José Ramón Ayllón, “Nietzsche”

Existe un feroz dragón llamado “tú debes”, pero contra él arroja el superhombre las palabras “yo quiero”.

Nietzsche Las generaciones que heredaron el optimismo de la Ilustración acabaron pronto en el desencanto. Comprobaron que las promesas de paz y prosperidad no se cumplieron, y que el sueño de felicidad universal siguió siendo un sueño, pues -como diría más tarde Camus- “los hombres mueren y no son felices”. Entonces Marx, y luego Nietzsche, y luego Freud, sentaron en el banquillo a la diosa Razón y lanzaron contra ella la acusación de incompetencia e impostura. Nacieron así las filosofías de la sospecha, cuyo objetivo se centró en relevar a la razón de su función rectora y confiar a los resortes humanos irracionales las riendas de los destinos humanos.

Aspectos biográficos

Si Hume cortó las amarras con el deber, el propósito de Nietzsche (1844-1900) será firmar su partida de defunción. Es el gran profeta de la ética concebida como expresión de la autonomía total del individuo, el responsable de un tipo de conducta peligrosamente desvinculada. Con sus escritos llevó a cabo una gigantesca operación de demolición cultural, un desguace donde no dejó títere con cabeza. Su objetivo central fue la religión cristiana, pero de paso arremetió contra la Grecia clásica, el positivismo, el evolucionismo, la democracia, el Estado moderno y la música de Wagner. Por ello, el espacio que vamos a dedicar a Nietzsche no es excesivo. Está justificado por su importancia en la configuración de la cultura del siglo XX. Voluntaria o involuntariamente, el pensamiento occidental es en gran medida nietzscheano.

Nietzsche fue la bestia negra de todo lo que se cruzó en su camino, el retrato perfecto de la intolerancia y el fanatismo: defectos que hoy no se perdonan, salvo en su caso, porque sabemos que era un enfermo incurable que vivió a la desesperada. Como Sísifo, Nietzsche vivió condenado a soportar la carga de una enfermedad crónica y progresiva, que le llevó hasta la locura y la muerte prematura. Su obra se abre con una apasionada afirmación de la vida, dramática si se tiene en cuenta que es la proyección de la impotencia de un enfermo.

La vida es un valor que se afirma sin más lógica que su fuerza de surgimiento. Y el símbolo escogido es el dios griego Dionisos, exponente máximo de una civilización que se embriaga en los instintos vitales y planta cara a la incertidumbre del destino. Sin embargo, Nietzsche no toma como modelo la Grecia clásica de Pericles, Sócrates y Fidias. Habla de la época presocrática, instintiva y sensual, en la que todavía no habían triunfado la moderación, la medida y el equilibrio del dios Apolo. La decadencia del ideal nietzscheano surge en Grecia cuando Eurípides intenta eliminar de la tragedia el elemento dionisíaco en favor de los elementos morales e intelectualistas. Entonces la vida se transforma en superficialidad silogística y surge Sócrates, con su loca presunción de entender y dominar la vida mediante la razón. Nietzsche juzga a Sócrates y a Platón como “síntomas de decadencia, instrumentos de la disolución griega, pseudogriegos, antigriegos”.

El ataque al cristianismo ocupa un lugar privilegiado entre las obsesiones destructivas de Nietzsche, quizá como reacción contra la atmósfera pietista que respiró en su niñez. No se trata de una crítica académica sino de una oposición visceral: “Yo considero al cristianismo como la peor mentira de seducción que ha habido en la historia”. Dios es “una objeción contra la vida”, y “la fórmula para toda detracción de este mundo, para toda mentira del más allá”. El cristianismo es la religión de la compasión, pero “cuando se tiene compasión se pierde fuerza. La compasión entorpece la ley del desarrollo, la selección natural; conserva lo que ya está dispuesto para el ocaso, opone resistencia en favor de los desheredados y de los condenados por la vida. La compasión es la praxis del nihilismo, y nada hay más malsano en nuestra malsana humanidad que la compasión cristiana”.

Como observó Jaspers, para cada afirmación de Nietzsche podemos encontrar su contraria en sus mismas obras. De su fascinación por la figura de Cristo proceden estas palabras: “Cristo es el hombre más noble”; “Lo que dejó en herencia a los hombres fue el ejemplo de su vida: su comportamiento ante los jueces, los esbirros, los acusadores, y ante toda clase de calumnias y escarnios, su comportamiento en la cruz”. “El símbolo de la cruz es el más sublime que haya existido jamás”. Cristo fue un “espíritu libre”, pero el Evangelio también “fue suspendido de la cruz” y murió con él: se tranformó en Iglesia, en odio y resentimiento contra todo lo noble y aristocrático.

