García Morente descubrió así a Dios

Hace cincuenta y nueve años un acontecimiento excepcional cambió la vida de uno de los más grandes pensadores españoles, Manuel García Morente. Filósofo riguroso y observador perspicaz, había abandonado la fe de su infancia en su juventud y había abrazado un estricto kantismo idealista. Por eso, en un tiempo como el nuestro en el que «Dios, si existe, no tiene nada que ver», es necesario el testimonio de este hombre que amó siempre la razón y la verdad y que, cuando menos lo esperaba, fue alcanzado por Cristo. Ofrecemos extractos de la carta (El hecho extraordinario, ediciones Rialp) que dirigió a don José María García Lahiguera explicándole los detalles de su conversión.

El hecho ocurrió en la noche del 29 al 30 de abril de 1937, aproximadamente a las dos de la madrugada. Permítame usted que a su narración circunstanciada anteponga algunos pormenores, cuyo previo conocimiento me parece necesario o al menos muy conveniente.
Un día de 1936, los milicianos vinieron a llevarse al hijo mayor de nuestros vecinos. Más tarde lo asesinaron en Paracuellos. En esta situación, el 26 de septiembre recibí el aviso de que urgía me ausentara de España, pues se había acordado darme muerte. Pude obtener un salvoconducto por medio de un ministro que era amigo mío y salí para Barcelona. Llegué a París el 2 de octubre. Tenía 75 francos en el bolsillo, estaba con el alma transida de angustia y de dolor y corroída por preocupaciones de índole moral. ¿Había hecho bien en abandonar mi casa y a mis hijas y ponerme egoístamente a salvo?(…)

¿Mi vida es mía?

Era insensato dejar a la imaginación rienda suelta. Era preciso pensar ordenada y metódicamente, no al capricho momentáneo. De otra suerte, corría grave peligro de caer en verdadera perturbación mental. Así pues, empecé haciendo un repaso general de todo lo que me había sucedido desde que comenzó la guerra. El resultado evidente de esta reflexión fue: desde que empezó la guerra yo no había intervenido ni poco ni mucho en mi propia existencia. Mi vida, los hechos de mi vida, se habían hecho sin mí, sin mi intervención. En cierto sentido cabía decir que yo los había presenciado, pero de ningún modo causado. ¿Quién, pues, o qué o cuál era la causa de esa vida que, siendo mía, no era mía? Había aquí una contradicción evidente. Por un lado, mi vida me pertenece, puesto que constituye el contenido real histórico de mi ser en el tiempo. Pero, por otro lado, esa vida no me pertenece, no es, estrictamente hablando, mía, puesto que su contenido viene, en cada caso, producido y causado por algo ajeno a mi voluntad.
No encontraba yo a esta antinomia más que una solución: algo o alguien distinto de mí hace mi vida y me la entrega, me la atribuye. El que algo o alguien distinto de mí haga mi vida explica suficientemente el por qué mi vida, en cierto sentido, no es mía. Pero el que esa vida, hecha por otro, me sea como regalada o atribuida a mí explica en cierto sentido el que yo la considere como mía. Sólo así cabía deshacer la contradicción entre esa vida no mía porque otro la hizo y, sin embargo, mía porque yo sólo la vivo. Pero, llegado a esta conclusión, se me planteó un nuevo problema: ¿quién es ese algo, distinto de mí, que hace mi vida en mí y me la regala?
Una especie de tranquilidad espiritual sobrevino entonces en mi alma, porque advertí, con extraordinario gozo, que las preocupaciones que me agitaban habían salido de pronto del ámbito particular y egoísta y habían entrado en el terreno general, universal y aún, si se quiere, metafísico. Esto me alegró muchísimo, porque siempre me ha repugnado la actitud del egoísmo o solipsismo, y me parece que no es buen método para resolver los problemas -incluso los más personales e íntimos- el mirarlos desde un punto de vista exclusivamente subjetivo.

