ENFRENTAR EL DOLOR

Ingrid Kossmann
Felipe y Javier son amigos desde que comenzaron juntos la escuela secundaria. Javier lo invita a ir a bailar a una ciudad vecina, pero Felipe no acepta pues tiene que estudiar para el examen de ingreso a la facultad.

Javier al regresar de la salida tuvo un accidente y quedó en estado de coma. Felipe se entera y corre al hospital, no puede verlo pues está en terapia y los horarios son muy estrictos. Se encuentra a los padres de Javier, están destrozados. Regresa a su casa y antes de que llegue el horario de visita le avisan que Javier murió.

Felipe se conmociona y queda como paralizado emocionalmente. No puede creer que Javier haya muerto. Se pregunta si de haberlo acompañado igual hubieran tenido el accidente. Se arrepiente de no haber estado allí para ayudarlo. Actúa como un ente.

Los padres de Felipe también están shockeados. Le tenían mucho cariño a Javier. Saben que para su hijo es un golpe terrible. Se alegran de que él no saliera esa noche. Están atemorizados por el zarpazo de la muerte, tan repentino, tan cercano. La vulnerabilidad humana se hace presente con la fuerza de un huracán, nadie está a salvo, ni los jóvenes, ni los viejos, ni los niños.

A nadie le gusta vivir esta situación. Existe una tendencia a huir. No nos conectamos mucho, hacemos de cuenta que no pasa nada. El estilo de vida que se ha impuesto en las últimas décadas promueve la negación del dolor. A menudo la gente se niega a ir a los velorios. Evitamos a los dolientes. Nos decimos y le decimos a nuestros seres queridos que “Hay que mirar para adelante”.

¿Es así como podemos enfrentar el dolor?

No, así lo evitamos o lo negamos. Enfrentar significa hacerle frente, verlo, sentirlo, expresarlo. Nuestra vida no puede ser igual si un amigo ha muerto. En nuestro mundo afectivo se genera un hueco que duele y asusta. El dolor, y especialmente el dolor de las pérdidas, nos obliga a poner en perspectiva nuestra vida y la de nuestros seres queridos. Nos sensibiliza y nos permite conectarnos con nuestro ser profundo, con nuestra espiritualidad. Nos da la posibilidad de tomar conciencia del misterio de la vida y de la muerte.

Nadie tiene control absoluto de su vida o de la de los seres que ama. La vida es un don que disfrutamos por un tiempo. Podemos honrarla cada día y podemos aceptar su misterio.

El dolor es parte de la vida. El dolor se complementa con el gozo y la dicha. Cada uno le da sentido y fondo al otro. Así como podemos sentir dicha podemos sentir dolor. “hay un momento para todo…un tiempo para llorar y un tiempo para reír” dice el Eclesiástes. La sabiduría consiste en poder reír y poder llorar cuando corresponde.

¿Cómo podemos ayudar a nuestro hijo a enfrentar el dolor?

En primer lugar dándole el ejemplo. Enfrentar nuestro dolor, vivirlo, sentirlo, expresarlo.

En segundo lugar respetando el dolor que padece. No aturdirlo con preguntas y comentarios que solo reflejan nuestra ansiedad. Estar cerca y demostrarle que puede contar con nosotros aunque sea para llorar en nuestro hombro.

Podemos ofrecernos a acompañarlo, en el caso del relato, a ver a los padres de Javier, al velorio, al entierro. Escucharlo, permitirle que exprese su enojo, su rabia, su desesperación.

Estar atentos a él o ella, facilitarle las rutinas cotidianas. Ayudarlo a cuidar su cuerpo y sus emociones. Estimularlo a que duerma suficientes horas, prepararle alimentos livianos y nutritivos para fortalecer su salud. Tratarlo con mucha amabilidad.

Tener presente que el dolor abrumador deja el alma hecha añicos y que necesita un tiempo para recuperarse. El duelo es un proceso, pasa por distintas etapas y necesita meses de convalescencia. Podemos ayudar a nuestro hijo sugiriendo que priorice las actividades fundamentales y alivie la exigencia con las demás. Acompañarlo más, evitar que pase mucho tiempo en soledad. Proponerle dar paseos o hacer alguna actividad juntos.

Decirle que sabemos que ahora se siente en el medio de la oscuridad pero que al final del túnel brilla la luz. Que “esto también pasará” y que saldrá fortalecido de la experiencia.

Podemos rezar y pedirle al universo, o al Dios de nuestro entendimiento que nos ilumine y guíe en este proceso.

En ocasiones, el dolor que padecen nuestros hijos no se debe a una muerte. Tal vez no sepamos muy bien qué les está pasando pues no hubo una circunstancia extraordinaria que nos pusiera sobreaviso. Pueden estar conmovidos por un desengaño afectivo, por estar atrapados por los celos, porque un amigo los traicionó. Pueden estar angustiados porque no consiguen empleo o porque no les va bien en su trabajo.

Somos los padres los encargados de encontrar momentos para conversar con nuestros hijos y enterarnos de cómo se sienten, de qué los preocupa y qué les da satisfacciones. Con saber que se sienten apenados alcanza, a veces no quieren contarnos la causa exacta de lo que los preocupa. Igual podemos ayudarlos dándole valor al hecho de que presten atención a sus sentimientos, a que se hagan cargo de ellos, a que busquen maneras saludables de expresarlos.

Podemos tranquilizarlos haciéndoles saber que en la adolescencia y la juventud se está descubriendo el mundo, aprendiendo a relacionarse con las parejas y los compañeros de trabajo. Remarcarles que en estas relaciones el afecto amoroso y la competencia laboral son muy movilizantes, que es bueno que se den cuenta que algo le pasa al respecto y que presten atención a lo que les sucede; que es necesario para conocerse a sí mismos. También es una buena oportunidad para compartir parte de nuestra experiencia. Lo que nos enojaba o asustaba en nuestras primeras experiencias laborales y cómo pudimos enfrentarlo. El valor de la honestidad en las relaciones afectivas, que la intimidad se basa en conocer al otro en profundidad y dejarse conocer por el ser amado. Recordarle que la decepción y la pena son parte de la vida. Ayudarlo a darse cuenta que él o ella es mucho más que los sentimientos que lo embargan.

En fin, cada madre o padre tienen infinitas experiencias y maneras de expresar su cariño.

Lo importante es que les transmitamos con claridad que sentir dolor es natural en ciertas circunstancias. Que sabemos que encontrarán consuelo y que cada experiencia les abre nuevas puertas. Que pueden confiar en la vida, aún con sus dolores. Que estamos allí para acompañarlos. Porque los padres no podemos (ni es deseable que lo intentemos) evitar que nuestros hijos sientan dolor, pero sí podemos acompañarlos y sostenerlos mientras lo sufren.

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