Críticos modernos como Lange y Reyburn han visto en la teoría del superhombre ideas morbosas con explicación en la acentuada psicopatología del autor. Su biografía corre paralela a su enfermedad, instalada de forma crónica desde los 29 años: depresiones, fuertes jaquecas y dolores de estómago, reumatismos, cegueras, etc. A los treinta y cinco años, después de constantes ataques graves, dimite de su cátedra de Filología Griega y se dedica a buscar por el sur de Europa descanso para su desequilibrada naturaleza. A los 39, su lucidez mental se extingue en Italia un 3 de enero. Moriría once años más tarde, en 1900, sin haber recobrado la razón. Y su fama empezó a extenderse por Europa hasta colocarle en los primeros puestos de la filosofía contemporánea. Por una cruel ironía del destino, lo que Nietzsche ofreció al mundo fue su propia tragedia de enfermo doliente en su exaltación del ansia de vivir.

El superhombre y la muerte de Dios

Si como hombres nos es negada la felicidad, quizá como superhombres podamos alcanzarla. Y seremos superhombres si nos atrevemos a desprendernos de la máscara racional del deber, esa artimaña del débil para dominar al fuerte. Nietzsche predicó la inversión de todos los valores, y supo evaluar las consecuencias de su pretensión con enorme clarividencia:

Mi nombre estará un día ligado al recuerdo de una crisis como jamás hubo sobre la tierra, al más hondo conflicto de conciencia, a una voluntad que se proclama contraria a todo lo que hasta ahora se había creído, pedido y consagrado. No soy un hombre, soy una carga de dinamita.

Para lograr la inversión de los valores, Nietzsche debe arrancarlos de su raíz fundamental. Así se entiende su obsesión por decretar la muerte de Dios:

Ahora es cuando la montaña del acontecer humano se agita con dolores de parto. ¡Dios ha muerto: viva el superhombre!

La pretensión de Nietzsche es expresada por Dostoievski con fórmula que ha hecho fortuna: “Si Dios no existe, todo está permitido”. En el mismo sentido, diversos pensadores han afirmado, a modo de ejemplo, que contra la libertad de asesinar no existe, a fin de cuentas, más que un argumento de carácter religioso. Porque la imposibilidad de matar a un hombre no es física, es una imposibilidad moral que nace al descubrir cierto carácter absoluto en la criatura finita: la imagen y los derechos de su Creador.

La muerte de Dios es necesaria para el advenimiento del superhombre. Esta tesis esencial en Nietzsche ya fue expresada por Confucio en una línea: “Si no se respeta lo sagrado, no se tiene nada en que fijar la conducta”. En el mismo sentido, Platón lamenta la dificultad de mover a los hombres a la justicia -que tantas veces exige un gran sacrificio- si no se la presenta acompañada en el más allá por una plenitud de premios para la virtud y de castigos para el vicio. Y cuando pone en boca del sofista Calicles la apología del superhombre, el elogio de la ley del más fuerte, hace que Sócrates le responda con el mito homérico de Crono y el juicio de los muertos, “ese juicio que según creo vale más que todos los de la tierra juntos”.

Calicles había defendido la autoridad natural del fuerte sobre el débil, sin necesidad de leyes y principios morales. Su mensaje es repetido por Nietzsche dos mil años más tarde:

Durante demasiado tiempo, el hombre ha contemplado con malos ojos sus inclinaciones naturales, de modo que han acabado por asociarse con la mala conciencia. Habría que intentar lo contrario, es decir, asociar con la mala conciencia todo lo que se oponga a los instintos, a nuestra animalidad natural. ¿Pero quién es lo bastante fuerte para ello? Algún día, sin embargo, en una época más fuerte que este presente corrompido, vendrá un hombre redentor, que nos liberará de los ideales y será vencedor de Dios y de la nada.

La muerte de Dios es el más grande de los hechos. Un acontecimiento que divide la historia de la humanidad: “Cualquiera que nazca después de nosotros pertenecerá a una historia más alta que ninguna de las anteriores”. Es un suceso cósmico, del que son responsables los hombres, y que les libera de las cadenas de lo sobrenatural que ellos mismos habían creado. La muerte de Dios es la muerte definitiva del deber y la victoria de la autonomía absoluta. Sin Dios, todo norte moral desaparece, y todo puede ser disuelto por la duda.

