José Ramón Ayllón, “Sigmund Freud”

Hemos de hacer de la teoría sexual un dogma, una fortaleza inexpugnable.

Sigmund Freud Filosofías de la sospecha

La mezcla inseparable de razón y deseo constituye al hombre. Una mezcla explosiva y altamente inestable, cuyo control pertenece por definición a la razón, que a lo largo de la historia ha diseñado diversas estrategias de integración. Sabemos que el hedonismo es la negación de esa función rectora. En la práctica muy fácil de seguir, pero muy difícil de sostener como postura intelectual. Ni siquiera Epicuro se atrevió a llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Para llegar a la justificación racional del hedonismo hubo que esperar al siglo XX.

Las bombas de la Primera Guerra Mundial también cayeron sobre la cultura europea bimilenaria. Aplastado por la tragedia, el hombre occidental que surgió de los escombros quiso olvidar el pasado como una pesadilla. La promesa ilustrada y positivista de un mundo feliz por el camino de la ciencia había terminado en un cruel desengaño. La libertad, la igualdad y la fraternidad de la Revolución Francesa poco tenían que decir a un continente sembrado de cadáveres. Con todo, la Gran Guerra no fue el fin de la historia. La vida sigue, y era preciso construir una nueva civilización. Se trataba de edificar sobre nuevos cimientos, porque el pensamiento anterior se había derrumbado: el descrédito minaba la razón griega, el orden romano y el corazón cristiano. Los supervivientes volvieron entonces la mirada hacia cuatro nuevos puntos cardinales: Darwin, Marx, Nietzsche y Sigmund Freud (1856-1939). Tenían en común la desconfianza en la razón, la interpretación de la historia desde la sospecha.

Marx acusaba a la razón de haber sido la herramienta de los poderosos para someter a los débiles, de forma que “toda la historia ha sido una historia de lucha de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas”. La ética, concebida como producto del egoísmo de las clases dominantes (Marx), también será interpretada como efecto del resentimiento de los débiles (Nietzsche), de una psicología reprimida (Freud), y de sofisticados mecanismos biológicos (Darwin).

Se hacía necesario criticar la perspectiva moral, desenmascarar la hipocresía, liberar al hombre de su engaño, desencantarle y revelarle que los preceptos y prohibiciones del pasado eran meras ilusiones. Contra la enfermedad de pensar hay un remedio: conceder al instinto primacía sobre la razón. Y para dejar las cosas claras, toda la ambigüedad del vitalismo de Nietzsche la concreta Lenin en la violenta lucha de clases, y Freud en dos palabras: liberación sexual.

El psicoanálisis

El célebre psicoanálisis freudiano es el estudio de los elementos que integran el psiquismo. Constituye una teoría general del comportamiento humano, que se reduce a las tensiones entre el principio del placer (manifestación directa o indirecta del instinto sexual) y el principio de realidad, que constantemente se opone al placer. Lo que originariamente surgió como método de investigación y terapia de las neurosis, se convirtió progresivamente en teoría general, no sólo del comportamento humano, sino de la misma naturaleza del hombre y de sus manifestaciones fundamentales. Se transformó así en una determinada antropología.

Freud distingue en la conducta humana un fondo inconsciente y una actividad consciente. En el inconsciente se encuentran las raíces de la actividad consciente. Mientras las tendencias o impulsos de este fondo fluyen libremente hasta el nivel consciente, la vida psíquica es normal. Pero si encuentran alguna resistencia en su emerger y son rechazados del plano consciente al inconsciente, se produce una alteración patológica. Esta represión significa la inversión del proceso natural, que ahora va de lo consciente a lo inconsciente. En eso consiste el desequilibrio psíquico.

La pulsión natural del inconsciente es bautizada por Freud como ello, y actúa fundamentalmente como libido o energía sexual, que busca su satisfacción o descarga de acuerdo con el principio del placer. Bajo el influjo del mundo real, una parte del ello se transforma en el yo, que representa el deseo consciente de satisfacer el placer y evitar el dolor. Pero surge un fuerte obstáculo en su camino. “Como sedimento del largo periodo infantil en que el hombre en formación vive dependiendo de sus padres, nace en el yo una instancia particular que perpetúa esa influencia parental: el superyo”. El yo recibe el impulso sexual y lo satisface, lo difiere o lo reprime, de acuerdo con el principio de realidad y el superyo, productos de los convencionalismos sociales. La personalidad del hombre es el resultado de este proceso, y crecería sana si la satisfacción de los instintos fuera libre.

