LA AFECTIVIDAD Y LA SEXUALIDAD DE LOS MINUSVÁLIDOS

Raramente se habla de la afectividad y de la sexualidad de las personas minusválidas. Esto es, quizá, debido a los apriorismos y a las respuestas ya listas que, con frecuencia, descuidan esa realidad que se observa diariamente. En todo caso, la búsqueda conceptual es relativamente pobre para dar cuenta de la vida afectiva y sexual de las personas minusválidas.

Tony Anatrella,
psicoanalista y especialista en psiquiatría social
Resumen de una conferencia pronunciada en París (*)

Si se quiere estimular su vida afectiva, es preciso en primer lugar, favorecer el desarrollo de las aptitudes que permiten establecer relaciones y ejercer una función en medio de los demás. Y procurando darles informaciones precisas sobre la vida afectiva y sexual, la reproducción, las normas sociales y las leyes morales. Pero debemos ir más a fondo en la investigación, teniendo como objetivo la persona y la dimensión subjetiva de la calidad de su vida. Si la persona presta atención a esos aspectos subjetivos, significa que es capaz de expresar sus quejas, sus expectativas y de reflexionar sobre su vida afectiva utilizando criterios propios para valorar las propias necesidades. Debemos también animarla a desarrollar las relaciones afectivas que la realizan en su personalidad sexuada masculina o femenina. Evidentemente, eso dependerá siempre de sus posibilidades personales. Sea lo que fuere, debemos liberarnos de una visión restrictiva de la persona minusválido mental que hace abstracción de su vida afectiva y sexual. El amor es un carácter específico humano, del cual debe participar también la persona deficiente mental.

¿Cómo viven los minusválidos la vida afectiva y sexual?.

Vamos a limitarnos a observar a adultos minusválidos mentales leves: personas que saben expresarse verbalmente, realizar tareas prácticas, y a veces escribir o leer, aunque con muchas dificultades. Los problemas y los comportamientos afectivo-sexuales no dejan de manifestarse en su vida diaria; si muchos de estos comportamientos están presentes, por lo menos en estado de representación, en la vida psicológica de las personas denominadas normales, en las personas minusválidas son a menudo más impulsivos y menos elaborados. Por eso se ha tomado la costumbre de interpretar su comportamiento como una simple reacción física que serían incapaces de controlar.

Al examinar la vida afectivo-sexual, hay que tener en cuenta varios factores: 1) La comprensión intelectual del sujeto tendrá, desde luego, repercusiones en su vida afectiva y sexual. Algunos aspectos de la fisiología se resisten con frecuencia a su raciocinio. 2) El aspecto físico y biológico interesa, igualmente, para saber si uno es hombre o mujer. 3) La vida afectivo-sexual se vive en un clima emocional muy intenso, partiendo de la percepción que tiene la persona de su propio cuerpo, que aceptará o rechazará. La vida afectiva se expresa también en el deseo de ser autónomos, a veces de crear un hogar y ser reconocidos como hombre o mujer. 4) La dimensión de la vida relacional es también un aspecto muy importante que la persona minusválida es capaz de expresar. La necesidad de ser importante para alguien, de ser valorado y estimado, de ser objeto de atenciones especiales. 5) En fin, el medio ambiente cultural influye también en la idea que tiene la sociedad de la vida afectiva de las personas minusválidas y de la vida familiar.

No es raro, pues, ver jóvenes adultos que buscan una relación de pareja e incluso plantean el problema del nacimiento de un niño. La cuestión es distinta, según se trate de sujetos que difícilmente se adaptan a la realidad, o si uno de los dos, en la pareja, tiene más facilidad para arreglárselas socialmente. Hay que plantearse el problema de la posibilidad intelectual de educar al hijo. Las experiencias en jardines infantiles, donde se ayuda a los padres a educar a su hijo, han tenido a veces buenos resultados. Todo depende, evidentemente, de las posibilidades personales y del apoyo social que se preste a esas personas. Tropezamos a menudo con falsas ideas que ponen en duda el hecho de que las personas minusválidas puedan desarrollar todas sus posibilidades intelectuales y afectivas y, aún más, deban procrear. Esta actitud sistemática es peligrosa, pues no permite valorar las verdaderas potencialidades y limita injustamente, en muchas personas, realidades que algunas de ellas podrían vivir y asumir. Por supuesto, la procreación es una cuestión muy delicada, pero eliminarla completamente de la reflexión no es cosa saludable.