Hasta hoy no se ha experimentado la más mínima duda o vacilación al establecer que lo bueno tiene un valor superior a lo malo. ¿Y si fuese verdad su contrario?

Éste es el problema que plantea la Genealogía de la moral. En ella reflexiona Nietzsche sobre los mecanismos psicológicos que iluminan el origen de los valores. Parte de la convicción de que la moral es una construcción ideológica para dominar a los demás. En concreto, un invento de los débiles para sojuzgar a los fuertes. Más en concreto, una venganza intelectual de los judíos contra sus enemigos y dominadores. Con los judíos comienza la rebelión de los esclavos, la inversión de los valores de los vencedores. Desde que los judíos inventan la religión y el más allá, los poderosos son malos, y los hombres vulgares son buenos. El cristianismo hereda esta corrupción judía del odio contra los buenos. Hasta que llega Nietzsche. Con él se desvanecerán las mentiras de varios milenios, y el hombre se verá libre del autoengaño de la ilusión.

No existe providencia ni orden cósmico: “La condición general del mundo para toda la eternidad es el caos, en el sentido de una privación de orden, de forma, de hermosura, de sabiduría”. El mundo no tiene sentido, pero gira atrapado por la necesidad de repetirse: es la doctrina del eterno retorno, que Nietzsche vuelve a tomar de Grecia y de Oriente. El mundo no avanza en línea recta hacia un fin, ni su devenir consiste en un progreso, sino que

todas las cosas vuelven eternamente, y nosotros con ellas. Hemos sido eternas veces en el pasado, y todas las cosas con nosotros. Retornará esta telaraña, y este claro de luna entre los árboles, y también un momento idéntico a éste, y yo mismo.

El hombre debe descubrir que esa es la esencia del mundo, y aceptar y amar esa necesidad, sin escabullirse hacia mundos ideales. Esto es lo que enseña Zaratustra.

El propósito de Nietzsche es suprimir la última garantía de los valores. Por eso dice Zaratustra:

¡Os conjuro, hermanos míos: permaneced fieles a la tierra, y no deis fe a los que hablan de esperanzas sobrenaturales! En otras ocasiones el delito contra Dios era el mayor de los maleficios, pero Dios ha muerto. Ahora lo más triste es pecar contra el sentido de la tierra.

Un nuevo deber nos llama a la autoafirmación biológica, a la victoria de los señores sobre los esclavos. Nietzsche sueña con una aristocracia de la violencia, y se opone al ideal de igualdad buscado por el socialismo y la democracia: “El hombre gregario pretende ser hoy en Europa el único hombre autorizado, y glorifica sus propias cualidades de ser dócil, conciliador y útil al rebaño”.

El influjo de Nietzsche en el nazismo es un hecho demostrado. Nietzsche no fue nazi ni antisemita, pero la violencia de su lenguaje y la imprecisión de su ideal dieron todas las facilidades para su manipulación. No es suficiente decir que él no pensaba así y hubiera vomitado ante los atropellos de Hitler. Tampoco vale decir que se ha producido una tergiversación de su pensamiento, pues cabría preguntarse cómo y por qué fue posible lo que tan ingenuamente se llama tergiversación. Por eso ha dicho MacIntyre que, al menos, “hay una profunda irresponsabilidad histórica en Nietzsche”.

El superhombre en la literatura

La personificación de la autonomía moral absoluta -pretensión del superhombre- ha sido abordada en grandes obras literarias. ese múltiple análisis arroja un curioso balance unánime: se trata de una pretensión inviable, inhumana. Macbeth, la inolvidable tragedia de Shakespeare, es un retrato del hombre ahogado en su propia inversión de valores. De forma casi vertiginosa, el protagonista y su mujer se ven envueltos y absorbidos por su culpabilidad progresiva, al intentar alcanzar a cualquier precio el poder. Shakespeare nos muestra la tragedia psicológica y física de dos personas arrastradas por su ambición sin límites. El diagnóstico del médico real había sido certero: “Los actos contra la naturaleza engendran disturbios contra la naturaleza”.