Para Freud, toda la historia y la cultura son el resultado de dicha tensión, pues el pensamiento, el arte y la religión son, en el fondo, productos de la sublimación de una libido siempre insatisfecha. Toda creencia religiosa, en el plano individual y en el colectivo, queda reducida a neurosis obsesiva. Freud se enfrentó en concreto a la religión católica en una lucha ideológica sin cuartel. En El porvenir de una ilusión (1927) escribió:

El intento de conseguir una forma de protección contra el sufrimiento mediante una reelaboración ilusoria de la realidad es la empresa común de un número considerable de personas. Las religiones humanas tienen que ser clasificadas en el grupo de las ilusiones masivas de este tipo. No necesitamos aclarar que quien participa de una ilusión jámás le asigna este carácter.

La cita no tiene desperdicio, pero la idea ya es vieja: en tiempos de Sócrates, Critias, el más violento de los Treinta Tiranos, había escrito lo mismo en su tragedia Sísifo.

Contra la conciencia

También la conciencia moral, en el centro de toda la ética clásica, es rechazada por Freud como mero recurso de seguridad, creado colectivamente para proteger el orden civilizado contra la temible agresividad de los seres humanos. Quizá la esencia del freudismo sea el intento de abolir la idea de culpa:

La tensión entre el áspero superyo y el yo que le está sometido recibe en nosotros el nombre de sentimiento de culpa. Con él, la civilización se impone al peligroso deseo individual de agresión, lo debilita y lo desarma, y crea en el propio individuo una entidad que lo vigila, como una guarnición en una ciudad conquistada.

La conciencia viene a ser una de las caras del superyo, y es el precio elevadísimo que los individuos pagan para preservar la civilización: el precio de “la infelicidad personal, por la tensión del sentimiento de culpa”. Freud se propuso demostrar que el sentimiento de culpa no pertenece a la esencia del hombre, y que constituye el obstáculo más importante para el desarrollo de la civilización. Si es la sociedad quien inventa la culpa, entonces los sentimientos personales de culpa son ilusiones que conviene rechazar.

Fiel a su tiempo, Freud interpreta “los procesos psíquicos como estados cuantitativamente determinados de elementos materiales ostensibles”. Esta postura mecanicista concibe el psiquismo como una maquinaria cuyos elementos serían el ello, el yo y el superyo. Otras partes de la máquina son el consciente y el inconsciente. Y en ella entran en juego fuerzas que se descargan o se reprimen, con una dinámica propia de los sistemas físicos. Fuerzas que se reducen al impulso sexual, protagonista exclusivo de las eventuales averías o disfunciones del aparato psíquico.

Significado de la sexualidad

La crítica fenomenológica ha puesto de manifiesto el trasfondo apriorístico y artificial del psicoanálisis, que encuentra lo que previamente ha decidido encontrar. Con gran sinceridad lo declaró Freud a su discípulo Jung: “tenemos que hacer de la teoría sexual un dogma, una fortaleza inexpugnable” (Jung, Memorias). Esta impostura provocó que Chesterton escribiera: “Los ignorantes pronuncian Freud. Los informados pronuncian Froid. Yo, sin embargo, pronuncio Fraude.”

El joven Popper obsevó que la actitud de Freud frente a la prueba científica fue muy distinta a la de Einstein, y más afín a la de Marx. Lejos de formular sus teorías con alto grado de contenido específico que facilitara la comprobación y la refutación empíricas, Freud les confirió un carácter global que dificultó la verificación. Y cuando aparecían pruebas en contra, modificaba las teorías para adaptarlas al nuevo material.

Freud sabe que hay algo desproporcionado en el protagonismo de la sexualidad en la naturaleza humana. Algo que impide equipararla a las demás emociones o experiencias elementales como el comer y el dormir. Pero Freud, en lugar de dedicar a ese impulso una atención especial, es partidario de la desatención, de concederle luz verde. Pero la propuesta freudiana de una sexualidad tan libre como cualquier otro placer, y la consideración de que el cuerpo y sus instintos son pacíficos y hermosos como el árbol y las flores, o bien es una descripción del Paraíso perdido, o un montón de psicología superada desde los tiempos de Sócrates. Proclamar la conquista de un mundo feliz por la liberación de los instintos es ignorar su desorden latente. Una sensibilidad espontánea, liberada de lo racional, desemboca siempre en la degradación. Lo sabemos por experiencia. Y también sabemos que una correcta antropología es siempre jerárquica: la razón está para llevar la batuta, lo mismo que los pies están para andar y los pulmones para respirar. Si la razón no prevalece sobre los sentidos, es dominada por ellos: un pacífico estado intermedio es, en este terreno, un pacisfismo imposible.

