La depresión en los niños

Maite Velasco Pérez

Aproximadamente, dos de cada cien niños y cinco de cada diez adolescentes se deprimen y los estudios señalan que este complejo trastorno psicológico va en aumento.

Son muchas las teorías que intentan explicar esta realidad y múltiples los modelos que lanzan hipótesis sobre las causas de la depresión infantil. Afortunadamente, los avances en este campo son cada día mayores y, tanto psicólogos como psiquiatras, progresan en el estudio y la comprensión de este trastorno y de los factores biológicos, psicológicos y sociales que lo alimentan.

La depresión infantil es un problema psicológico cuyas principales características son:

▪ Estado de ánimo triste o irritable.
▪ Desinterés o ausencia de placer en actividades agradable.
▪ Cambios psicofisiológicos que pueden afectar al sueño y al apetito.
▪ Cambios psicomotores que influyen en sus niveles de energía y su grado de actividad.
▪ Cambios cognitivos que interfiere en la capacidad de pensamiento, concentración y decisión.

Durante la infancia predominan los componentes psicofisiológicos mientras que en la pubertad y la adolescencia adquieren mayor relevancia las cogniciones y la aparición de problemas sexuales.

Para conocer si un niño presenta depresión debe ser evaluado con técnicas psicológicas y, si procede, con pruebas médicas. Es evidente que los padres deberán reaccionar acudiendo a los especialistas, ante la más mínima sospecha sobre la aparición de alguna de las características arriba indicadas. No obstante, cabe señalar un par de observaciones que ayuden ante esta decisión:

▪ La diferencia entre la tristeza normal y el estado de ánimo triste propio de la depresión no es sólo cualitativa sino cuantitativa. El niño deprimido está triste con más intensidad, durante más tiempo y con mayor frecuencia que en otros momentos.

▪ Las conductas de los adultos que conviven en el entorno de un niño que comienza a presentar síntomas de depresión tienden a hacer que éste empeore y que incluso estos síntomas lleguen a convertirse en crónicos.

Esto puede ocurrir cuando se demora la intervención de los especialistas y se aplican -se entiende que inadvertidamente y llevados por la preocupación- reforzadores positivos a las conductas características de la depresión, en forma de mayor interés y mayor atención cuando el niño se siente triste, desanimado, abatido, llora, deja de comer, no juega…, pasando desapercibidas y, por tanto, no valoradas otras conductas más deseables y propias del niño feliz y sano.

Como padres debemos plantearnos cuáles son los factores o situaciones de riesgo que pueden poner en peligro la salud de nuestros hijos, así como conocer los factores de protección que les ayuden a crecer y desarrollarse felizmente.

Algunos factores de riesgo

▪ La pérdida de un ser querido
▪ La depresión de alguno de los padres
▪ La falta de bienestar físico y/o emocional de los padres y/o hermanos
▪ Conflictividad conyugal
▪ Estilos educativos de los padres inadecuados (sobreprotectores, permisivos o sancionadores)
▪ Periodos largos de hospitalización
▪ Nacimiento de un hermano o una hermana
▪ Cambio de colegio
▪ Cambio de domicilio
▪ La imposibilidad de alcanzar las exigencias de rendimiento escolar requeridas por los padres, la escuela o ambos.
▪ La falta de tiempo para la relación con los padres, para el juego o el descanso

Todos estos factores no representan el mismo grado de riesgo para todos los niños. Lo que puede ser un impacto importante para uno puede serlo mucho menor para otro, incluso en circunstancias aparentemente semejantes. Y, lo que puede representar un riesgo muy elevado a los ojos de un adulto quizá resulte anecdótico para un menor.

En todo caso, nuestra tarea como padres y madres consistirá en tomar conciencia de lo que pueden significar para nuestro hijo todos estos “cambios” y reflexionar sobre nuestra propia actitud ante ello.

Algunos factores de protección

▪ Un autoconcepto positivo y realista de sí mismo, donde se pueda poner nombre a las propias cualidades personales y también a las limitaciones.

La labor de los padres en este aspecto consistirá en devolver con cariño, como si de un espejo se tratara, todo el listado de esas cualidades acompañado de refuerzos positivos tanto verbales como no verbales. Y ser muy cuidadosos y correctos con las críticas que hagamos a los niños. Conviene recordar que “hay que criticar las conductas y no la persona”. Desterremos el verbo ser y sustituyámoslo por otros verbos de acción que eviten los estériles e hirientes sentimientos de culpabilidad. No habrá que olvidar tampoco que en este aprendizaje nosotros somos los referentes inmediatos, los modelos de los que, queramos o no, van a aprender (¿cómo está nuestro autoconcepto?, ¿qué pensamos de nosotros mismos?, ¿de qué manera lo transparentamos al exterior?, ¿tendemos a ser perfeccionistas y a no aguantarnos cuando las cosas no nos van como esperamos?, ¿recibimos abiertamente las críticas que nos hacen y sacamos partido de ellas?…). Los pequeños de la casa interiorizan más lo que hacemos de manera natural, que lo que les decimos. Por no hablar de la especial intuición que desarrollan para advertir las contradicciones.

▪ Habilidades de comunicación.

La habilidad para comunicarse de forma efectiva con los demás es sumamente importante para tener buenas relaciones interpersonales y crear redes de apoyo social. Muchos niños parecen desarrollar estas habilidades de forma natural; otros, sin embargo, requieren una instrucción más formal. En la infancia las actividades, los juegos y los deportes se convierten en un campo decisivo para la interacción y, por tanto, para el aprendizaje natural de las habilidades de comunicación. ¿Cuánto tiempo dedican nuestros hijos a estas actividades, en qué condiciones, cuáles son sus opiniones respecto a ellas?
En muchas habilidades de comunicación existe un proceso progresivo en el que se incorporan componentes de una habilidad más básica a otras más complejas. Por ejemplo, escuchar y hacer preguntas son habilidades importantes por sí mismas en los niños pequeños; más tarde, se convierten en componentes de su conversación. ¿Cuáles son los niveles de comunicación dentro de nuestra familia, qué temas se abordan, con qué riqueza de lenguaje, con qué tipo de estilo comunicativo (más o menos agresivo, más o menos asertivo, más o menos…)? .

▪ Capacidad de resolución de problemas.

Todos nosotros estamos constantemente enfrentándonos a problemas y decidiendo cómo solucionarlos. Muchas veces, el proceso de resolver conflictos diarios es tan automático que ignoramos cómo lo hacemos exactamente. No obstante, nuestra vida se paralizaría si no tuviéramos la capacidad de identificar las dificultades y llegar a decisiones eficaces. En este aprendizaje están incluidos los niños porque también ellos se enfrentan con sus problemas diariamente. ¿Cómo se resuelven los conflictos en la familia y en el entorno de nuestros hijos?
Adquirir las habilidades de resolución de problemas tiene, entre otras ventajas, que los niños aprenden a hacer frente al estrés y a la frustración con mayor eficacia. Algunos investigadores se atreven a sugerir que los niños que adquieren gran habilidad en esta área tienen menos probabilidades de desarrollar problemas psicológicos importantes. En todo caso, aprender a resolver problemas de forma autónoma es una fuente de autoestima positiva para el niño.

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