Cuando nace Nietzsche, el superhombre estaba en el ambiente. En 1865 había aparecido en la escena literaria rusa Rodian Raskolnikov, decidido a demostrar a hachazos su superhombría. En Crimen y Castigo, Dostoiewski nos lo presenta como un joven estudiante de Derecho obsesionado por demostrarse a sí mismo que pertenece a una clase de hombres superiores, dueños absolutos de su conducta, por encima de toda obligación moral. Raskolnikov elige una definitiva prueba de superioridad: cometer fríamente un asesinato y conceder a esa acción la misma relevancia que se otorga a un estornudo o a un paseo. Dicho y hecho: una vieja usurera y su hermana caen bajo el hacha del homicida.

Raskolnikov repite varias veces que tiene la conciencia tranquila, pero lo cierto es que su vida se va tornando desequilibrada, sufre episodios de enajenación mental y acaba confesando voluntariamente y en la cárcel. Sin embargo, su postura no ha cambiado: en ningún momento reconoce la inmoralidad de su doble asesinato. Su posición inamovible parece aproximarle al superhombre que quiere ser. Pero Dostoiewski nos desengaña pronto: deja entrever que la conciencia de Raskolnikov estaba tranquila porque estaba estropeada. Tenía la tranquilidad de lo que está muerto o inservible y, por ello, la balanza moral había dejado de sopesar la magnitud moral de los actos. Ésta es la pregunta decisiva que Dostoiewski formula implícitamente al lector de Crimen y castigo: ¿Qué hacemos con un superhombre mentalmente desequilibrado? ¿Merece la pena pagar por el superhombre el precio de la locura?

Después de Shakespeare y Dostoiewsky, Jack London diseña otro superhombre literario que llega pronto a millones de lectores. Se trata de Lobo Larsen, capitán de un navío dedicado a la caza de focas. Ejerce un dominio tiránico sobre la tripulación, y ve la vida como una agitación confusa donde “el pez grande se come al chico para seguir moviéndose, y el fuerte al débil para conservar su fuerza”. Tambien los hombres “se mueven para comer y comen para moverse. Viven para su vientre, y su vientre vive para ellos. Es un círculo vicioso que no llega a ninguna parte. Al final, se paran y no se mueven más: están muertos”.

Los valores morales no existen para Lobo Larsen, y son radicalmente reducidos a la condición de pegote cultural adherido a la personalidad por medio de la educación recibida. En una ocasión, desarmado frente a un hombre que le apunta con una pistola y que tenía motivos para matarle, le dice fríamente:

¿Por qué no disparas? No te lo impide el miedo sino la impotencia. Tu moral es más fuerte que tú. Eres esclavo de las opiniones que has leído en los libros y sostienen las personas que te han educado. Desde que aprendiste a hablar, te han metido en la cabeza un código que te impide matar a un hombre indefenso. En cambio, sabes que yo mataría a un hombre desarmado con la misma tranquilidad con que fumo un cigarrillo.

Lobo Larsen no advierte que su amoralidad también está condicionada por la educación recibida, por una educación que puede educar o maleducar la conciencia. Jack London no pasa por alto ese detalle que da la clave de su encefalograma moral plano:

¿Quieres que te hable de las penurias de mi vida de niño? ¿De cómo salí en barco desde que andaba a gatas? ¿De cómo mis hermanos, uno tras otro, se fueron a la granja de aguas profundas y no volvieron jamás? ¿De mí mismo, grumete analfabeto a los diez años, en los barcos de cabotaje? ¿De aquella vida en la que los golpes eran nuestro desayuno y nuestro lecho? El miedo, el odio y el sufrimiento eran las únicas experiencias espirituales. Detesto recordar. Me vuelvo loco cuando pienso en aquellos tiempos.

La goleta de Lobo Larsen es la sociedad en miniatura que Jack London elige para mostrar en qué se convierte una sociedad real gobernada por el superhombre:

Los cazadores de focas seguían discutiendo y vociferando como una raza anfibia, semihumana. El aire estaba saturado de maldiciones y obscenidades. Veía sus caras congestionadas e iracundas, con un aspecto brutal distorsionado por la débil luz amarilla del farol que oscilaba al ritmo del barco. A través del espeso humo, las literas parecían los cubiles donde duermen los animales de un zoo.

Lobo Larsen acabó mal, como el propio London, como Macbeth, como Nietzsche. Lo mismo que el sueño de la razón produce monstruos, el sueño de la autonomía moral absoluta produce personas frustradas y sociedades ingobernables. Individuos peligrosos, no tanto superhombres como supercafres. Jack London confiesa que lo sabía de antemano: “Al empezar mi carrera de escritor ataqué a Nietzsche y a su idea del superhombre. Fue en El lobo de mar”.

