Gerardo Diego, poeta cristiano

El próximo tres de octubre se conmemora el primer centenario del nacimiento de Gerardo Diego. El más experimental de los poetas de la «generación del 27», es también el que en sus versos ha hablado, como un hombre creyente, explícitamente del Dios cristiano. Poseyó una rica personalidad humana en la que se armonizan las múltiples facetas de su vida: el poeta, el profesor, el crítico literario, el pintor, el pianista.
Innovador por su adscripción a las vanguardias, lo es también por la modernización de la poesía tradicional, hasta el punto que resulta difícil reconocer, en algunos casos, la oposición que establece entre las dos vertientes de su actividad poética, con las que en cierto momento se definió: «Versos tradicionales/ y versos raros, nuevos y diversos».
Si el mismo poeta afirmó que el «creacionismo» da sentido a toda su obra, y que la enseñanza que para él se derivó de aquellos descubrimientos vino a completar «la muda educación cotidiana de los clásicos», es significativo que cuando se le nombra Académico, en abril de 1947, elija como tema del discurso de Ingreso el análisis de una estrofa de La Jerusalén conquistada de Lope de Vega, porque confiesa: «Yo siempre admiré y admiro a Góngora, pero estoy más cerca del corazón de Lope».Algo similar puede decirse de la ruptura de fronteras entre los Versos humanos y Versos divinos en que divide su obra. En Alondra de verdad, por citar uno de sus más valiosos poemarios de Versos humanos, existen sonetos en los que el poeta dialoga con Dios desde el misterio:

Dime, Dios del desierto, ¿son eternas
nuestras almas? ¿Son nubes? ¿Sombras vanas
sobre tu estéril frente inmensa ardiendo?
Ángeles de la gloria en Compostela

Gerardo Diego, en su despachoÁngeles de la gloria en Compostela,
Maltiel, Uriel, Urján, Razías,
¿a qué convocan vuestras chirimias,
a qué celeste fiesta o láctea estela?

El ritmo de vuestras túnicas modela
pliegues de piedra musical y estrías,
y las jambas -oh esbeltas jerarquías-
entrecruzáis mientras la danza vuela.

Vuestras sonrisas, ángeles, son prenda
de mi resurrección. Dejad que aprenda
pasos de vuestra danza y sus mudanzas

para aquel día en que por fin me eleve
-carne inmortal de fuego y luz de nieve-
hacia el cenit de las adivinanzas.

Ángeles de Compostela, libro tampoco incluido en sus Versos divinos, constituye un poemario sobre el misterio de la resurrección de la carne. «La fe de Gerardo Diego -ha escrito uno de sus críticos- le induce a creer en el premio de una eternidad feliz tras la muerte». Por ello compone, exultante de esperanza, aquel primer soneto a los cuatro ángeles del juicio.
Los Versos divinos -a los que hay que añadir aquel madrugador Viacrucis, escrito por Gerardo Diego en 1924, en el que se respira la compasión por Cristo y el dolor de su Madre: «Dame tu mano, María/ …Déjame que te restañe/ ese llanto cristalino»- señalan el proceso del poeta en su fe personal, pero también indican la variedad de registros en el tema religioso: desde las inolvidables evocaciones de la Navidad, o aquel su retablo escénico El cerezo y la palmera, o los bellísimos poemas a la Asunción de María, «rampa de amor, dulcísima vereda», hasta las sugerentes lecturas del Antiguo Testamento.
Pero voy a referirme, brevemente, a tres poemas que marcan momentos privilegiados de la vivencia cristiana del poeta. El primero, con el que se abren Versos divinos en su Segunda Antología, 1967, titulado «Creer», alude a su primer encuentro con Cristo en su bautismo, y se hace oración cuando ya su vida ha recorrido largo trecho:

Porque, Señor, yo te he visto
y quiero volverte a ver
quiero creer.
Te vi, sí, cuando era niño
y en agua me bauticé
y, limpio de culpa vieja,
sin velos te pude ver.
Quiero creer… Creo en Ti y quiero creer.

En el Salmo de la transfiguración lanza su deseo de transformación, de encarnación del Señor en su historia personal:

Transfigúrame.
Señor, transfigúrame.
Traspáseme tu rayo rosa y blanco.
Quiero ser tu vidriera,
tu alta vidriera azul, morada y amarilla
en tu más alta catedral.
Quiero ser mi figura, sí, mi historia,
pero de Ti en tu gloria traspasado.
Quiero poder mirarte sin cegarme,
convertirme en tu luz, tu fuego altísimo
que arde de Ti y no quema ni consume.

Los deseos de Dios del poema anterior se recogen en adoración silenciosa ante el sacramento de la Eucaristía. En este último poema seleccionado, el poeta pide «ocio» al Señor para adorarle:

No tener prisa… Señor,
Tú estás presente, Tú eres presente, Tú eres
el Presente.

Y después de expresar su deseo de despojarse de todo lo que no es Dios, concluye con el ofrecimiento, la disponibilidad sin reservas:

…Aquí me tienes, Señor, ahora ya puedo
acercarme, sumirme en tu inmensa presencia,
todo en ti convertido, deseado.
Ya sólo existo, soy, para adorarte.
Círculo eres sin fin y sin principio.
En el Pan Tú reposas y de onda en onda creces,
naciendo sin cesar para quererme.
Círculo quiero ser como tu blanco cuerpo,
como el brocal de oro que se asoma a tu Sangre,
un redondo adorarte, anillo puro…

La experiencia de fe de Gerardo Diego, dicha en voz poética, se expresa en belleza el sentimiento y el conocimiento de un hombre creyente. También transparenta la luminosidad de una existencia con Dios al fondo.
María Dolores de Asís

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *