LA EDUCACION DE LOS NIÑOS: UN NUEVO DESAFÍO PARA LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Carmen de Andrés
El pasado 24 de enero, festividad de San Francisco de Sales, patrono de los periodistas, Benedicto XVI publicó un mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que se celebrará el 20 de mayo de 2007. El título de esta misiva papal fue «Los niños y los medios de comunicación social: un reto para la educación».

La Jornada de las Comunicaciones Sociales, del próximo mayo, del que os haremos una reseña en esta sección, será la número XLI y su objetivo fundamental ha sido reflexionar sobre «la relación entre los niños, los medios de comunicación y la educación desde dos perspectivas: la formación de los niños por parte de los medios y la formación de los niños para responder adecuadamente a los medios. (…) En este contexto, la formación en el recto uso de los medios es esencial para el desarrollo cultural, moral y espiritual de los niños».

En este documento se nos muestra la preocupación de la Iglesia por los complejos desafíos a los que se enfrenta la educación actual, fuertemente relacionados con el influjo penetrante de los medios de comunicación en nuestro mundo, en muchos casos en contradicción con las enseñanzas morales de la Iglesia, la familia y el colegio.

Por ese motivo, Benedicto XVI nos explica que «educar a los niños para que hagan un buen uso de los medios es responsabilidad de los padres, de la Iglesia y de la escuela. El papel de los padres es de vital importancia. Éstos tienen el derecho y el deber de asegurar un uso prudente de los medios, educando la conciencia de sus hijos, para que sean capaces de expresar juicios serenos y objetivos que después les guíen en la elección o rechazo de los programas propuestos. Para llevar a cabo eso, los padres deberían de contar con el estímulo y ayuda de las escuelas y parroquias, asegurando así que este aspecto de la paternidad, difícil pero gratificante, sea apoyado por toda la comunidad».

Pero el Papa no desvincula de esta responsabilidad a los medios de comunicación, a los que advierte que «toda tendencia a producir programas -incluidas películas de animación y videojuegos- que exaltan la violencia y reflejan comportamientos antisociales o que, en nombre del entretenimien­to, trivializan la sexualidad humana, son una perversión; y mucho más cuando se trata de programas dirigidos a niños y adolescentes. Exhorto nuevamente a los responsables de la industria de estos medios para que formen y motiven a los productores a salvaguardar el bien común, a preservar la verdad, a proteger la dignidad humana individual y a promover el respeto por las necesidades de la familia».

El clásico binomio filosófico entre estética-ética es rescatado por Benedicto XVI en esta carta para dar una visión positiva y posible de la educación de los jóvenes. Esta relación dual debería estar presente en nuestra sociedad, ya que el hombre es solamente capaz de construir obras imperecederas en la medida que invoca a su vertiente espiritual y vierte su sensibilidad sobre una creación. “Cuando se pone a los niños delante de lo que es estética y moralmente excelente- nos recuerda el Pontífice- se les ayuda a desarrollar la apreciación, la prudencia y la capacidad de discernimiento” (…) “La belleza, que es como un espejo de lo divino, inspira y vivifica los corazones y las mentes de los jóvenes, mientras que la tosquedad y la fealdad tienen un impacto deprimente en las actitudes y los comportamientos”.

Este profundo deseo de educar a los niños en el camino de la belleza, de la verdad y de la bondad, sólo será posible cuando los medios de comunicación promuevan la dignidad fundamental del ser humano, el verdadero valor del matrimonio y de la vida familiar, así como los logros y metas de la humanidad.

El Papa termina este documento con una reflexión sobre la “verdadera libertad del hombre” y nos dice que- “muy a menudo la libertad se presenta como la búsqueda frenética del placer o de nuevas experiencias. Pero más que de una liberación se trata de una condena. La verdadera libertad nunca condenaría a un individuo -especialmente un niño- a la búsqueda insaciable de lo fugaz. A la luz de la verdad, la auténtica libertad se experimenta como una respuesta definitiva al «sí» de Dios a la humanidad, que nos llama a elegir lo que es bueno, verdadero y bello, no de un modo discriminado sino deliberadamente. Los padres de familia son, pues, los guardianes de la libertad de sus hijos; y en la medida en que les devuelven esa libertad, los conducen a la profunda alegría de la vida»-.

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