El crepúsculo del deber

Si pasamos de la teoría literaria a la realidad cotidiana, vemos que la psicología del superhombre ha triunfado en el sentido que MacIntyre denuncia cuando escribe que “los ácidos del individualismo han corroído nuestras estructuras morales”. Desde la Revolución Francesa, el deber moral fue definitivamente aligerado de su fundamento divino, y sólo quedó apoyado en un fundamento civil. Hoy estamos más empeñados que nunca en la vieja pretensión del superhombre: acabar con el mismo deber y sustituirlo por el individualismo, implantar sobre la tumba del deber el reinado de la real gana.

A los ojos de los actuales herederos de Voltaire, toda ética basada en el deber aparece como imposición rigorista e intransigente, dogmática, fanática y fundamentalista, saturada por el imperativo desgarrador de la obligación moral. Como dice Lipovetsky en El crepúsculo del deber, hemos entrado en la época del posdeber, en una sociedad que desprecia la abnegación y estimula sistemáticamente los deseos inmediatos. En este Nuevo Mundo sólo se otorga crédito a las normas indoloras, a la moral sin obligación ni sanción. “La obligación ha sido reemplazada por la seducción; el bienestar se ha convertido en Dios y la publicidad en su profeta”.

Como se aprecia, Nietzsche goza ahora de una salud que no tuvo en vida. Sus ideas han dado lugar, después de Hitler, a millones de pequeños superhombres domesticados. Pero tampoco nos salen las cuentas. Lipovetsky reconoce que la anestesia del deber contribuye a disolver el necesario autocontrol de los comportamientos, y a promover un individualismo conflictivo. Cita como ejemplos elocuentes la durísima competencia profesional y social, la proliferación de suburbios donde se multiplican las familias sin padre, los analfabetos, los miserables atrapados por la gangrena de la droga, las violencias de los jóvenes, el aumento de las violaciones y los asesinatos. Son efectos de una cultura -dice- que celebra el presente puro estimulando el ego, la vida libre, el cumplimiento inmediato de los deseos.

Los predicadores de la desvinculación moral siempre han soñado con la muerte del deber y el nacimiento del individualismo responsable. Pero el vacío dejado por el deber ha mostrado deficiencias estructurales. Lipovetsky advierte que en la resolución de esos conflictos nos jugamos el porvenir de las democracias: “No hay en absoluto tarea más crucial que hacer retroceder el individualismo irresponsable”. Si su libro El crepúsculo del deber se abría con un optimismo que sonaba a música celestial compuesta para la coronación del buen salvaje, doscientas páginas después, Lipovetsky empieza a desdecirse y denuncia las trampas de la razón posmoralista, apela con todas sus fuerzas a la ética aristotélica de la prudencia, explica cómo en todas partes la fiebre de autonomía moral se paga con el desequilibrio existencial, y reconoce abiertamente que la solución a nuestros males “exige virtud, honestidad, respeto a los derechos del hombre, responsabilidad individual, deontología”.

La autonomía moral

La libertad moral parecía una conquista sin límites, del mismo tipo que las conquistas tecnológicas. Y no se reparó en que la naturaleza social del hombre hace de la libertad un concepto limitado y relativo que se funda en la justicia, se define en las leyes, y exige responsabilidad. Por todo ello, la autonomía absoluta es inviable en sociedad. Sería posible si fuésemos dioses o bestias, como apuntó Platón. En este sentido, es muy significativo que las cárceles estén llenas precisamente de individuos que ejercieron alguna vez la autonomía sin límites, esa prerrogativa que tiende a convertirse en mecanismo de destrucción.

La autonomía moral es, por sí sola, una forma vacía que está pidiendo ser llenada por la realidad. Lo mismo que un terreno no determina la calidad de lo que se construye sobre él, la autonomía no asegura la calidad ética del que obra. De hecho, todo delito supone una conducta autónoma. Más que causa, la autonomía es condición de la conducta ética, la parte formal del actuar moral, el recipiente vacío. La conducta humana es necesariamente autónoma y heterónoma: comemos lo que queremos, pero la bondad y la necesidad del alimento no dependen de nuestro querer. La autonomía es una condición que hay que proteger, pero poner en ella todo el peso de la moralidad es acentuar la indefinición, la ambigüedad, como hicieron las brujas que engañaron a Macbeth.

Tomado de “Luces en la caverna”

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