Razones del éxito

Las ideas de Freud han conquistado amplísimos sectores culturales y sociales. Las razones del éxito son múltiples. Ahora sabemos que las tesis fundamentales del psicoanálisis se apoyan sobre una dudosa base científica, pero Freud poseía ambición, talento literario e imaginación. Acuñaba neologismos y creaba lemas con facilidad y fortuna, hasta el punto de incorporar a su lengua palabras y expresiones nuevas: el inconsciente, el ego y el superego, el complejo de Edipo, la sublimación, la psicología profunda, etc.

Otra parte del éxito se debe a Einstein. Con la Teoría de la Relatividad, parecía que nada era seguro en el movimiento del universo. Y por un sorprendente contagio, la opinión pública empezó a pensar que no existían absolutos de ningún tipo, ni físicos ni morales. Un gigantesco error vino a confundir la relatividad con el relativismo, y nadie se asustó más que Einstein al comprobar la publicidad imparable del error provocado por su obra. Era el caldo de cultivo perfecto para Freud.

Mucho más importante fue el descubrimiento de sus obras por parte de artistas e intelectuales. En 1919 Marcel Proust publicó “A la sombra de las muchachas en flor”, quizá el primer experimento literario de relativización del tiempo y de las normas morales. El segundo experimento no se hizo esperar: se llamaba “Ulises”. Joyce y Proust estaban modificando el centro de gravedad de toda una visión milenaria de la vida. Ellos ignoraron la herencia clásica que confería al hombre una voluntad y una responsabilidad precisas. Ahora el hombre se diluía en un confuso montón de sensaciones, compatibles con todos los desequilibrios. Proust reconoce en sus personajes “el más grande de todos los vicios: la falta de voluntad que impide resistir a los malos hábitos”.

Aldous Huxley sostiene en su novela “Contrapunto” las tesis de Nietzsche y Freud sobre la liberación sexual: “abandónense los instintos a sí mismos y se verá que hacen muy poco daño. Entonces yo le aseguro que este mundo se parecería mucho más al reino de los cielos”. Huxley no busca el libertinaje sino la armonía del placer, la misma que en su día planteó Epicuro. Pero parte de un grave error, pues intentar un equilibrio intensamente sensualista supone un modelo antropológico utópico.

Freud se creía en posesión de una clave secreta para interpretar la vida humana. Parecía tener una explicación nueva y sugestiva para todo. Y ese gnosticismo propio de algunos iniciados siempre ha sido anzuelo para intelectuales. Gide, Aldoux Huxley y Thomas Mann se le rindieron, entre otros muchos. Del Surrealismo, a pesar de sus orígenes independientes, podría pensarse que nació para expresar visualmente las ideas freudianas.

Paul Johnson ha escrito en “Tiempos modernos” que Marx, Freud y Einstein formularon el mismo mensaje durante la década de 1920: el mundo no era lo que parecía. La percepción empírica del tiempo y del espacio, del bien y del mal, de la justicia y el derecho, no merecían confianza. Si la política europea se desplomaba con la Gran Guerra, la ética cortaba las amarras que la anclaban en el derecho y la tradición. Marx profetizó la lucha de clases. Nietzsche, la victoria del superhombre. Freud, la liberación sexual. Los tres acertaron: se acercaba la época de los estadistas pistoleros y el hedonismo del buen salvaje.

En “The closing of the American mind”, Nietzsche y Freud aparecen como responsables del profundo nihilismo y relativismo de valores que Allan Bloom denuncia como una de las peores plagas de su país: “He visto crecer en esta tierra el relativismo de valores y sus derivaciones hasta un grado que nadie hubiera sospechado”. El lenguaje de los estadounidenses -dice Bloom- aparece perfectamente asociado a la revolución de valores de Nietzsche y Freud. Sus conceptos fundamentales forman parte del vocabulario popular y de la mentalidad norteamericana. En sus películas, Woody Allen sólo presenta neurosis con origen sexual, y parece creer que pueden ser curadas con un poco de terapia y buena voluntad.

En el 2000, la devoción por Freud se ha enfriado bastante, y entre los intelectuales más prestigiosos se alzan voces de abierta disidencia: “El psicoanálisis me llena de incredulidad. La teoría de mi padre como rival sexual y de cierto complejo de Edipo universal, hace tiempo refutada por la antropología, me parece un melodrama irresponsable” ( George Steiner, “Errata”).

Tomado de “Luces en la caverna”

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