IMPLICAR A LOS PADRES

Carmen Barreiro
«Los padres no pueden ser detectives de sus hijos, pero tampoco son sus colegas». El psiquiatra Juan Antonio Abeijón es el responsable del programa piloto puesto en marcha por Osakidetza como modelo de intervención para niños y adolescentes con consumos problemáticos y dependencia del alcohol y otras drogas. El equipo del doctor Abeijón trabaja desde hace tres años en el centro sanitario Julián de Ajuriaguerra de Bilbao con consumidores no toxicómanos de 14 a 24 años, una «franja de especial fragilidad» por la «escasa conciencia que los afectados tienen de lo que están haciendo». Los usuarios acuden al centro acompañados por sus padres para realizar la terapia de grupo. «Cada uno por su lado», explica.

En la mayoría de los casos, las familias demandan el servicio después de visitar al médico de cabecera o por iniciativa de los progenitores, que se ven desbordados por un problema que les supera y al que no saben cómo hacer frente. «La primera actitud cuando sospechan que su hijo se droga o bebe demasiado alcohol es pensar que será algo pasajero y no le dan más importancia». Error. «Es mejor reaccionar y meter la pata que no hacer nada», explica el responsable del programa. No obstante, Juan Antonio Abeijón tampoco es partidario de «dramatizar». «Hay que afrontarlo de la forma más natural posible», recomienda.

Lo primero que piensan los padres es que han hecho algo mal. Un sentimiento de culpa que en muchos casos les lleva a actuar de «manera incorrecta o poco eficaz». Ante una situación de este tipo, la primera duda que asalta a los progenitores es cómo abordar el problema sin enfrentamientos ni grandes dramas. «’Le doy la paga o se la quito’; `le prohíbo salir o le dejo libertad’; `controlo todos sus movimientos o hago como si no me importase’… Los mejor en estos casos es no andarse por las ramas y preguntar directamente para buscar soluciones conjuntas», recomienda el doctor Juan Antonio Abeijón.

Seis porros al día

Aunque los jóvenes que participan en el programa acuden a la terapia de grupo acompañados por sus padres, los progenitores no entran en la sala. «Tienen sus propias reuniones», señala el psiquiatra. A1 principio les cuesta entrar en la dinámica, poco a poco los jóvenes agradecen la terapia. «Uno de los chicos, consumidor diario de seis porros desde los catorce años, me llegó a decir que se alegraba de que sus padres le hubiesen descubierto, porque vio que podía- contar con ellos. Su reacción le tranquilizó», recuerda Abeijón.

En el centro de la sala donde se realizan las reuniones de grupo, los jóvenes han colocado un pequeño naranjo que cuidan y riegan cada vez que acuden al centro. «Es una manera de que asuman responsabilidades», añade.

Uno de los primeros síntomas para detectar si un adolescente tiene problemas con las drogas o el alcohol es precisamente el rendimiento escolar o los cambios de actitud en el entorno familiar. En este sentido, el director del Servicio de Salud Mental, José Antonio de la Rica, insistió en la importancia de implicar a todos los sectores de la sociedad en el seguimiento de los menores.

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