La cultura del consumo

La publicidad nos anima a consumir constantemente, estamos condicionados a gastar según los parámetros de nuestra sociedad actual. Casi todo lo que compramos no es esencial para nuestra supervivencia, ni siquiera para las comodidades humanas básicas, sino que está basado en el impulso, en la moda, en la creencia de las promesas de los anuncios.

Cada vez más personas consideran el “ir de compras” como un entretenimiento, gastar se ha convertido en algo divertido porque ofrece una satisfacción inmediata. Según el último informe del Worldwatch, el consumismo compulsivo de bienes y servicios es la causa principal de degradación del planeta pero también de los problemas económicos de las familias y de la transgresión de valores que heredan nuestros hijos.

Controlar el gasto
Conseguir buenos hábitos de gasto puede ser un verdadero reto en una sociedad que prospera por su consumo. Sin embargo, los últimos estudios de mercado apuntan que las malas decisiones de compra y un gasto excesivo pueden dejar a las familias con muy pocos ahorros para, por ejemplo, la educación de los hijos o su jubilación.

Según datos del Banco de España, la deuda financiera de las familias españolas durante el primer trimestre de este año equivalía al 90% del Producto Interior Bruto del país, unos 1,05 billones de euros. Los préstamos a largo plazo son la principal carga pero resulta significativo comprobar que los créditos a corto plazo o créditos al consumo fueron los que más aumentaron durante el último trienio.

Planificar detalladamente el gasto semanal en alimentación, transporte y ocio es una medida eficaz para no cometer excesos y controlar el gasto. Sin embargo, es importante tener en cuenta que dos de los factores más peligrosos a la hora de desestabilizar las cuentas familiares son las compras compulsivas o caprichosas y el mal uso de las tarjetas de crédito. La clave del éxito son unos buenos hábitos de consumo y considerar cada euro que se gasta.

Una estrategia sencilla para controlar las compras innecesarias es preguntarse detenidamente, antes de pasar por caja para pagar, si ese producto o servicio que se tiene en las manos es realmente necesario o no es más que un capricho superfluo, resultado de la influencia de la publicidad, de la moda o de un impulso temporal. También puede ser útil detallar en una libreta el presupuesto del mes y todos los gastos que se han realizado para analizar si los hábitos de consumo son erróneos.

Otras estrategias que pueden dar buen resultado para controlar el gasto es hacer un plan de gastos para cada semana o cada mes, usar efectivo en lugar de tarjetas de crédito si eso nos ayuda, comparar precios de productos en distintos establecimientos, esperar a las rebajas, intentar hacer uno mismo cosas por las que se paga a otros para hacerlas y reducir las veces que se decide “ir de compras” como diversión.

Cómo decirles que no
Es importante educar a los hijos en estas pautas de consumo responsable sobretodo porque ellos también están expuestos a la influencia de su entorno: publicidad, televisión y valores sociales predominantes. Pero no hay que olvidar que el primer modelo de referencia de niños y adolescentes son sus padres, por lo que es conveniente ser conscientes de educar desde el principio, dando un ejemplo coherente, constante y preciso.

Los psicólogos alertan a los padres de que colmando de regalos a los niños se les cría en la abundancia, con mentalidad consumista, y de esta manera no aprenden a disfrutar de cada cosa ni a comprender el valor del dinero o del ahorro. Los padres pueden hacer comprender a sus hijos que tener más no significa ser más feliz y explicarles por qué es imposible que se les compre todo aquello que se les antoje en cada momento.

En definitiva, se trata de poner límites, de saber decirles que no. A veces, superados por el cansancio, por los sentimientos de culpa resultantes de pasar poco tiempo con ellos o por falta de paciencia, resulta tentador ceder a las exigencias caprichosas de los hijos. Los padres deben aprender a decir “no” y a no sentirse culpables por ello. Se pueden seguir diversas estrategias para negarse a comprarles todo lo que piden.

No ceder ante las pataletas o lloriqueos y mantenerse firme en una decisión de manera que la conducta paterna sea coherente. Ambos progenitores deben ponerse de acuerdo en la actuación a seguir.
Que sea un “no” razonado. Explicarles por qué en esos momentos no se les puede comprar lo que piden: es demasiado caro, ya tienen muchos juguetes, etc.
Decirles que no se les compra el juguete pero proponerles alguna alternativa placentera como ir a casa, merendar juntos y jugar a algo que les apetezca.
A los hijos adolescentes se les puede asignar una paga semanal para que aprendan a ahorrar y a comprarse ellos mismos sus caprichos. La paga debe ser siempre la misma cantidad y no demasiado elevada.
Que los hijos entiendan la diferencia entre querer y necesitar. Puede resultar útil animarles a compartir o a donar algunos de sus juguetes a una asociación benéfica para que conozca que hay otros menos afortunados que él y valore lo que tiene.
Se considera consumismo o malos hábitos de consumo superar el límite de los 7.000 euros anuales por persona en la compra de bienes y servicios.

El perfil del consumidor del nuevo milenio

Según los barómetros de consumo, el perfil del comprador actual es el de un consumidor cada vez más exigente, responsable con el medio ambiente y crítico con la relación calidad-precio de los bienes y servicios del mercado. Prefiere “ir de compras” a “hacer la compra”, el e-commerce le despierta cierta desconfianza y tiene en alta estima los productos ecológicos aunque los encuentra caros. A la hora de las reclamaciones, cree que él es el principal valedor de sus derechos y siempre suele guardar los comprobantes de la compra.

Los consumidores más jóvenes son los que más se fijan en las etiquetas de los productos para informarse de sus propiedades y su caducidad, creen que el euro ha supuesto una mayor inflación y se sienten compensados por el gasto de ocio y cultura. Los hombres están satisfechos con la información del etiquetado de los alimentos y reconocen que no les gusta ir de compras. Las mujeres son las menos satisfechas con la calidad de los alimentos y se declaran reacias a pagar más por reducir el tiempo de espera en las colas de comercios.

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