HIJOS DE LA NADA

Por Francisco de Borja SANTAMARÍA

Dos jóvenes electrocutados al huir de la policía, 7.000 coches quemados en 20 días –que son la continuación de otros 30.000 calcinados a lo largo de diez meses- y una espectacular pirotecnia de mobiliario urbano, colegios y otros edificios ardiendo en nuestra vecina Francia dan qué pensar. Lo malo, como siempre, es que no sabemos muy bien qué, y se nos pone cara de tontos. ¿Qué puede estar fallando en una sociedad desarrollada para que ocurran cosas como esta revuelta juvenil? La cuestión resulta difícil de digerir –sobre todo, si pensamos que no es un problema francés, sino de Occidente- porque revela un profundo malestar en los jóvenes y porque suena a una enrabietada enmienda a la totalidad por su parte: “todo lo que habéis montado –parecen decirnos- nos importa un comino; lo que nos ofrecéis no lo queremos; vuestro mundo nos da asco: iros a paseo, meteos vuestro mundo por donde os quepa”.

No es indignación lo que manifiestan los jóvenes revoltosos, sino puro rechazo. Para indignarse es preciso afirmar un valor; el exabrupto –quemar coches es una de sus modalidades-, en cambio, es la pura constatación de la insatisfacción vital. La indignación remite a una esfera de valores desde la que se juzga una injusticia o una deficiencia; para enfadarse, sin embargo, basta con no estar satisfecho, con no haber saciado uno o muchos deseos. La indignación puede producir una protesta, y la protesta, una propuesta. Puede ser útil distinguir entre protesta y queja. La protesta contiene un punto de solidaridad, se articula desde el anhelo de un “mundo” mejor, de un estado de cosas mejor para todos, en el que se proyecta el presente y se valora lo que falta. La queja, en cambio, simplemente saca a la luz la insatisfacción, la desesperación, el malestar; no es ni tan siquiera desengaño y, por supuesto, no contiene ningún elemento de solidaridad: asume la lógica individualista de la sociedad que rechaza. El joven insatisfecho no protesta; se limita a dejar constancia de su malestar, pero sin propuestas; se trata de un estado de ánimo netamente negativo, sin horizonte. La comparación entre el mayo francés del 68 y su noviembre del 05 ilustra debidamente la diferencia entre protestar y quejarse.

Al parecer, lo que está ocurriendo en Francia venía siendo anunciado por los raperos del hip-hop: sus letras venían avisando de que la situación resultaba insostenible y de que lo que les ofrece la sociedad establecida carece de todo interés para ellos. Lo preocupante es que la cultura del hip-hop –el desencanto hecho ritmo, estética cutre, droga y violencia- cada vez tiene menos de marginal.

Si el termómetro fuera el gusto por el hip-hop, desde luego, la marginalidad habría que extenderla a la gran mayoría de los jóvenes adolescentes. El ocio de los jóvenes los fines de semana, montado sobre extenuantes e interminables sesiones de botellón, drogas y sexo de entretenimiento, las crecientes dificultades de convivencia en las aulas y fuera de ellas, la estética horrorosa de sus prendas y de su vocabulario, lamentablemente, no es un problema de un sector marginal de la juventud: todo ello invade como una marea a los jóvenes y adolescentes de todas las clases sociales.

Pienso, por ello, que sería un error de perspectiva valorar los disturbios juveniles de Francia fundamentalmente como expresión de un fracaso del Estado del bienestar (insuficientes subsidios o servicios sociales). Más bien habría que verlos como un fenómeno característico de las sociedades prósperas. Puede que los protagonistas del vandalismo callejero en Francia provengan de sectores sociales con escasos recursos, pero su situación material, probablemente, sea bastante mejor que la que tuvieron que soportar sus padres y sus abuelos. Quizá haya que pensar más bien que el problema no es que no tengan; la cuestión es que saben que se puede tener más. Por eso, no es aventurado pensar que nos encontramos ante una revuelta característica de la sociedad consumista.

El vacío que expresan tanto los jóvenes revoltosos como los más pacíficos de otras ciudades europeas, prematuramente entregados al alcohol y a las drogas y volcados en la movida, no es otra cosa que el hastío característico de la vida concebida en clave consumista. Los bienes de consumo –los Mp3, CD’s, videojuegos, televisores, ordenadores, hamburguesas, cocacolas, ginebras y pastillas, motocicletas, prendas deportivas, gorras, etcétera- constituyen todo el horizonte vital que son capaces de proyectar infinidad de jóvenes.

No cabe duda de que, en este sentido, la socialización –la transmisión de valores a las jóvenes generaciones- ha funcionado a las mil maravillas: los jóvenes han sabido captar perfectamente qué es lo importante para los adultos. Su revuelta callejera, sus ritmos y danzas, las letras de sus músicas y su movida de fin de semana representan el mejor espejo donde se puede ver reflejada una sociedad que pivota sobre el consumo como valor supremo. En la queja insatisfecha de los jóvenes, los adultos pueden advertir que no han sido capaces de proporcionales nada realmente valioso.

Podrá argüirse que la sociedad adulta tiene también otros valores. Sin duda perviven valores más elevados, pero tienen ya mucho de reliquia del pasado en un momento en el que lo que sobresale es el ansia de tener; lo que tal vez esté ocurriendo es que los valores no materiales –el amor familiar, la amistad generosa, el altruismo, la capacidad de sacrificio para alcanzar metas nobles, la veracidad y lealtad, la preocupación por los débiles, el interés por lo público y tantos otros- estén cediendo terreno ante el afán de posesión. El marcado individualismo de nuestra sociedad es profundamente egoísta y, por tanto, nihilista. Los valores necesarios para articular tanto una felicidad personal como para cohesionar la sociedad son percibidos por los jóvenes como un elegante y lujoso escaparate, detrás del cual en realidad no hay ninguna mercancía, y los jóvenes han optado por hacerlo añicos.

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