De ahí que uno de los mayores retos de los padres y profesores, y clave para una bien lograda educación es éste: saber exigir con afecto.

Pero como hemos dicho, aunque el afecto es imprescindible para educar también lo es la exigencia. Sin exigencia no hay forma de madurar, ni alcanzar la libertad que toda persona desea, ya que para ser libre hemos de ser capaces de hacer lo que nos proponemos y para ello se requiere voluntad.

Como hace poco le oí comentar a JM Contreras en una sesión para profesores en Ayalde, la voluntad es como un músculo que hay que ejercitar. Quien no lo ha ejercitado desde pequeño lo tiene francamente más difícil ya que cualquier cosa que exija el mínimo esfuerzo le parecerá una odisea y se vendrá abajo a la mínima de cambio; sin embargo quien la haya ejercitado verá el esfuerzo como algo más natural, sin demasiado dramatismo. Por eso el facilitar demasiado las cosas a los hijos, el darles todo hecho, el evitarles todo tipo de sufrimientos e incomodidades en la vida impide que los hijos desarrollen el músculo de la voluntad y por lo tanto los hacemos más flojos, más débiles, menos libres para poder llevar a la práctica sus objetivos y metas en la vida a corto y largo plazo.

Los que nos dedicamos a la educación lo experimentamos cada día en las aulas y tutorías con nuestros alumnos: aquellos alumnos que han sido educados entre algodones y caprichos, hacen siempre lo que les apetece, tienen dinero fácil y no demasiadas responsabilidades, son alumnos frágiles que se desmoronan fácilmente ante el mínimo esfuerzo en sus estudios, porque lógicamente, atender, profundizar, memorizar habitualmente no apetecen. Y es que además del afecto de los padres y profesores, la persona necesita ir ejercitando la voluntad para poder madurar adecuadamente y ser fuerte ante la vida. Aunque los medios nos intentan vender que la vida es de color de rosa, lo tenemos bien experimentado que la vida real no es así, por lo tanto hay que proporcionar a los hijos las herramientas útiles para tener éxito en la vida real.

Lógicamente exigir conlleva esfuerzo, sufrimiento, es cansado; por eso en una cultura en la que priman excesivamente los sentimientos como criterio de conducta, en la que la norma es hacer lo que a uno le apetece en cada momento, exigir no está de moda y sin embargo es el único camino para que los hijos puedan madurar, ser dueños de su vida y capaces de usar bien su libertad. El afecto sin exigencia es tan dañino como la exigencia sin afecto, y ambas son deformaciones peligrosas del amor verdadero.

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