LA CRUZ SALE DEL AULA Y ENTRA EL ORDENADOR

Enrique Gutiérrez Crespo
Quizá sea necesario volver a rescatar al crucificado de quienes lo han considerado patrimonio exclusivo de su grupo o de su feligresía. La cruz no es patrimonio de ningún grupo religioso

Hay noticias que resultan especialmente llamativas y que sin proponérselo reflejan la realidad de nuestro tiempo. Recientemente, el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo ha avalado la supresión del crucifijo en las escuelas públicas, argumentado que viola el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones religiosas, así como el derecho de los niños a la libertad religiosa.

Curiosamente, en Euskadi, la salida del crucifijo coincide en el tiempo con la entrada masiva de ordenadores en las aulas de 5º de Primaria. Algunos festejan con alborozo la curiosa coincidencia: el crucifijo, símbolo del poder religioso en una sociedad secularizada como la nuestra… deja paso a la moderna tecnología representada por los ordenadores, sobre los que al parecer nadie ha planteado ante Estrasburgo los riesgos de su uso pernicioso.

Aunque en la inmensa mayoría de las escuelas del País Vasco hace ya tiempo que la cruz ha dejado de tener un espacio central en el aula, no por ello debiéramos obviar la cuestión de fondo: la figura del crucificado en nuestra sociedad y su simbolismo. Educar supone, en gran medida, favorecer una mirada sobre la realidad liberada de estereotipos y prejuicios, porque sólo así es posible un acercamiento certero a lo que se observa o estudia. En este sentido, ¿qué vemos o qué queremos ver cuando miramos al crucificado?

Mas allá de filias o fobias hacia el cristianismo, retirar la imagen del crucificado supone retirar con ella un simbolismo que tiene una gran fuerza desde el punto de vista de la educación en valores. Es posible y necesario reivindicar otra mirada hacia el crucificado, aquélla que ve representados en él a todos los seres humanos que a lo largo de la Historia han sido y son crucificados, expoliados de sus derechos fundamentales por ser pobres, mujeres, discapacitados, inmigrantes. A la vez, la imagen del crucificado representa la de aquéllos que han sabido ser coherentes con su compromiso personal y social con los más desfavorecidos, sin utilizar la violencia y siendo asesinados por ello.

Ahora que tanto preocupa la educación en valores, alejar al crucificado del aula supone perder una oportunidad extraordinaria de acercar al alumnado la historia de esta figura central de nuestra cultura occidental. Al margen de confesiones religiosas, Jesús es un referente en valores humanos cuya existencia ha influido decisivamente en lo que hoy somos.

La escuela y especialmente nuestros jóvenes necesitan modelos para poder desarrollar y crecer como personas. Si no les mostramos modelos de conducta, si la escuela sólo instruye pero no educa, estaremos fracasando en la labor fundamental de un centro educativo: formar a personas. Quizás el gran valor de la vida de Jesús es que puso a la dignidad de la persona en el centro de su vida y de su mensaje: la patria, la religión, el poder, la fama, el dinero… deben estar supeditados a la defensa y reconocimiento de esa dignidad humana.

La ausencia de referentes éticos en nuestra sociedad resulta especialmente dolorosa y acuciante cuando constatamos que un porcentaje significativo de jóvenes vascos justifica todavía la violencia. Quizá sea necesario volver a rescatar al crucificado de quienes lo han considerado patrimonio exclusivo de su grupo o de su feligresía. La cruz no es patrimonio de ningún grupo religioso. La escuela pública ni puede ni debe hacer proselitismo religioso, pero está obligada a formar a ciudadanos con criterio. Debiera ser posible acercarse a la figura de Jesús desde un enfoque estrictamente pedagógico, que no tiene por qué presuponer necesariamente adhesión religiosa. Si la cruz ofende o molesta es que no se ha entendido nada de lo que significó la vida del crucificado.

El pluralismo religioso, cultural y étnico así como el respeto a las convicciones personales constituyen valores a defender en nuestra sociedad. Pero ese pluralismo no debería favorecer un relativismo moral que justifique el ‘todo vale’ y la ausencia de referentes éticos, cuyas consecuencias son evidentemente perniciosas a todos los niveles. Los derechos humanos constituyen, sin duda, el eje sobre el que debiera pivotar la educación ética de los ciudadanos.

Valorar y analizar la vida de Jesús y la de otros personajes históricos y actuales desde la perspectiva de su contribución a la defensa de la dignidad humana, resultaría una propuesta didáctica de gran valor educativo. En cualquier caso sabemos que las palabras tienen un efecto educativo secundario si no se acompañan de gestos y conductas coherentes. La innovación tecnológica en las aulas es necesaria, pero proponer al alumnado y a nuestros hijos e hijas modelos de personas cuya vida refleje un compromiso con la dignidad humana resulta imprescindible para formar a ciudadanos responsables y libres.

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