LA CULTURA DEL ESFUERZO, CLAVE DE ÉXITO EN LA FORMACION DE NUESTROS HIJOS

Patricia Gómez
En los ambientes educativos se habla mucho del esfuerzo, y a menudo se entiende en términos del trabajo intelectual. Esto es cierto, pero hasta cierto punto. El esfuerzo tiene un papel más vital que el simple éxito académico. En realidad, es un factor fundamental para alcanzar la madurez como persona.

¿Cómo podemos enseñar a nuestros hijos el valor del esfuerzo?

De entrada podríamos pensar que el esfuerzo se aprende sobre todo en el colegio. Sin embargo, el principal lugar para este importante aprendizaje es la familia. Todas las virtudes necesarias para tener éxito en la vida (realizarse profesionalmente, fundar una familia, forjar amistades duraderas,…) se adquieren en un ambiente de cariño y exigencia proporcionados por la vida familiar de cada niño.

En casa, el niño aprende qué es el esfuerzo, que sentido tiene. Si le enseñamos a esforzarse en cosas pequeñas, será capaz de afrontar cada vez mayores retos. Lo importante es hacer lo que debo, no lo que me apetece. Así, irá controlando su impulsividad, su impaciencia, etc,…

Hay que marcarles metas realistas, adecuadas a su edad y a su carácter, sin infravalorarles y a la vez sin pedirles imposibles.

Nuestro ejemplo de padres es esencial. A los hijos les ayuda ver que sus padres también se esfuerzan, trabajan, no se quejan, asumen sus errores y también los imprevistos sin perder la calma.

Conviene insistir en la cara positiva del esfuerzo: cuesta vencerse, pero después uno está más contento y además la vida le va mejor.

¿Hasta qué punto es importante el esfuerzo?

En la formación del carácter influyen tanto la herencia genética como la educación, pero en distinta proporción, dependiendo de los distintos ámbitos. En el ámbito físico, como por ejemplo la práctica de un deporte, la herencia puede pesar hasta un 80%, mientras que la educación ronda el 20%. Esto significa que si no hemos nacido especialmente dotados para los deportes, será bueno que los practiquemos por su gran contenido formativo, pero mejor no aspirar a ser deportistas de élite, para evitar desengaños.

En el ámbito intelectual ambos factores rondan el 50%, con lo cual aumenta la importancia de la educación en este campo: un talento medio tendrá éxito si trabaja y fracasará en caso contrario.

Finalmente, en el ámbito de la voluntad, la herencia llega al 20% y la educación al 80%. En este terreno, lo prioritario es la educación, no los genes, lo cual es una llamada al optimismo a la vez que a la responsabilidad: no se trata de que el niño haya heredado “el mal genio de su abuela” o de que sea “vago como su tío Perico”: será lo que nosotros le ayudemos a ser, no lo que ha recibido genéticamente.

Teniendo en cuenta que este tercer ámbito es el más importante en la vida de una persona, lo que está en juego es la felicidad de nuestros hijos.

¿En qué consiste el esfuerzo? ¿Cuándo y cómo se educa?

El esfuerzo es un motor: lo que nos ayuda a conseguir las metas que nos proponemos y a superar los obstáculos de la vida diaria. Si un niño se deja llevar por lo que le apetece en cada momento, posiblemente no estudiará, no ayudará en casa,… y cuando sea un adulto no sabrá enfrentarse a las dificultades y contratiempos.

La educación en hábitos empieza cuando el niño es recién nacido. Evidentemente, los primeros meses consiste sobre todo en que crezca rodeado de cariño, y poco a poco el orden, la higiene, la alimentación, van formando parte de su vida diaria, mucho antes de que él tenga uso de razón.

Entre los seis y los doce años tiene lugar el periodo sensitivo de la educación en hábitos propiamente dicha, como la laboriosidad, la responsabilidad, etc,…

Aunque todavía les vemos muy pequeños, los padres tenemos que concienciarnos de que la clave no es ahorrarles el mínimo sufrimiento, sino proporcionarles las estrategias que les ayuden a enfrentarse con las dificultades que van encontrando.

Un ejemplo lo recogía Enrique Orobiogoikoetxea en esta web hace unos meses: “con la mochila al hombro”. Es mejor que el niño lleve sus libros, porque es perfectamente capaz y porque son SUS libros.

Si no, lo que parece una ayuda, es un obstáculo: una persona que no ha tenido oportunidades de esforzarse carece de la seguridad y autoestima que requieren los retos diarios.

Hay que tener en cuenta que los niños y los adolescentes viven el presente. Les cuesta pensaren el futuro, por eso hay que buscar motivaciones que les resulten cercanas, llevarles por un plano inclinado. Probablemente a un adolescente no le motive demasiado “se una persona de provecho el día de mañana” y habrá que recordarle que si quiere salir con sus amigos, primero tiene que estudiar el tiempo previsto.

No hace falta pensar situaciones excepcionales para educar en el esfuerzo: levantarse a la hora, cumplir el horario, comer de todo, ordenar la habitación, terminar lo que se empieza, practicar algún deporte…son ocasiones cotidianas para crecer en este terreno.

La conclusión de estas reflexiones podría ser una vez más que los padres tenemos que ir por delante: si nosotros nos esforzamos, ellos se dan cuenta, aunque no se lo digamos, y nuestro ejemplo será el impulso que ellos necesitan.

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