Educación afectiva y sexual

Si observamos su comportamiento, se nota que esas personas, con frecuencia, se interesan por la sexualidad, aunque sus preguntas sean torpes. Por su parte, la persona minusválida expresará a veces dificultades, más que todo de orden psicológico, con malestares corporales, como se observa con frecuencia en la mayoría de las personas, pero sin que se pueda ir más allá en la investigación de orden psíquico. La persona puede, así, utilizar los términos anatómicos a su antojo. Es posible que el médico explique muy bien el diagnóstico y describa el órgano enfermo a esa persona que, no teniendo conocimientos exactos, podría recibir esa información sin tener en cuenta la realidad de su propio cuerpo. Por eso es importante dejar que haga todas las preguntas relativas a su cuerpo e impartirle una educación afectiva y sexual según una visión global del cuerpo.

La educación a la higiene corporal debe comenzar durante la infancia y la adolescencia. Es importante, por tanto, dar a entender que hay que cuidar del propio cuerpo, y establecer una relación con él, para presentarse ante los demás. La persona no siempre es sensible a este aspecto de las cosas, ni al papel que pueden tener en la comunicación humana.

El funcionamiento del cuerpo es también una fuente de mayor bienestar, o de «malestar», en particular a través de la alimentación. El comedor debe ser acogedor y las comidas un momento agradable y de placer. Esto puede, sin embargo, verse contrariado por múltiples dificultades, por ejemplo, dolores de estómago, porque la persona come demasiado rápidamente; obesidad, porque no sabe dominarse y come una gran cantidad de golosinas, y estreñimiento por falta de ejercicio físico. Hay que insistir, a menudo, en los detalles de esos comportamientos, para ayudarles a comprender mejor lo que conviene hacer para estar bien con el propio cuerpo.

Al abordar las cuestiones de la sexualidad en términos corporales, para ayudarles a situar su cuerpo sexuado y a limitar todos los temores imaginarios que pueden surgir, no debemos dejar de hablarles de la relación con el «otro», de los movimientos de la vida afectiva, del sentido de responsabilidad y de la ética. Se pueden observar progresos cuando se les dan esas informaciones y las personas pueden integrarlas. Si nos limitamos a la mera descripción de las funciones sexuales, independientemente del resto del cuerpo, corremos el peligro de darles una visión aumentada respecto a otros órganos.

La evolución fisiológica y biológica del minusválido mental se realiza, en general, como en las demás personas. No obstante, algunas disminuciones impiden la concepción, pero el deseo de tener hijos puede estar presente, tanto en los hombres como en las mujeres, aunque en realidad no piensen tenerlos. Es preciso, por consiguiente, ser cautos respecto a ese deseo de tener hijos que ellos manifiestan, pues es difícil inculcar aptitudes, conocimientos y experiencias que uno mismo no posee.

El desarrollo psicológico de la persona minusválida está caracterizado también por las grandes etapas de la evolución psicosexual de todos los individuos. La vida afectiva se elabora gracias a la educación, a las aportaciones culturales de distintos tipos, y a la educación religiosa que está centrada en el sentido del amor de Dios. El período de la adolescencia se presenta como un tiempo de autonomía y de afirmación de la propia individualidad, lo que a veces crea conflictos con el entorno. La superprotección de los que la rodean puede producir en la persona minusválida una dificultad para establecer relaciones con los demás. Es una actitud lamentable, que no estimula a las personas minusválidas a crearse amistades, ya que se les dificulta establecer relaciones de amistad a largo plazo. Por eso es importante atenderlas y situarlas en un ambiente social donde las relaciones entre las personas son interactivas y durables. Así ellas se sienten apoyadas en su esfuerzo de autonomía, viven en comunidad y pueden llevar más libremente sus relaciones. Ayuda a que sepan evitar ser objeto de manipulación, de chantajes afectivos o de atropellos sexuales: debe encontrar el valor de decir «no», o de pedir ayuda.

