Ignacio Sánchez Cámara, “El guirigay ético” (parejas de hecho), ABC, 21.IV.2001

El PSOE ha presentado una proposición de ley que prevé la modificación de tres artículos del Código Civil para reconocer el derecho al matrimonio de las parejas del mismo sexo. La oposición socialista parece sucumbir así a esa variedad de «progresismo» frenético que bien pudiera denominarse «síndrome holandés». Si el PP pretende legalizar las parejas de hecho (con lo que dejarán de ser parejas de hecho), el PSOE no puede permanecer impasible, que a «progresistas» no hay quien les gane. Dejaron pasar varios años de gobierno y ni asomo de matrimonio homosexual. Presentaron por dos veces en la pasada legislatura una propuesta de regulación de parejas de hecho, y otra más en septiembre de 2000. Y nada de matrimonio. Ahora eso es ya insuficiente. Siguiendo la ruta holandesa, hay que abrir el camino jurídico al matrimonio homosexual. Mucho me temo que aquí habrá cualquier cosa menos un debate moral serio y fundamentado, sino más bien una reedición de esos habituales guirigais éticos en los que se discute desde posiciones valorativas opuestas e inconmensurables entre sí. Un vano diálogo de sordos, vamos. Pero los defensores de la medida se encuentran prisioneros, al menos, de dos falacias. Según una, estaríamos ante un caso de ejercicio del derecho a la autonomía personal, que no perjudicaría a nadie. Según la segunda, la privación de ese derecho entrañaría una inaceptable discriminación. Todo ello aderezado con la hipertrofia de los derechos tan característica de nuestra época, obsesionada por la nivelación y la igualación de las condiciones. El primer argumento falla porque afecta a una institución social básica como es la familia y a los derechos de los eventuales hijos adoptivos. La familia está vinculada a la transmisión de la vida, y dos personas del mismo sexo pueden hacer muchísimas cosas juntos, pero no precisamente procrear. Además, aunque se tratara de una mera cuestión de autonomía personal, el argumento quizá podría conducir al absurdo, pues no habría razones para negar el derecho al matrimonio a los grupos ni para oponerse a la poligamia o a la poliandria o, si se quiere ser muy imaginativo, para rechazar la pretensión de un extravagante ciudadano de formar pareja de hecho con su animal de compañía. Al fin y al cabo, si los animales ya tienen derechos, ¿por qué no podrían heredar? Estamos ante un caso más del curioso combinado que forman el desvarío «progresista», el resentimiento moral y la pasión niveladora. Lo diferente aspira a ser tratado como igual. Toda diferencia deviene agravio. Pero se da ahora el curioso fenómeno de que quienes en otras épocas detestaban a la familia burguesa o a la religión católica, ahora aspiran a integrarse en ellas como buscando una respetabilidad que entonces despreciaban. Hace unos días la portada de un diario nos regalaba la imagen de una pareja de varones homosexuales que, lejos de sugerir promesas liberadoras o «progresistas», rezumaba la quintaesencia de los añejos valores burgueses. Ahora la transgresión parece consistir en la invasión del espacio burgués y en la usurpación del rito católico. Para estos aburguesados neotransgresores, la dicha suprema sería contemplar la celebración del matrimonio religioso de una pareja de varones, oficiado en un templo católico por una sacerdotisa, a ser posible madre soltera para que los nuevos cónyuges pudieran, en su caso, adoptar al vástago. No son enemigos del orden burgués sino sus meros «ocupas». Los viejos «progres» eran mucho más simpáticos y coherentes, y jamás se les hubiera ocurrido reivindicar el matrimonio, ni bajo su forma civil ni bajo la canónica. Poco importa lo que sea el matrimonio y cuáles sean sus fines naturales. Lo que importa es que el guirigay ético no decaiga.

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