EL VERDADERO DESAFÍO

Jesús García Lungar
Me atrevo a afirmar que a cualquier persona sensata v de buena voluntad (que por cierto son más que las insensatas y malintencionadas) nos interpela y a la vez nos lanza un desafío el hecho de que un adolescente utilice su teléfono móvil para distribuir escenas ofensivas y humillantes de un profesor o un compañero provocadas y grabadas por él mismo. ¿Por qué ese estudiante da un uso tan perverso a una máquina tan sofisticada? Esta pregunta la podemos aplicar de manera similar a los “chats”, a 1a información en internet, a los reproductores de vídeo v sonido, a los juegos interactivos…

Es de suponer que ese adolescente conoce muy bien las características de su móvil, su capacidad y sus recursos técnicos… Nuestro adolescente, independientemente de la responsabilidad legal y penal sobre sus actos, es un perfecto erudito técnico, “conoce” muy bien su teléfono móvil.

En un pasado no muy lejano el reto que se planteaba era universalizar el conocimiento (que todo el mundo accediera a los conocimientos). Hoy nos encontramos ante un desafío más gigantesco si cabe. En una época en que nuestros hijos y alumnos acceden fácilmente al conocimiento, el reto adquiere una complejidad mayor. No estamos hablando va de conocer o saber, sino de cómo se usa el saber; de cómo usar de forma experta y consciente los procesos de pensamiento. No estamos, pues, ante un problema de instrucción, sino relacionado con cuestiones éticas, de selección y uso de los conocimientos.

Es fundamental distinguir entre “conocer” y “pensar”. Esta diferencia es clara y ha sido reconocida por los distintos sectores científicos y sociales: mientras que el conocimiento tiene por objeto las cuestiones científicas, el pensamiento supone una actividad que tiene por objeto los problemas de sentido, o sea, las cuestiones relevantes de la existencia. De aquí podemos extraer ya una primera consecuencia: nuestra labor como padres y educadores no va encaminada sólo a que los chicos “conozcan”, sino a que piensen y lo hagan con sabiduría y sensatez.

Pero hay una cuestión que atañe no sólo a padres y educadores, sino a toda la comunidad. Todos deberíamos sentirnos “interpelados” a la hora de considerar si nuestra comunidad educativa descuida o no “el arte de enseñar la verdadera inteligencia”, toda la inteligencia en sus múltiples recursos; en definitiva, si los jóvenes corren el riesgo de adquirir “la costumbre de la estupidez” en un contexto muy ilustrado. Desde la educación (en la familia, en la escuela, en la comunidad, en los procesos normales o informales) tenemos que encontrar la fuerza para preguntarnos cuál es la cultura que queremos promover y cómo adecuar nuestros programas de estudio a las cuestiones del “sentido” (sobre la amistad, la cooperación, el bien, el mal, el dolor, 1a felicidad…). Para esta pregunta no hay respuestas prefabricadas. Debemos buscarlas, antes que nada dialogando con chicos y adolescentes. Cuando se dialoga (y el diálogo es real) aparece la pluralidad de puntos de vista y significados. A veces, el diálogo (o mas bien el monólogo) se centra en los resultados o en los contenidos y no en los procesos, en las emociones, en los sentimientos… Pero también es cuestión de contenidos. ¿De qué hablamos con nuestros hijos? ¿Hablamos sólo de tal o cual videoconsola o videojuego y sus características, efectos especiales o semejanza con la realidad, o por el contrario hablamos de nuestra visión ética de dicho juego, de nuestra valoración más allá de cuestiones mecánicas? ¿Hablamos sólo de la nueva pantalla de plasma de nuestro televisor o vamos también a fondo a la hora de comentar ciertas noticias, ciertas desigualdades sociales que aparecen en las mismas, etc.? Por último, ¿nos esforzamos por hacer una “síntesis vital” y dar sentido, no sólo al pensar, sino también al actuar? ¿Cómo actuamos nosotros en cuanto adultos?

El verdadero desafío que se nos plantea ante las nuevas generaciones es ayudarlas a “pensar”: explicarles la complejidad del ser humano, de la realidad y del pensamiento mismo, valorando las diversidades v a cada individuo… Un abrir los ojos de la mente, un proceso de reflexión y sobre todo, de cómo se reflexiona.

Por hoy basta. Ésta es una reflexión “abierta” que, como otras tantas, habrá que seguir desgranando.

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