El objetivo de la educación afectiva y sexual ayuda a que cada uno adquiera conciencia de su propio cuerpo y de sus movimientos emocionales, para poder dominar sus deseos y ser responsable de su relación, según un cierto número de valores cristianos, como el sentido de la intimidad personal, el respeto de sí mismo y del otro, el amor y el compromiso que dan todo el significado al acto sexual.

La falta de información puede producir angustias y representaciones mágicas. Algunos se ponen a buscar informaciones, cuando los educadores no les han proporcionado los elementos necesarios, y encuentran revistas y producciones pornográficas que desvirtúan su descubrimiento y su comprensión de la sexualidad.

¿En qué sentido se ha de orientar la educación afectiva y sexual de las personas minusválidas?

1) Centrarse en el significado de la persona. Es importante basarse en su experiencia, sus necesidades, sus descubrimientos y sus interrogantes acerca del sentido del amor humano. La persona minusválida tiene una experiencia de vida afectiva, ha podido tener varios aprendizajes relacionales, ha descubierto su cuerpo, establecido relaciones con personas de su mismo sexo o del otro, y construido una representación de sí misma. Hay que saber tener en cuenta toda esa experiencia y el papel que han desempeñado los padres para responder a las preguntas e inquietudes (y falsas creencias) de su hijo respecto a la sexualidad.

2) Serenidad y mayor bienestar. El objetivo de la educación afectiva de la persona minusválida consiste en ayudarle a “estar bien consigo misma”, en su cuerpo y en sus relaciones con los otros. Hay, pues, que velar por que se establezca un clima amistoso y cordial. Para lograr ese mayor bienestar, es necesario que reciban las informaciones que corresponden a sus exigencias y expectativas, las normas sociales que regulan las relaciones afectivo-sexuales y los valores morales. Parece indispensable no disociar nunca la sexualidad y la capacidad de reproducción en la relación de la pareja. La actividad reproductiva es una modalidad relacional de la vida de la pareja; la sexualidad es un diálogo con el otro y una expresión de sí mismo que compromete y que enriquece la relación amorosa. Estas verdades tienen la ventaja de situar la sexualidad en el contexto de una perspectiva dinámica que podrá ayudar a la persona válida a controlarse y a vivir relaciones de mayor respeto hacia sí misma y hacia los otros.

3) El sentido del amor. No existe una educación afectiva y sexual si no está centrada en un sistema de valores que exprese el sentido del hombre y del amor humano, como es el caso en la vida cristiana. Hay que enseñar a esas personas que la relación de la pareja formada por un hombre y una mujer se funda en el amor que viene de Dios, y que el nacimiento de un hijo es la expresión de ese amor que crea una responsabilidad. Pero también existen otras maneras de expresar ese amor, a través de la sociabilidad y de la amistad. Esta orientación les proporcionará los elementos que les servirán de punto de partida para unificarse en aquello que a menudo, en los minusválidos, es una vida afectiva dispersiva.

4) El sentido de responsabilidad. La persona minusválida tiene el derecho de saber cómo está hecho su cuerpo, cómo se concibe y nace un hijo. Pero la respuesta a esas preguntas tiene siempre que ser pedagógica y proporcionada a las capacidades intelectuales del sujeto. Por eso la tarea pedagógica de los padres y educadores consistirá en ayudar a esa persona a manejar su relación afectiva, a tomar opciones y a dominar sus comportamientos. Podrá incluso expresar el deseo de tener un hijo, lo que será a veces sintomático o real. Es tarea de los padres y educadores que la rodean darle a comprender todo lo que exige e implica la responsabilidad de concebir y educar un hijo. Sin rechazar ese deseo, que plantea problemas específicos entre los minusválidos, deberemos tratarlo en forma humana, aunque tengamos que explicar los límites más allá de los cuales sería peligroso aventurarse. La mayoría reconoce que es posible ser felices sin tener hijos. Si no se pueden satisfacer sus expectativas es necesario ponerse a la escucha de ellas, para que puedan expresar su anhelo de relación amistosa. Esa escucha ayuda a comprender mejor lo que ellas viven y la falta de información que reflejan en sus preguntas, para permitirles situarse en la realidad, de acuerdo con sus propias posibilidades.

Conferencia publicada en “La familia y la integración del minusválido en la infancia y en la adolescencia”. Ediciones Palabra, en la colección “Documentos mc”. Madrid, 2000, pag. 141-159.

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