Soberbia intelectual

Resolví establecer una especie de investigación metódica sobre los problemas que acababa de plantearme. ¿Quién es ese algo distinto de mí que hace mi vida en mí y me la regala? En seguida se me apareció en la mente la idea de Dios. Pero también enseguida debió asomar en mis labios la sonrisa irónica de la soberbia intelectual. «Vamos -pensé-, Dios, si lo hay, no se preocupa de otra cosa que de ser. Dejémonos de puerilidades». Pero he aquí que las puerilidades insistían en quedarse y se negaban a ser rechazadas(…)
Una objeción, sobre todo, me inundó de gozo: la de que esta vida mía, que yo no hago, sino que recibo, se compone de hechos plenos de sentido. Ahora bien, el mero determinismo natural puede producir hechos, pero no hechos llenos de sentido, no esos hechos, como los de la vida, que son inteligibles e inteligentes, encaminados sabiamente a ciertos fines y efectos(…)
Estaban radiando música francesa: un trozo de Berlioz titulado L’enfance de Jesus. No puede usted imaginarse lo que es esto, si no lo conoce: algo exquisito, suavísimo, de una delicadeza y ternura tales que nadie puede escucharlo con los ojos secos. Cuando terminó, cerré la radio para no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa música me había sumergido.
Y por mi mente empezaron a desfilar imágenes de la niñez de Nuestro Señor Jesucristo. Vile, en la imaginación, caminando de la mano de la Santísima Virgen, o sentado mirando con grandes ojos atónitos a san José y a María. Seguí con otros períodos de la vida del Señor: el perdón que concede a la mujer adúltera, la Magdalena lavando y secando con sus cabellos los pies del Salvador, Jesús atado a la columna. Y así, poco a poco, fuese agrandando la visión de Cristo, de Cristo hombre, clavado en la Cruz. No me cabe la menor duda de que esta especie de visión no fue sino producto de la fantasía excitada por la dulce música de Berlioz. Pero tuvo un efecto fulminante en mi alma. «Ése es Dios, ése es el verdadero Dios, Dios vivo» -me dije a mí mismo-.

El Padrenuestro olvidado

Puesto de rodillas empecé a balbucir el Padrenuestro. Y ¡se me había olvidado! Permanecí de rodillas un gran rato, ofreciéndome mentalmente a Nuestro Señor Jesucristo con las palabras que se me ocurría. Recordé mi niñez; recordé a mi madre, a quien perdí cuando contaba nueve años de edad; me representé claramente su cara, el regazo en que me recostaba, estando de rodillas para rezar con ella; lentamente, con paciencia, fui recordando trozos del Padrenuestro; algunos se me ocurrieron en francés, pero al traducirlos restituí fielmente el texto español. Al cabo de una hora logré restablecer íntegro el texto y también el del Avemaría. Pero de ahí no pude pasar.
Una inmensa paz se había adueñado de mi alma. Es verdaderamente extraordinario e incomprensible cómo una transformación tan profunda pueda verificarse en tan poco tiempo. Sea lo que fuere, el hecho es que me veía a mí mismo hecho otro hombre. Estaba todo indeciso, sin saber qué hacer. ¿Ir a una iglesia? Ya era de noche. ¿Buscar a un sacerdote? No conocía a ninguno en París. Postrado de rodillas recité con íntimo fervor una vez más el Padrenuestro, entregando líbremente toda mi voluntad en las manos de Nuestro Señor Jesucristo. En el relojito de pared sonaron las doce. La noche estaba serena y clara.

Una paz inmensa

En mi alma reinaba una paz extraordinaria. Me parece que debía sonreir. Me senté de nuevo en el sillón y me puse a pensar lentamente sobre mi nueva condición. Debí quedarme dormido. Mi memoria recoge el hilo de los sucesos en el momento en que despertaba bajo la impresión de un sobresalto inexplicable. Me puse en pie todo tembloroso, y abrí de par en par la ventana. Una bocanada de aire fresco me azotó el rostro.
Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí. En la habitación no había más luz que la de una lámpára eléctrica en un rincón. Yo no veía nada, no oía nada, no tocaba nada. No tenía la menor sensación. Pero Él estaba allí. Yo permanecía inmóvil, agarrotado por la emoción. Y le percibía; percibía su presencia con la misma claridad con que percibo el papel en que estoy escribiendo. Pero no tenía ninguna sensación ni en la vista, ni en el oído, ni en el tacto, ni en el olfato, ni en el gusto. Sin embargo, le percibía allí presente, con entera claridad. Y no podía caberme la menor duda de que era Él, puesto que le percibía, aunque sin sensaciones. ¿Cómo es esto posible? Yo no lo sé. Siempre resurgirá en mí la convicción inquebrantable de que era Él, porque lo he percibido.
No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil. Hubiera deseado que todo aquello durara eternamente, porque su presencia me inundaba de tal y tan íntimo gozo que nada es comparable al deleite que yo sentía.
¿Cómo terminó su estancia allí? Tampoco lo sé. Hace ya más de tres años que aconteció. Desde entonces nada parecido he vuelto a notar en mí. Mi vida espiritual ha seguido un curso normal y robusto. He ofrecido a Dios todos los padecimientos que mi conversión ha traído consigo y siempre el recuerdo del Hecho ha constituido para mí un consuelo extraordinariamente eficaz, y me ha ayudado a triunfar en todas las dificultades y adversidades.

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