Inventarse el verano Julián Báscones – El Norte de Castilla, 18 de julio 2010.

Hoy todavía son muchos los adolescentes y jóvenes que al llegar las fechas de dejar aparcada la mochila de los libros, al llegar la etapa del descanso, se plantean la pregunta de qué hacer durante el período estival, cómo vivirlo de forma diferente, lejos de los horarios, de los apuntes, de los exámenes, del estrés, de la subordinación y de la disciplina, y cómo descubrir un juego distinto para que el verano sea fecundo y exquisito. Al parecer no resulta nada fácil recoger aquellas ofertas que a cada uno en particular le pueden servir, cuando se dan tantas y tan variadas. Porque muchas de ellas no encajan con determinados estilos de ver las cosas, con los proyectos que interesan, con las expectativas depositadas.

Desconozco si en la planificación vacacional del colectivo juvenil cuenta las necesidades de los demás, si está dispuesta a poner el tiempo libre al servicio de esta causa. No obstante, ahí están los campos de trabajo, las colonias, y los campamentos, las prácticas recreativas, a las que tienen acceso cientos de muchachos y muchachas, aglutinados por el colegio, la parroquia, la asociación de barrio o las entidades públicas. Todo un enorme caudal de energías y de actividades que nunca se debe confundir con una oferta barata, divertida y relajante de pasar el tiempo veraniego, con una ocasión de buscar un ‘mal rollo’, un rollo postizo, o con aquella que programa la industria del ocio que invita al consumo trepidante y frenético de horas y a la diversión, a la locura y a la disipación.
¡Quién lo duda! Existe mucho mar, pero siempre es el mismo mar. Hay muchos bellos parajes y montañas, ésa es la verdad, pero siempre se presentan bastante cuesta arriba. Hay mucho pueblecito sembrado en esas anchas tierras de la geografía española, pero una vez que se les hinca el diente ya no tienen apenas nada que decir. Hay un verano para las motos y las bicicletas, pero también puede haber mucho verano para el senderismo y para el contar los miles de pasos que vamos dando al tiempo que contemplamos el libro abierto del paisaje. El contacto con la naturaleza, especialmente a través de los campamentos de verano, ha ido creciendo con el transcurso de los años, al mismo ritmo que se han acumulado las experiencias y modos de pasar esos días de luz y alegría en medio de las montañas.
De un tiempo a esta parte, se ha intensificado en los grupos y movimientos el deseo inconformista de ofrecer al mundo de la juventud, junto con el descanso y la diversión sana, unas jornadas de formación y de enriquecimiento con los valores físicos, humanos y cristianos. De ahí la importancia que tienen los padres, en el momento de elegir esta actividad para sus hijos, para que no se dejen guiar simplemente por la variedad, ni tampoco por el precio o por el lugar, sino por los grandes ideales que en ella se transmiten. Cuando todos saben que sin los grandes ideales es difícil vivir y respirar en un ambiente puro y poco contaminado, cuando se da una concepción chata y roma de la existencia y cuando se busca disfrutar al máximo, acomodarse a lo que pasa, satisfacer los deseos inmediatos.
El campamento, ese sueño acariciado y programado, es una manera de inventarse el verano, de llenarlo de calidad. Calidad que supone dirigir la propia vida a partir de aquellos valores que convierten a las personas en libres, abiertas a los otros, que gozan con lo pequeño, lo que no se compra con dinero. La tienda, el saco de dormir y la mochilla se van a convertir en estos días en el equipaje de muchos jóvenes. Y los parajes montañosos y costeros la dirección de sus pasos, bajo el cayado del monitor y el equipo de cocina. ¡A vivir y convivir, a descubrir la naturaleza, a sudar la camiseta, a pensar un poco, a cultivar algunos valores y a encontrarse con los otros, y si es posible con Dios!

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