EL VESTIDO Y EL PUDOR

Elena Baeza Villena
Hace unos días leía una carta de una señora, que decía: «La palabra pudor parece haber desaparecido del vocabulario común».

Tiene mucha razón esta persona, porque el pudor, siempre se ha dicho, consiste en ocultar los valores sexuales, pero es también una forma de provocar el amor. La necesidad espontánea de cubrir los valores sexuales es un medio para permitir que se descubran los valores de la propia persona. Cuando una persona cubre parte de su cuerpo, en cierto modo está reclamando que se fijen en ella por dentro, «no te fijes sólo en mi cuerpo en mi físico, no soy sólo una imagen, soy ante todo una persona». El pudor permite entregar en exclusiva algo muy valioso y que no es del dominio público. El pudor no se puede reducir a centímetros de ropa. No es lo mismo acudir en traje de baño a una piscina que ir con la misma prenda a la facultad, por ejemplo una falda de tenis no tiene nada impúdico en una pista, pero puede serlo en una oficina. La falta de pudor en el vestido lleva a la despersonalización.

Yo, al vestirme, dejo claro quién soy. El vestido contribuye a identificar el quién. El vestido también me identifica como persona. La personalidad se refleja a menudo en el modo de vestir, contribuyendo lo que podemos llamar «estilo».

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